RECITALES Y ARTÍCULOS

miércoles, 19 de febrero de 2020

LA CHICA DE LA TIENDA DE GOLOSINAS


Hacen Logroño. Y ojalá no se les ocurra irse a las afueras, 
a una de esas galerías comerciales como ciudadelas, 
que son de una tribu popular, de andar por casa, 
de bajar a la calle donde habita la vida: 
que tejen memoria en cada barrio con los hilos 
de su golosa algarabía. 
Que cimientan Logroño.

Todos los días del año, hasta en Navidad y Año Nuevo, 
dejan escapar su aroma en cada barriada. 
Y en cada tienda hay una chica que como una boca 
que enseñara su dulce paladar 
sube la verja de la golmajería 
a toda la barriada. 
Antes, temprano, 
ha espantado ya el vaho del frío en la harina, 
ha rebosado de mil y una delicias cada cubeta, 
ha dejado escapar el perfume del caliente hechizo 
de lo recién horneado… 
Y espera, de pie, la marea de una avenida.  
Aquí compro yo el pan, los caprichos, 
y avanzando en la fila, 
miro a la joven y bella dependienta 
cómo pesa en una balanza 
los dulces sueños de la niñez, 
no sólo de infinidad de locos bajitos, 
sino también de los que como yo, 
entrados en años, 
rescatamos los olores y sabores sin cerrar los ojos: 
dándonos un dulce homenaje cada día.
La veo, - fantaseo yo, en la fila-, 
cómo embolsa en aljabas de papel 
barras de pan como si fueran flechas 
de amasado amor de Cupido. 
Y la veo entrar y salir de la trastienda, rauda, 
con ese dulce tesoro de bolsas 
de gominolas de repuesto en el regazo.
La veo como el mascarón de proa 
de esa deliciosa goleta que es su tienda, 
vencedora de los embates de las olas 
de un mar de azúcar.
Y cómo la envidia este herido niño grande que soy, 
por toda esa pila de chucherías tan a mano que tiene, 
que juega con ventaja cuando le vengan 
esos días amargos de la vida, 
y ella, en un pispás, los endulce 
echándose a la boca una bola de chocolate, 
o un pequeño corazón de fresa con rocío…
Yo la nombraría adalid del barrio 
en ese cuento de ladrones 
y policías que siempre llegan tarde, cuando la veo, 
que soy testigo, 
registrar los bolsillos a angelicales niños
 o a elegantes y distinguidos caballeros 
o a señoras con abrigos largos de pieles, 
y todo por un escondido tic de abanico flamenco que,  
por el rabillo del ojo, les descubre en las manos.
 ¡Y qué vergüenza da verlo!

Avanzando en la fila, al anochecer, 
al comprar yo el pan caliente de la cena, 
ha sostenido ya tantas miradas, 
que cuando me toca a mí, 
ya todos los caminos, 
todos los atajos a sus ojos, 
los tiene ya hollados…
De pronto, desde la calle, 
como un trueno en el sueño, 
oigo un viril silbido 
que la despierta, que la enciende. 
Entonces, echándonos con dulces cajas destempladas 
y al tiempo que se lleva la última gominola a la boca, 
de un tirón baja la verja de la tienda…
Y es en ese mismo dulce instante, cuando ella, lo veo en su rostro, 
comienza a vivir.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado en el digital 
nuevecuatrouno de La Rioja el 18/02/2020
Zona de los archivos adjuntos

lunes, 10 de febrero de 2020

ANDREA Y LAS CAMPANAS


                                                      I
Andrea que son ya las nueve. Que no has subido la verja. Pero, ¿qué te pasa? ¡Pero si ni has horneado el pan!
¡Que nos viene toda la marea del barrio Andrea!
No mujer. No me llores aquí. Pero ¿qué te pasa? ¿Qué? ¿Que no sabe si te quiere? Andrea que esto es un negocio. Deja en otro sitio el desamor ¿Que no se te pasa? Dile que si tiene que romperte el corazón que te lo rompa ya. Que deshoje de una vez su margarita.
Cómo vas a ser poca cosa Andrea. Ay, si viniera aquí, si viniera mucho antes de tu hora. De incognito. Si yo le enseñara en las cámaras cómo buscan esa joven mirada tuya, la que les hace empezar a quererte o esa sonrisa eterna que tienes, que vende Andrea, que vende. Que sintiera tu alegría. Tu fatiga de horas de pie. Tu firmeza con lo rapaz. Tu mano de niña hada que no coge las cosas sino que las acaricia Andrea, las acaricia. Lo que vales. Que en tu descanso, le sonara el móvil, tu llamada. Enseguida lo tomaría, seguro, para llevar en volandas con su voz, tu cansancio. Que se enamorara  aquí de la que no conoce. Aquí, maduraría su amor,
aquí Andrea.
Ya me gustaría a mí tener tus años para tirarte los tejos…
La verja, levanta la verja, Andrea. Venga. Ésa no, aún ésa no. La de tu estima, la de tus lágrimas, primero.

                                         

                                              II
Cómo imaginarme que, un día, de recolocar en los tejados de las iglesias de la Rioja los nidos de cigüeña, pudiese uno ganarse la vida. Y encima yo, que calzo un cuarenta y seis, y que mal ando por estas estrechas cornisas intentando que no se me vaya demasiado el reojo al abismo…
Les busco un enclave más seguro en un durmiente, o en una viga maestra, o los llevo a un apacible recodo, que así no asomen el peligro por estos aleros sagrados…
Y me tengo que dar prisa, que ya hay un olor a rosquillas anisadas por toda La Rioja, que ya regresan por San Blas.
 Y mira que son buenos maestros albañiles estos cigüeños. Que es el macho quien se adelanta unos días, y empieza ya a hacer en su enramado nido de amor de siempre sus chapuzas, tejiendo, de lecho, una alfombra de retales de musgo, de tierra, de yerba, de barro, de periódicos…
Y no se quejarán del trato tan mirado que reciben. Vienen del cinturón del hambre, del largo sahel africano. Vienen a buscarse la vida. Y parecería un chiste si dijera que llegan sin papeles en el pico, cuando del mismo sitio vienen otros, los que no tienen alas y cruzan el mismo estrecho, pero encallando en el estuario del madero roto de su propio fiambre… Mal negocio aún nacer humano en África. Pero no creo que tardemos mucho, y por nuestra baja natalidad, en egoístamente necesitarlos, y a manos llenas.
Bueno, pero qué culpa tendrán estas aves de paso, protegidas por la ley, del todavía recelo nuestro a que extraños se sienten a comer un trocito de nuestro bienestar…
Este tejado de la iglesia mudéjar de Igea es el último que me queda por adecentar. Y mira que me gusta su torre con la guinda de su imponente pináculo ¿Y el campanario? Menuda luminosa algarabía si sonaran las tres campanas a la vez. Si estuviera aquí Andrea se quedaría a oírlas. Son las de pueblo. Las de siempre. Las que su larga voz se ata a la alegría de los días azules…
Y ahora tiene gracia que, al estar embarazada, me llame cigüeño. Y eso que hace bien poco la hice llorar a mares, le dije que no sabía si la quería. Y es que uno anda todavía aferrado a su entraña, a su tormenta interior, a esta incertidumbre de vagar de trabajo en trabajo precario, hasta que descubres a una mujer que es un bálsamo. Que cuando la ves venir parece como si se te acercara la penumbra de un sol de mimbre o la de una enramada de higuera en una tórrida tarde de agosto... Y abraza, abraza como si se lo hubiese enseñado la misma brisa azul del mar…

- Andrea, Andrea, ¿sabes dónde estoy?
-Ya. Ya.  En Igea
-Sí, pero ahora estoy en el campanario.
Están tocando las campanas.
¿Las oyes, Andrea?
¿Sí?  ¿Las oyes?
¿Sabes quién las toca?
Las toco yo, Andrea.
¡Que las toco yo!
¿Las oyes? ¿Me oyes?
¿Sí?
¡Andrea!  ¡Que las toco para ti!

 Rubén Lapuente Berriatúa

Publicado en el digital nueve cuatro uno de la Rioja el 8/02/2020

martes, 28 de enero de 2020

LA HABITACIÓN DEL HIJO


                                                a mi hijo Rubén
Son miradas
que nos hacen callar
Que lo dicen todo
Un día tenía que ser:
Las alas del hijo
Su vuelo alto y lejano

Por la puerta entreabierta
de su habitación
qué zarpazo
del silencio profundo
Cómo rasguña por dentro
esa franja de luz
Cuánta vida parada
en esa vislumbre fugaz

Se nos olvidaba  mujer
que ese trozo tuyo y mío
era nuestro dulce huésped:
vagabundo de su porvenir

Y ahora
nos acostumbraremos
a no oler su perfume 
de muchacho bueno
A no oír su voz templada
nunca por encima de un grito
¿Echaremos de menos
la sabiduría de su sencillez?
¿Y mis torpes manos
se apañaran sin las suyas?

He llenado dos copas
de ese dulce vino de orgullo
que achica además
la ausencia
Y contigo mujer
que te veo ahora
ordenando 
en su armario
la ropa que no se ha llevado
brindamos con miradas
que nos hacen
callar.
Rubén Lapuente Berriatúa

domingo, 19 de enero de 2020

LOBOS


Siempre lo parirá la sierra. Con esa lejana mirada de aviso, de amarga miel. Ha regresado a su refugio de estrellas, con el eterno pecado de aparecerse en la garganta de una oveja. ¿Cabe esperar otra cosa de un animal carnicero? ¿En tu casa dormiría el jilguero en el cubil del gato? ¿No es absurdo o sospechoso poner el grito en el cielo?
¡Ah! ¿Que las estacas y los alambres de los rediles son invisibles, son bardales de viento? ¡Ah! ¿Que el negocio no da para un pastor? ¿Me dices que en aras del beneficio, habría que acabar con el lobo?
Viene con la misericordia de un decreto sobre sus lomos que le vuelva a recortar en el ocaso del horizonte, su silueta. Pero, aún, cuántas camarillas de bar, cuántos sicarios le van dejando por los caminos una dulce carnada de muerte, como si no tuviera derecho a existir en su medio natural, libre.
 Y es que sólo mata por matar el hombre: ¿El peor animal sobre la tierra?
 Venía de amamantar un imperio, y la Caperucita Roja de Perraut  y de los hermanos Grimm, le hicieron un flaco favor feroz. Y después, otros, en infinidad de cuentos, novelas y películas, lo van paseando una vez al mes bajo el influjo de la luna llena, de sanguinario licántropo.
¿Sabes que el lobo ama a su hembra hasta la muerte, que son fuertes, nobles, inteligentes, solidarios? ¿Sabes que su manada es una escuela de vida, que los ejemplares más viejos y enfermos van los primeros en su peregrinar para no acabar rezagándose y perderse, que los más fuertes caminan por detrás al ritmo de ese digno y respetado cansancio de sus mayores?
Oh, ya quisiéramos tener para nuestra vida o recuperar, si alguna vez los tuvimos, esos valores eternos del lobo.

Cuando te pidan tus niños que les leas un cuento, donde diga lobo feroz o que viene el lobo, ¿por qué no te atreves a cambiarlo?
¿Qué tal sonaría, político corrupto o ruin banquero?

Sí, ha vuelto el lobo a la sierra riojana, desmitificarlo como animal sanguinario con la leyenda negra y falsa que aún subsiste, es una tarea difícil de ganar.
Dejemos al lobo existir en su estado natural. Dejémosle aullando en la noche, le da igual si no hay plenilunio, su misterio, su pureza.

Rubén Lapuente Berriatúa
publicado en el digital de la Rioja nuevecuatrouno 18/01/2020

domingo, 5 de enero de 2020

LA CAFETERA


                                  Si tocas tu sueño morirá (Pessoa)

Cada mañana
antes de entrar en el agua
le pongo al fuego la vieja cafetera
de aluminio
Y yo no sé
de dónde saca tanto olor
que me coge siempre
al otro lado del espejo
silbando alegre
al son de su bufido…

¿Pero de dónde vienes
tan íntimo como un beso aroma?
¿De pisar en el lagar de la noche
 racimos de luna negra?
¿De orear las sábanas mojadas
 de pubis trigueños vienes?
¿Del bronce del otoño
en los hayedos de Cameros?
¿De los ojos azabache de Teresa?

Me hueles
a aquella barca en el embalse
con la bancada rota
A madre en el balcón
soplándose los besos
o en la cocina
colando con una media de seda
el café de puchero
Me hueles
a una tarde de lluvia
en un bar
girando lenta del asa de una taza
esperando el desamor…

Cualquier día
en cualquier terraza
la vida
se sentará a mi lado
coincidirá conmigo
¿Y quedará algo más en el recuerdo
que un embriagador aroma
de tostada brisa de café?
     
Cuando me siento
a la mesa
disfruto cada mañana
viéndola beberse ese negro cuerpo
que le pongo al fuego
mientras
este lírico tonto de quimeras
como si creyera romperse
ese aroma del sueño de una taza
al bebérsela
como si lo mejor del placer
fuera sólo su preludio eterno
se desayuna
una dulce y triste manzana
costumbres
Ah pero con aroma de café
     © Rubén Lapuente Berriatúa

viernes, 20 de diciembre de 2019

BOLÍGRAFO SOLIDARIO


Para la campaña un juguete una ilusión de este año, he comprado en Correos un bolígrafo solidario por cinco euros. Me dicen que la diferencia entre lo que vale y lo que cuesta fabricarlo, cuatro euros, vuela hacia esa infancia que no tiene Reyes, ni Papa Noel, ni nunca ha recibido un regalo, un juguete… Supongo que irán hacia esos mismos rincones de mugre del planeta que salen en los documentales o en los telediarios o en las revistas y desde la noche de los tiempos. Y ahora casi siempre junto al márquetin de ese ridículo galán o actriz de turno de Hollywood, repartiendo sonrisas ataviados ambos con esas insolentes ropas de explorador o de safari de diseño, y que realizan, un ratito, el más hipócrita papel protagonista de su vida…
Ahora lo que sí sabemos es el número de niños que son. Y cuántos caen por minuto. El progreso era esto: pura y dura estadística. Ahora la miseria da de comer a unos cuantos sociólogos. Pero bueno, mejor no lo estropeo del todo, mejor lo dejó así…
Yo llevo uno encima y algo nuevo vivo me roza. Lo dejo asomarse por el embozo del bolsillo de mi guerrera, como reclamo, y es como un faro que barre con su luz de pobreza nuestra indiferencia, nuestra ceguera.
En el espejo de su tinta, veo la manoseada sagrada niñez: a ese niño que patea como balón una lata oxidada, o a su imaginación que la hace también coche o vagoneta; o a la niña negra con pelo de oveja que caza de la brisa vagidos que dulcemente acuna. Y que soy yo, quién pone ruedas de tren o de bólido o muñeca de carne de trapo al vacío regazo ahumado de la niña, con todas esas barreduras que encuentran por sus calles todavía de tierra…
Y es que la infancia es una rueda loca de un coche girando patas arriba. Un balón cosido a patadas. La muñeca enseñando agotada el corazón de borra…
Pero en el espejo de su tinta, veo también que ellos siguen fértiles en piojos, con la misma mugre para sus adeptas moscas, con la loba malaria asaltando su indefenso corral, con alfabetos de tres letras en la sangre, de bienvenida, y soñando bajo cielos de lona caer la lluvia de nuestra rica miel… Y  eso que dicen que el mundo es un pañuelo…
Bueno, pero mejor no lo estropeo, mejor lo dejo así…
Por cinco euros…
¿No he hecho una buena compra?
                                 © Rubén Lapuente Berriatúa





sábado, 30 de noviembre de 2019

DOCE CUERDAS


Ahora ya no lo veo sórdido, barriobajero, como de camorra a la puerta de una discoteca.
Los vi al atardecer, en los arrabales que bordea el río. Dos jóvenes en un improvisado ring, pero sin sus cuatro esquinas ni sus doce cuerdas. Sólo con la ley del ala del cuchillo en las manos de unos brazos imparciales, sabios, que entremetiéndose entre ellos, los domaba, los separaba…
Y los dos, a lo lejos, los veía tallados con buril de renuncias, parecían como dos juncos de río cabeceándose. Como el baile de la sombra en la pared de dos perspicaces llamas de una hoguera. Como si pugnaran dos vientos por aventar una goleta…
Y no, no era una pelea. No había odio. Ni cuentas pendientes. Ni corona de laurel. Ni cinturón dorado. No había rubia platino en la silla de la arena. Nadie jaleaba. Y me arranqué de los ojos los prejuicios. Dirimían arte en el baile. Eran príncipes de la finta. Uno con la plasticidad de una mariposa. A veces danzaba en círculos como un ave de rapiña, altanero, bajadas del todo las defensas. Fajador el otro, encerrado en la guarida de su guardia. Y como con metro amarillo medían distancias. Maestros en la estrategia de esquivar el dolor, de cazar el flanco desnudo, de esperar el momento de un gancho, de un crochet, de un directo…Hasta el volteo de la quijada de uno besando la lona de tierra, para levantarse, para ponerse otra vez en guardia…
Otra oportunidad. Como en la vida.
Y en el sudor de sus espaldas como en la turbia piel del río, la tarde vencida, tiraba a dar relumbres de plata, inexplicable belleza.
©Rubén Lapuente Berriatúa