RECITALES Y ARTÍCULOS

domingo, 24 de enero de 2021

LA FAROLA

 


                                          ¡Eh chavales!

¿Quién de vosotros

es el más bandarra?

¿Quién el que donde pone

el ojo pone la piedra?

¿Tú chaval?

 

(Mira que plantarme el Ayuntamiento

en mi calleja oscura un Goliat

con fanal de mollera

Si de un plumazo

me han borrado el cielo

de todas mis noches

Si ahora mi pequeño balcón

es la única rutilante

estrella del firmamento

Detrás de este velo de luz

estará mi brillante Vega

Cisne volando por la Vía Láctea

Mis lágrimas de agosto

Hércules

El Escorpión

El Sagitario Arquero

Los lebreles de Orión cazador…

Y cómo se vuelve

otra vez al relente

si por este costal

de mis viejos huesos  

ahora mataría el rocío

Y cómo se desentierran

los ojos que nadaban

por el cielo estrellado del agua

Quién se atreve a volver

a ese estanque dorado

si uno ya no es el mismo

Si uno iría con su vieja

pieza del puzle probando

a encajarla ridículo

torpe …

Oh mejor verlo todo

preso de su claro diamante

bajo los párpados cerrados…)

 

¿Qué?

¿Te basta con esto?

 

Hazlo durante el estruendo

de los fuegos en el puente

o cuando veas patas arriba

a ese ciempiés de la verbena…

 

Que tu piedra en el aire

de golpe

encienda todas mis estrellas!

 

©Rubén Lapuente Berriatúa

martes, 22 de diciembre de 2020

CARTA A XIMO PUIG

  


publicado en el periódico digital nuevecuatrouno de La Rioja 22/12/2020

Ya sé que es algo personal, Sr Ximo Puig. Yo lo tenía todo preparado. Tan fácil como bajar en el ascensor al garaje, montarme en el coche con mi mujer, y llegar a la puerta de la casa de mi hijo en Valencia. Pasar el día 24 y 25 con él, y volvernos, en un tris, para la Rioja. Nos lo había dicho hace muy poco, que es usted quien porta al cinto, como carcelero mayor valenciano, el tintín de las llaves de la comunidad: Tenéis abierta la frontera. Pero, de pronto, Sr. Ximo Puig, cambió de criterio: adiós caramelo a la puerta del colegio.

Yo creo que existe el mismo peligro, en ir a oler el perfume de la flor del naranjo, que al supermercado de mi barrio, o al pueblo de la Rioja donde tengo mi segunda vivienda. A lo mejor, en el fondo, lo que quiere es que nos muramos todos de salud. Qué pena que no den carnets de responsabilidad, para, como en un congreso,  llevarlo colgado del cuello, y circular por su país sin que me den el alto por riojano sospechoso.

La movilidad, en sí, no aumenta los contagios, sino la insensatez. Quizá, el cambio de criterio, tan brusco, y a media noche, obedece, Sr. Ximo Puig, a que teme que una estadística le baile el asiento, no lo sé. Y esa moralina, de que hay muchas más Navidades que celebrar acompañado de la farisea palmadita en la espalda, como si fuera, Sr. Ximo Puig, mi padrino, me exaspera, que de poeta poco tiene, que, a cierta edad, la mía, el tiempo comienza a existir: un sicario te pone el reloj en marcha, y en una de tus habitaciones interiores, anda incubando ese pequeño dolor, el que a veces te hace llevar la mano a algún lugar de tu cuerpo, que el esbirro aprende rápido a encender la primera luz de tu derribo: No quiero que me hurten esa cita maravillosa y tan sencilla con mi vida, después de tanta renuncia en estos meses.

A mi mujer, ese sopetón del asombro de su inestable criterio, le ha puesto unas cuantas arrugas nuevas. Debería agregar en el comité de expertos que le asesora, aparte de algún restaurador, que falta le hace, alguna mujer con amor de madre, la mía por ejemplo, para tomar decisiones más cabales.

Sr. Ximo Puig, ya sé que es algo personal, pero deberíamos tener más miedo a morirnos de pobreza, de miseria, de hambre, que del  covid, que se lo digan a los 8.500 niños que mueren al día por desnutrición, de los que nadie se acuerda. Y si sabemos los que son, y cuántos caen por minuto, es porque la miseria, “menos mal”, da de comer a unos cuantos sociólogos, los mismos que recuentan, y mal, muertes por estos lares. Quizá, el progreso sea eso, pura y dura estadística. Qué pena que sólo se sienta la muerte en el radio de uno mismo. Deberían enseñar en la escuela a sentir la parca, con tan sólo cerrar los ojos, sin tener que ir a chapotear en la lejana miseria: veríamos aquí lo nuestro de otra manera.

Usted, cierra la frontera, que cree suya, y en Navidad. Y eso no es cualquier cosa. Para muchos esa fiesta es sagrada, que se lo digan a mi mujer que tiene en los ojos tatuado, imborrables, cada una de ellas. Ya sé que para un socialista de pura cepa, la navidad se escribe con minúscula, es algo como más de luces de celofán, y del tonto de Papa Noel. Así, ya entiendo que amuralle su comunidad, que por cierto, ¿no debería ser también la mía?

Ya sé que es una cosa personal, Sr. Ximo Puig, pero por mi casa le hemos declarado persona non grata, aunque, ahora, cada vez que aparece en la televisión, tiene en mí, un valedor fiel, que tengo que sujetar, y cada vez con más fuerza, las violentas andanadas de mi mujer.

 Rubén Lapuente Berriatúa

carta a Ximo Puig

sábado, 28 de noviembre de 2020

LA FLOR DE LA HIGUERA


                              Lo que me duele lo hago rápido

Lo miro todo de soslayo

Y doy la temida última vuelta

de cerradura a la casa de mis padres

cerrada por la muerte

Yo quería salir deprisa

de ese silencio insoportable

pero sobre la tapia del patio

de la casa al volverme

se asomaba la dulzura de mi infancia

 ¡Ay! ¡Mi higuera!

Aquella noche de San Juan

subida yo a sus ramas

Quien arrancara su flor

que nacía y moría

eterna en un instante

sería por siempre feliz

Leyenda que me creía

a pies juntillas

¡Ay!  Esa noche

en la espesura

bajo ese olor grave

asfixiante

me moría de inquietud

Y al encenderse las hogueras

se prendió la higuera

(o era en mis ojos)

de fugaces luciérnagas

Aparecía y desaparecía

en cada brote

la oculta flor efímera

Pero no me dio tiempo

a atraparla en mi puñito de luz

¡Ay! ¡Mi higuera!

 

Entré otra vez en la casa

Ahora sí oía respirar a alguien

Y como aquella noche de San Juan

me subí a su enramada

a su profunda dulzura

Y bajo ese olor grave

comencé a aspirarla  

a jadearla

a asfixiarme dentro…

La bocina del coche llamándome

me hizo despertar

dudar  bajar deprisa…

 

De vuelta

al verme llegar Rubén

le evitaba la mirada…

 

ni me venía la voz”

                             Vitigudino (Salamanca)

©Rubén Lapuente Berriatúa

viernes, 9 de octubre de 2020

MARTA Y SARA

 


De mi libro días de quimio y rosas

 

Marta y Sara

almidonadas de blancura

Marta

alocada y dulce

De piel tatuada

Fideo hermoso

me deja

que la llame

 

De bello

cabello

negro

ensortijado

De serena sonrisa limpia es Sara

 

“Hoy a la niña bonita”

nos dicen

como si el box quince

del hospital de día

fuera la suite nupcial

 

En el minado ramaje

oscuro del brazo

le encuentran

a la primera

el claro estuario azul

de la última vena

Marta y Sara

con una mirada

con una palabra

con el simple envés

de una caricia

saben colarse

por el bisel del desasosiego

y bogar contigo

por las tardes

de plomo

Siempre atentas

al silbido

del ronco ruiseñor

A que cese el orvallo

de alfileres

en la sangre desnuda

 

Marta y Sara

en una hoja del álbum

de las tardes de oro

de nuestro corazón

vivirán

 

Con un beso soplado

desde la palma de la mano

les decimos

hasta siempre

mientras

intranquilos rostros

nuevos  llegan

que enseguida

reconocemos

de haberlos visto…

                       en el mismo espejo

                                nuestro

                        ©Rubén Lapuente Berriatúa


sábado, 5 de septiembre de 2020

SIEMPRE HOY

 


Soñaba que la tierra cansada de dar vueltas y vueltas, se detuvo para siempre. Y conmigo en la media mitad de luz.

Intranquilo, corrí y corrí a ese otro lado de hemisferio sombrío de noche estrellada. Pero en ese perpetuo medio miedo oscuro, angustiado de tinieblas, busqué al otro medio infinito de añorada claridad, pero, ¿cuándo fue ayer? ¿cuándo será mañana?

De la luz a la sombra, iba y venía solo…

 

¡Yo, que ahora era el tiempo en el siempre hoy!

             ©Rubén Lapuente Berriatúa


jueves, 6 de agosto de 2020

MASCARÓN DE PROA




                              La muchacha de madera

La de la roseta

de golpes de agua

en las mejillas

La de flores de algas en los cabellos

La que suena

en su caracola

voces lejanas de lirio

Hecha para morirse de mar

A un marinero

de arboledas

le ha embriagado

el corazón

 

Por la roda de su casa

la sube

hasta un sombrío

cielo de lucera

 

Arrancada

de su viejo bauprés de goleta

la sirena varada

tallada

con gubia de viento

de lluvia de olas

de albas de océano

llama con su honda caracola

a lejanos mares perdidos

 

Cada día sube a mirarla

Cada día por los ciegos

ojos ahogados

se le sueltan a la muchacha

de madera

dos gotas de agua salada…

 

Y ella no sabía llorar

© Rubén Lapuente Berriatúa