RECITALES Y ARTÍCULOS

sábado, 30 de noviembre de 2019

DOCE CUERDAS


Ahora ya no lo veo sórdido, barriobajero, como de camorra a la puerta de una discoteca.
Los vi al atardecer, en los arrabales que bordea el río. Dos jóvenes en un improvisado ring, pero sin sus cuatro esquinas ni sus doce cuerdas. Sólo con la ley del ala del cuchillo en las manos de unos brazos imparciales, sabios, que entremetiéndose entre ellos, los domaba, los separaba…
Y los dos, a lo lejos, los veía tallados con buril de renuncias, parecían como dos juncos de río cabeceándose. Como el baile de la sombra en la pared de dos perspicaces llamas de una hoguera. Como si pugnaran dos vientos por aventar una goleta…
Y no, no era una pelea. No había odio. Ni cuentas pendientes. Ni corona de laurel. Ni cinturón dorado. No había rubia platino en la silla de la arena. Nadie jaleaba. Y me arranqué de los ojos los prejuicios. Dirimían arte en el baile. Eran príncipes de la finta. Uno con la plasticidad de una mariposa. A veces danzaba en círculos como un ave de rapiña, altanero, bajadas del todo las defensas. Fajador el otro, encerrado en la guarida de su guardia. Y como con metro amarillo medían distancias. Maestros en la estrategia de esquivar el dolor, de cazar el flanco desnudo, de esperar el momento de un gancho, de un crochet, de un directo…Hasta el volteo de la quijada de uno besando la lona de tierra, para levantarse, para ponerse otra vez en guardia…
Otra oportunidad. Como en la vida.
Y en el sudor de sus espaldas como en la turbia piel del río, la tarde vencida, tiraba a dar relumbres de plata, inexplicable belleza.
©Rubén Lapuente Berriatúa

miércoles, 13 de noviembre de 2019

CENICERO


Yo venía de los ásperos brazos de los números, rodando, camino a casa. Y con ese mal humor al verme atrapado en la ratonera de una caravana de tractores. Y es que a uno le cuesta un mundo apaciguar el trajín de las horas atado a una mesa. Y esa bella luz de otoño que caía dulce y herida sobre el parabrisas, hoy no era para mí. Pero al ponerme detrás, al ver en ese último remolque el volcán de racimos de uva, de pronto, volvió de mi infancia lo que jamás palidece pero que a veces uno olvida: que mi ventana de niño daba a un ejército de viñedos.
Y se me apareció aquel niño mío antiguo: su silueta recortada en el atardecer empuñando una espada de sarmiento de capitán de un océano  de viñedos; su cuerpo menudo bailando al son de pasacalles en torno al templete de una plaza vestida con arreos de vendimia…
Y me vi en Cenicero, mi cuna, sobre los hombros de mi padre, sobre la mejor montura de la memoria de tantos seres alumbrados por otros, que salieron de otros, en otros, de un primero, que punzaba aún su antiguo recuerdo en su espalda y que a mí, jinete niño,  por primera vez, también me alcanzaba esa flecha del clamor de la memoria en su boca y que no debía olvidar nunca:
 “Ésa es la torre, hijo, como la de tu castillo, como la de tu fuerte de madera. Ahí dentro, un puñado de milicianos de tu misma sangre,
dejaron los aperos, resistieron envueltos en llamas, vencieron a un ejército con la dignidad, con el orgullo, con el valor que ha forjado  esta tierra rojiza …Nos devolvieron la libertad. Eran como ese puño cerrado tuyo en el que atesoras una piña del suelo, y tanto la aprietas, la aprietas, que ni el sueño de la muerte te la arrebataría. No lo olvides, hijo, cuando te avasallen, cuando intenten pisarte en la vida…Recuerda que abrieron sus casas, deshicieron sus camas, usaron de vendaje las sábanas de su mejor ajuar cuando aquel convoy tiñó de sangre y muerte las aguas del río Najerilla. No lo olvides cuando descarriles tu tren de hoja de lata. Cuando a tu lado veas sufrir, deja lo que estés haciendo y ve, ve, recuerda, recuerda….”
Sí, voy rodando, ahora sin prisa, como ayer en los veranos de mi infancia más luminosa. Van rumbo a la bodega, al lagar, a los pies de topacio de quien me regala cada año el temblor de una jarra de vino joven de su íntimo pozo de mistela. Sí, voy detrás, remolcando, ahora yo también, pero a los que he perdido, con esta luz otoñal, tan bella y herida, tan dulce, traspasando el cristal hacía lo que soy: el mejor rocín de la memoria: mensajero de la nueva sangre de mañana.
Rubén Lapuente Berriatúa
Publicado en el diario La Rioja el 11/11/2019


martes, 29 de octubre de 2019

PARRA VIRGEN



Con las hojas ardiendo
virgen ebria de vino
sube mi enredadera

Por el muro de piedra
teje una colcha
de soles cansados
de su melancolía

Y ni se detiene
ni tiembla
en noches
de siluetas de lobos
que atraviesan la luna

Mientras aguardo
que tome mi ventana
sueño
que se me arrolla
que se me planta
en la boca
con el primer mosto
de su racimo
de carne de hembra
Ya lejos del vértigo
De lo eterno que la empuja

¡Ay si me bastaran
las sobras de tanto abrazo
para quererla!

¡Corre granada colcha de guedejas!
Aunque no tengas más fuego
en las mejillas
¡Corre!
¡Trenza brandales de viento
hasta mi alféizar!
Antes que el acero del otoño
te enfríe los muslos
Antes que haces de rocío
te rompan las manos
¡Corre!
¡Yo sé cómo desnudarte la belleza!
Aquí entre las sábanas
te espero
Oh virgen parra

¡Mi amante enredadera!
          ©Rubén Lapuente Berriatúa
             El Rasillo de Cameros (La Rioja)

jueves, 17 de octubre de 2019

ABLACIÓN


“De repente, Rubén, el corazón no sabe calmarse. No te habla bajito. Parece dentro del pecho un potro sin domar,  una campana con toque de arrebato cabeceándote en la oscuridad, una vieja máquina dando sus últimos coletazos.
Da igual caminando, que soñando de madrugada, que feliz en un bar. De pronto se pone a saltar, a golpearte. Y pones la mano en el pecho, asustado, como cuando lo sujetabas de niño del miedo…
Y de pronto el corazón detiene su locura, se acuesta, se olvida de vocear, te ignora. Y vives cada minuto con el acecho de su sombra, con el terror de su vuelta…
Y el médico te habla de la ablación, que al oírlo te sorprende, te suena a otra cosa “¿eso no es capar los genitales femeninos?”  Y, no. Se sonríe. Te dice que también es entrar en las venas, subir por el rio de la sangre con un bajel pirata que asalte ese amotinado camarote del corazón. Abordarlo para quemarlo, tacharlo: cegar esa sublevada habitación del pánico que relampaguea.
Ahora con bozal de gañidos me han calibrado la brújula del corazón. Supongo que ya dejará de perder el norte, pero qué difícil, Rubén, volver a ser el mismo cuando la vida te asesta esta sonora puñalada. Difícil dejar de pensar en ese tambor cuando lo oyes en el silencio de todas las noches. Y sí, el tiempo te alcanza, empieza a existir para uno y mucho más deprisa. Ahora me parece que todos los meses, las hojas del calendario en la pared  son de otoño, son amarillas…
La vida es un viaje hacia el cansancio, pero habrá que aprender de nuevo a vivir, aparcar el miedo, ser el mismo por lo menos de puertas a fuera, que nadie te note nunca nada. Que en realidad no pasa gran cosa, que un día, como a todos, se nos parará el corazón”.
        ©Rubén Lapuente Berriatúa


miércoles, 9 de octubre de 2019

AQUÍ QUEREMOS VIVIR



Aquí queremos vivir.
Y tú no nos echas.
El viernes fueron cinco minutos.
Dejamos la miel, el tractor,
la huerta, la masa madre,
la escoba de esparto,
el banco de madera,
los versos a medias…
Ni cerramos la puerta,
que donde todo
es de todos, los ladrones
no se gradúan.
Todos parados
en un gran silencio
redoblado
por nuestra fiel campana.
No somos muchos
pero estamos juntos.
Nos conocemos todos.
Y nos vemos
la tristeza, el dolor,
el fulgor en los ojos,
la rabia también
por cada nueva ausencia…
Cinco minutos
para que mañana
el Leviatán
ponga olor a pupitre,
a farmacia;
ponga una sirena de ambulancia
con el motor en marcha;
pase por sobre nuestra
secreta tormenta
el fonendo de un galeno;
ponga un desfibrilador a mano;
un autobús de ida y vuelta;
un panadero con su panadera;
una manzana de casas olvidadas,
con las llaves, bajo el felpudo,
ya oxidadas;
una cinta ancha al mundo
atada a cada antena…
Y que no son limosnas.
Que son nuestros derechos.
¿O para ello hemos
de vivir en un rascacielos?
Luego, pondremos
la imaginación, el trabajo,
el alboroto de los días azules
con nuevos niños y niñas…
El viernes sólo fueron
cinco minutos. Todos
parados con un gran silencio
redoblado
por nuestra fiel campana.

Quizá no haciendo nada,
callados cinco minutos,
le interrumpimos la vida plácida,
y ladeó la cabeza…
Quizá, pronto se baje
a este andén sin trenes
de la España vaciada…

Si, aquí queremos vivir.
¡Y tú no nos echas!
            ©Rubén Lapuente Berriatúa
Publicado en el diario La Rioja y en el digital nuevecuatrouno el 6/10/2019


viernes, 27 de septiembre de 2019

LA DANZA DE LOS ZANCOS DE ANGUIANO



Puedo soñar con ser, este último sábado de septiembre, el bisoño danzante de Anguiano, e inquietarme la víspera al tener alguna pesadilla o sobresalto: zarpazos que me vinieran de zancos agrietados  o de vahídos o de trompicones… el verme  de bruces sobre las piedras. Sí, soñar ser un joven de Anguiano, y que eso me llevara a una cita. Que me dijeran: “¿Qué? ¿Cuándo te vas a lanzar por la cuesta? Ya tienes edad.”
Sí, del patio de la escuela, a cruzar por esa prueba de paso a la madurez, como hacían en la antigua Grecia los niños en la ceremonia de uso de razón, ofreciendo sus peonzas a los dioses porque ya comenzaban su preparación para ser hombres… Soñar ser la peonza que bailaba un dios antiguo…
Puedo soñar ser el aprendiz de esos ocho jóvenes del puebloY plantarme en lo más alto del vértigo con la mirada perdida en los lejanos labios de mi padre: “Cuando te vea bajar me veré a mí mismo”. Y dejarme atar minuciosamente los zancos, mientras hago sonar las castañuelas para ahuyentar la ansiedad de ese puro escalofrío. Soñarlo, para ser una hebra más de ese largo zumbel de la sangre girando, que me uniera a esa ancestral danza… Y que aún no me tocara, y demorarme unos segundos viendo en las orillas y abajo de la empinada cuesta, el agobio de tanta mirada, de circo alguna, pero otras, sintiendo en su espalda punzar la memoria de siglos de un pueblo, me empujarían. Sí, puedo soñar abrir las alas de mis sayas… ¡Vertiginoso! ¡Girar y girar y girar…! ¡Verme casi volar! ¡Y no ver nada! ¡A nadie! ¡Desaparecer! ¡Oh, ser la peonza de un dios!
                        Rubén Lapuente Berriatúa
Publicado en el digital nuevecuatrouno de La Rioja 25/09/2018

miércoles, 18 de septiembre de 2019

AMARGAS UVAS



Ya está aquí septiembre: El de los racimos de uva madura. Ya están aquí los temporeros: inmigrantes vendimiadores… Ya vuelve a este pasaje entre dos calles de mi ciudad, junto a la estación de autobuses, la vergüenza de ir soslayando esa amargura del hombre tirada entre los brazos de la noche…
Aún creen que el corquete está ya afilado. Que bajo de cada viña colmada, espera una sedienta cesta de castaño.
Nadie les dice, que el paisaje del Rioja va cambiando en lomas preñadas de cepas en espaldera: ésas que parecen un ejército de crucificados. Esa vid, sin corazón,  que no necesita reverencia, tan sólo una tolva que ya lleva dentro el trajín de las manos de toda esa tristeza postrada en este pasadizo o en esa consigna de los aledaños de la vieja estación de autobuses, esperando, que al menos, pare una furgoneta, que haga sonar su claxon, que alguien, bajando la ventanilla, les lance al aire una cifra, que seguro será acompañada por esa torcida mueca que nace al morderse uno los labios…
Y los nadie, los dueños de nada, al remolque de uvas amargas, subirán.
©Rubén Lapuente Berriatúa
publicado en el digital nuevecuatrouno de La Rioja el 19/09/2019