RECITALES Y ARTÍCULOS

sábado, 10 de febrero de 2024

LA MUCHACHA DE MADERA

 


Todos llevamos un niño o una niña dentro. Aquel niño mío jugaba con cualquier cosa: con una hoja de otoño, con un palitroque, con el vaho del cristal de la ventana…, luego le veías aventando a un escarabajo, haciendo a un gusano de seda monstruo por detrás del tintero, o dejando, el canalla, un vaivén desierto en la pecera. Y para que aún siga correteando por mi frente y no se me muera, he levantado mi casa como un juguete. Por ahí asoma un futbolín de los viejos bares, con una banqueta para que alcance la empuñadura del puntapié de Bellingham; unos perennes calcetines con rayas blancas y rojas en el tendedero: bandera de nuestros hijos, que por aquí anda siempre Wally; una mariquita de mascota para echar mano de ella si pide un deseo; un viejo patinete tranvía de las aceras, parrilla de los olvidos de madre; un triciclo con montura de caballito, que aunque no ha leído a Panero, un día se escapó al trote, al amanecer, sin pensar en regresar, pero volvió de las alas de las orejas, en volandas: calentito a casa; asoma una peonza, la mía, tiznada, ocho años más joven que yo, y que si la toco ahora, me quema la savia de sus días azules; un globo con barquilla para soñar volar sobre las tejas, y ver cómo se emborracha de licor de luna mi gata Vilma; un libro pop-up que no tuvo y lo abro hoy a su asombro y al mío: el de los dinosaurios de Sabuda.

 Mi casa como un juguete que se asoma al remanso del agua dulce del Iregua. Y parecería que ya no necesitara más cachivaches, pero desde que le leí “Una casa en la arena”, la de Pablo Neruda en Isla Negra, con sus mascarones de proa: María Celeste, Micaela, la Sirena de Glasgow, La Bonita…, me recordó esa fábula de marineros que le conté una tarde donde la belleza de una muchacha: mascarón de proa de su goleta de Playmovil, desbravaba la tempestad, arrodillaba la galerna: serenaba la ira de los dioses. Y lleva un tiempo tirando de mi manga para que le busque por el desguace de los mares, una bella “mascarona” de proa…

Ahora la muchacha de madera es el juguete de la casa. Arrancada de su viejo bauprés de goleta, tiene de la gubia del viento y de los golpes de las olas del mar, rosetas de niña en las mejillas. Tiene flores de algas y de lirios marinos enredadas en el pelo. Tiene aferrada entre las manos, como su único tesoro, una caracola llena de secretos.                                                                                                               Por la roda de la casa, la he subido hasta un cielo de luceras y altos miradores, donde se vea reflejada en el embalse y no se le vacíen del corazón los recuerdos.                                                                             Al atardecer, algo pasa arriba, algo oímos, algo nos sobrecoge, como si llamara con su honda caracola a lejanos mares perdidos… Y subo con mi niño a mirarla. Y yo no sé si será la humedad, la niebla, pero por sus empañados y ciegos ojos de cristal, se le sueltan a la muchacha de madera dos gotas de agua…                                                                                                                                                        Y ella no sabía llorar.

Rubén Lapuente Berriatúa. 

Publicado en el diario La Rioja 1/2/24


lunes, 22 de enero de 2024

UNA NOCHE EN EL CIRCO



 He venido al circo Raluy: el clásico, el de siempre, el que no lleva edulcorantes ni gasta melindres. He venido a recordar bajo esa patria de una carpa con banderolas, el sobresalto de un timbre de madrugada.

Salen los trapecistas, los veo arriba cómo enjugan sus manos en el talco, que así les salgan dedos de aguilucho, así calmen el sudor de quizá morder la dura arena: no tienen red, no quieren red. Entre sonrisas, seguro te dirán que solo arriesgan la vida. En la mitad del vacío de sus balanceos, uno se suelta. Y vuela. Y no hay nada ni nadie todavía. Aún las manos del otro, boca abajo, no están. Vienen. Están llegando. La emoción del alivio vuelve a soltarle. Y otra vez vuela, pero el trapecio solo, como un salvavidas, no ha llegado aún. Todavía está viniendo. Se pierde y se encuentra…

Abajo, de perfil de los labios, juntamos las palmas de las manos en el redoble último del más difícil todavía, y en ese rumor que acaso derrame lentejuelas, me vienen esos retazos olvidados de la infancia, cuando el circo no nos cabía en los ojos del sueño, y la volatinera inocencia nos cosía unas alitas a la espalda sobre la baranda del portal, o sobre la cimera de cualquier bordillo. Al acabar el número, pienso que estos trapecistas por arriesgar tanto la vida no la vivirán nunca. Que para que no se apaguen los vítores, jamás deben abandonarse. Eso de tentarse cada día la cordura, el corazón, los músculos, el pulso del valor, y comprobar que todo sigue en su sitio, y volar… Oh, cómo se reina dentro de uno mismo viviendo con la amenaza del azar, cómo se aguanta el murmullo del sueño inquieto de tal vez, alguna noche, dar un traspié mortal en el aire.

Luego viene el número del lanzador de cuchillos. Sale primero la mujer. Se reclina sumisa en la rueda de madera. Adopta esa postura del dibujo del Vitruvio de Miguel Ángel. El lanzador, el hombre, menos joven que ella, sale con su haz de puñales en bandolera. Va lanzándolos uno a uno… Y giran una, y otra, y otra vez antes de reflejar en su acero la sien de la mujer; de quedarse a un tris del frágil cuello; de clavarlos a una gota de la orilla de la cala de madera que dibuja su cintura. Los lanza entre las piernas abiertas, entre los muslos, timbrando lo más lejano, lo más íntimo, lo más oscuro. Él arriesga siempre hasta casi rozar el filo de su piel: pellizca hasta su vello rubio. Ella es una diana entregada esperando en silencio, lo incierto, el azar. De pronto, un levísimo reguero de sangre comienza a bajarle por la pierna. Miro a los lados, y nadie, nadie se da cuenta. El lanzador de cuchillos, mientras la ve sonreír, desclava, dolorosamente, y uno a uno, sus destellos de plata…

El amor es un collar de rubíes sobre la arena que, ella, bajo su pie, demora enterrarlo un instante…

Al salir de la función, deambulé por los alrededores de la carpa. Las nocturnas luces de neón, como un faro, barrían las ventanillas de los carromatos, y en uno, en ese breve momento luminoso, vi a la mujer herida tomando entre sus brazos al hombre, como si fuera un niño.

Rubén Lapuente Berriatúa          publicado el 18/01/24 en el diario La Rioja



domingo, 7 de enero de 2024

ELOGIO DE LA COLLEJA

 


En el almacén de las tiendas amarillas de Logroño, hay una ventana ciega que te ve, niño ladrón. Una ventana de cristal donde se asoman los ojos guardianes de las chicas de las tiendas de golosinas, que en la penumbra de la trastienda de cada una de ellas, hay una detective con gabardina y sombrero y periódico en mano, pero que esta vez, como te ven tan pequeño, tan frágil, como no quieren que te eches a perder y te pongan la etiqueta de bandarra en el barrio, solo toman nota de tu cara, se quedan con ella, y como son tan buenas sabuesas pisando los talones, ya saben en qué calle vives, de qué número de portal entras y sales.

Te observan, haciéndose las despistadas, cómo llegas con una mueca entre alegre y pícara al mostrador de la tienda, cómo con la mano pura enarbolas el regaliz de oro o la maroma negra o granada, que, aunque poco, de los bolsillos algo de guita rascas. Pero con la mano sucia, ya te han visto cómo llenas todos tus recovecos de cualquier chuchería que pillas. Y con el corazón a cien, triunfal, con el palote de pirata en la boca, sales con tu botín por toda la avenida, niño ratero, y haciendo una y otra vez la zapateta.

 Para asomarse a la pantalla de la ciega ventana de cristal, al teatro de tus fechorías, te hemos preparado una gran sorpresa, niño rapaz, que sabemos de qué pie cojeas, que cometes el error de venir siempre a la salida del colegio cuando la tienda rebosa baba de miel sobre hojuelas, cuando crees pasar desapercibido entre tanta marea de azúcar, pero es cuando, entonces, los ojos de las dependientas más se entrecierran para ver más clarito todas las dulces tropelías de la barriada. Sí, una gran sorpresa en el día de tus manos en la masa, que hemos invitado en la platea de la penumbra y en una función secreta, a quienes te cobijan, te miman, a los que te dieron los genes azucarados, para que te conozcan mejor en tus artes flamencas del abanico sobre las gominolas, sobre las bolas de anisete de colores, sobre todas las suaves colinas de dulzura de las cubetas. Sí, hemos invitado a quienes te educan en la tontuna esa del buenismo, para asomarse al túnel del granero de la bocamanga de tu sudadera, a la de tu bolsa de canguro embarazada de piruletas, para entrar en la red mafiosa del doble fondo de tu mochila, y para que al salir a la avenida, que los ojos guardianes de las chicas de las tiendas amarillas no quieren verte marcado, señalado en el barrio de por vida, que los trapos sucios mejor se lavan en casa, con el palote de pirata en la boca, niño ladrón, y haciendo la zapateta por toda la avenida, tengas a tus padres a la espalda echándote el aliento del bochorno de tu nombre en la nuca, llevándote luego (¡por nuestros muertos que a base de collejas espabilas!) de las orejas en volandas y de pataleta en pataleta.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja el 4/01/24

lunes, 1 de enero de 2024

CANCIONES AL VOLANTE

 


Son algo más que canciones al volante mal coreadas por uno mismo. Abres la portezuela del coche y es como si acudieras a la terapia de un piloto verbenero a sanar las emociones. Pero no te equivoques, aquí, en esta isla rodante y solitaria de fibra de vidrio, no se baja la ventanilla, ni se asoma desafiante el codo, aquí no hay hortera redomado que pare el coche en el semáforo, y suba aún más el volumen para que se entere la humanidad de sus excelsos y atronadores gustos musicales. Aquí, en esa vitrina del estrépito, uno se desnuda siempre por detrás del biombo, cerrando bien la escotilla, convocando, cuando no hay moros en la costa, al vocinglero, al berreo de un niño grande.

 ¿Eh?, debe conducir el que no sueña, el sumiso, el que va a trabajar con traje y corbata, el que se sacrifica y no bebe ni una gota, y solo para que su inseparable viajero arme dentro la tremolina. Es esa silueta de cartón absorta que no pierde la compostura siguiendo derecho la línea de la carretera, como lo haría sobre el raíl un viejo tranvía. El otro, el que está harto de tanto formalismo y buenas maneras, cansado de tener que parecer siempre sublime, que le apetece hacer terapia o el ridículo a solas, el que se desvía de la mediana del camino, al que se le nubla la vista, el que reproduce el disco y convoca las nubes, debe poner la misma pasión que cuando fue un rebelde con causa o sin ella. Y puede que sea un hijo del rock, del flamenco, del tango, de la copla, del hip hop, del indie, del reguetón, eso da lo mismo, lo importante, lo obligado, es que cante siempre como un lunático, desaforadamente desafinando, estruendoso como la sirena del Espolón, como un viejo pernio de pueblo. Si cantas como los ángeles, si entonas, y además andas escaso de trauma, mejor vete a un Karaoke, o apúntate a un casting de Operación Triunfo, busca otro sitio, qué en este veloz habitáculo de cuatro ruedas, el ruiseñor no se desdobla, no se despeina, no encuentra el manillar del sueño.

Y si te cruzas con un coche, o desde la acera con una fugaz mirada conocida, que tengas ensayado lo bien que solapa el aullar con un largo y torpe bostezo. Así hasta que se acabe tu repertorio, y despierte el uniformado títere del volante dentro del tenor desgañitado, así hasta que se quede yerma la entraña de echar por la boca lo que quieras: no sé si la espuma de la alegría, o el cansancio de este oficio de vivir, no sé si el olvido de tanta belleza no atendida, o la bilis de las lágrimas que no derramaste, no sé si el fracaso que te achica, o el descuido de no haber llegado a tiempo a salvar una mirada perdida, no sé si el hueco insoportable de una cama, o…

 Y al llegar a tu destino, antes de abrir la portezuela del coche, veas en el espejo retrovisor unos ojos que te sonríen, y a los que saludas llevándote los dedos a la sien.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja el 21/12/23

lunes, 11 de diciembre de 2023

SUEÑOS DE CAFÉ

 


Cada mañana, antes de entrar en el agua, le pongo al fuego la vieja cafetera de aluminio. Y yo no sé de dónde saca este bicho tanto olor que me coge siempre al otro lado del espejo, afeitándome, silbando alegre al son de su cafetal bufido.

 ¿Pero de dónde vienes tan íntimo como un sueño, aroma? ¿De un dios buscando algo para su somnolencia? ¿Pisaría en el lagar de la noche, no sé…, quebraderos de cabeza, o fueron racimos de rayos, truenos y centellas? ¿Y en ese galimatías de efluvios y probetas, no le saldría un bebistrajo, una aguachirle, y continua aún con su eterna modorra? ¿O viene de un alquimista en el ambigú de su barranco oscuro despegando del aire, no sé…, el oreo de sábanas mojadas de pubis trigueños, o fue el bronce del otoño en los hayedos de Cameros? ¿Y si en verdad viniera de la melancolía de los ojos azabache de una tal Eva? ¿Esas lágrimas dieron en el Edén a luz una semilla, un cafeto, la cereza roja que te aviva la vida?

 A mí me hueles a esa barca varada en el embalse con la bancada rota. A mi madre, viéndola en la ventana soplándome los besos, con el aliento de colar en la cocina, con una media de seda, el café de puchero. Me hueles a una tarde de lluvia en un bar, girando lenta del asa de una taza, esperando otra vez el desamor.

Y te me apareces al ver el periódico solitario en una mesa que, sin el primer sorbo de café, no empieza el ritual de pasarle las hojas, o al revés, que una taza humeante en cualquier cafetín necesita la mariposa del olor de la tinta impresa.

 Cuantos días, en la terraza de un bar, la vida se sienta a tu lado, coincide contigo, y luego solo te queda en el aire del recuerdo aquel embriagador y tostado aroma.

Yo disfruto, no hago más al levantarme, viéndola beberse ese negro cuerpo que le pongo al fuego, o ese recuelo recalentado que no tira por el fregadero: Pero, Rubén, si aún es oro negro, me dice.

No sé yo qué le pasaría si se lo prohibieran. Tendría que poner escalones en las paredes para subirse sin peligro, o maniatarla hasta que bajara su mono del cafeto, mientras este lírico tonto de quimeras, demora adrede el placer, aguanta las caricias tempranas de sus mulatas caderas, y se desayuna solo con ese aroma que suelta por toda la casa el plateado bufido italiano. Y es que hasta que no se perfila los labios la mañana, uno no empieza a saborear la primera taza, y siempre en mi bar, con el fiel Enrique, con el soñador Álvaro, con el divino Koldo, con el diario La Rioja.

Dicen los poetas que si tocas tu sueño morirá. Pues sí. El sueño del café, como casi todo en la vida, se va apagando al tomar el primer sorbo. Pero, demóralo una hora infinita, que lo mejor del placer es su coqueteo, su preludio eterno. Aguanta el excitante “ven” de su dedo índice, y luego copia el lento ritual de un beduino al poseerlo. Después se viene todo abajo, claro, pero, oh milagro, vuelve, resucita nuevo al día siguiente.

Así es el café, como cuando tomas el cuerpo de tu amor, y cada vez, cada noche, te parece uno distinto.


Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja el 8/11/2023

jueves, 23 de noviembre de 2023

EL VALS DE LAS HOJAS

 


Para Rosa Palo

Me gustaría que, si Rosa Palo me viera paseando por uno de estos senderos de esta hoguera verde y oro de Cameros, me llamara para preguntarme por el otoño, que por dónde anda ese jardinero, por dónde tiene él su zaguán dorado, su melancólica entrada, cuál es el paraje de su mejor lienzo, que no viene en Google Maps.

“¿El otoño? Es algo más arriba. Sí, Rosa, por este mismo camino. Para el coche antes de llegar a la ermita. Por ahí, cerca de un acebo, tiene él su aldaba dorada. Ah, pero hoy no te molestes en llamar, que ha dejado la puerta entreabierta. Anda estos días tan atareado rociando todo de ámbar, subiendo tanta savia de topacio a las hojas, llenando tantos jergones de hojarasca para las noches de los enamorados ciervos que, de tanta ida y venida, sólo saldrá a recibirte el vaivén de su mecedora.

Pero no tengas vergüenza, entra y vístete con su ropa. Toma de su taquilla su buzo de tímido camaleón. Su pala y su escoba de abanico échatelas al hombro que, disfrazada así de jardinera del otoño, te será más fácil desaparecer en esta lenta y dulce y bella agonía amarilla, ¿no has venido a eso?

Ahí dentro todo está dulcemente muriéndose. Todo cae tan milagrosamente en su lugar exacto que ni necesitas mover un dedo, tan sólo, por si acaso te cruzas con él, disimula haciendo como que arrastras unas hojas que se han salido del camino, o haz como que lloras por un ojo, que este cascarrabias de otoño vea que también arrimas el hombro, que te implicas en adecentar el ocaso de tanta belleza.

Verás, a cada momento, tantas hojas caer, que no podrás seguir el vuelo de ninguna. Y, ¿sabes?, si no lo hicieran, si se quedaran prisioneras de sus ramas, enfermaríamos de melancolía, tendríamos que ir, furtivos, a esas noches doradas, a espantarlas como pájaros amarillos.

¿Y qué es eso Rosa de decir que ver el otoño, así, no resiste el sentido del ridículo? ¿Esto es cualquier cosa?  ¡Pero si es ver morir para otra vez ver nacer!

 Y, sola, abandónate. No tengas vergüenza en imaginar que todas caen sobredoradas sobre tus deseos, tus esperanzas, y con más dulzura sobre tus viejos fracasos. Y con un toque de locura, hazlas todas tuyas. Súbete, y niña, a ese corcel del tiovivo del otoño, y baila ese vals de las hojas que se mueren en tus brazos.

 Ah, pero no te demores mucho en salir, despierta a tiempo de ese trance amarillo, no vayas a querer anclar del todo el corazón a ese noray del muelle del otoño, que aquí, en la sierra de Cameros, la belleza en carne viva acelera ese pequeño temblor de estar vivo: enfermo de vida.

Y antes de volver a ese mal invento del oficio de vivir, decora el cielo de tus párpados con esa última estampa dorada, más hermosa si mañana la rescata tu soledad o tu melancolía, o en esa tarde en una terraza donde la vida, extrañamente, coincide por fin con uno.

Cuando salgas del bosque, bajo ese vals de las hojas cayendo, camino Villoslada, cose de soslayo los mil guiños de sol entre las hayas a tus ojos de bronce. Por el estrecho camino, tu berlina irá dejando, tú no lo verás, una larga y bella y cansada estela de oro”


Rubén Lapuente Berriatúa

publicado hoy 23/11/23 en el diario La Rioja

jueves, 9 de noviembre de 2023

BOUAZIZI O EL ÁRBOL DE JÚPITER

 


Fue en noviembre del dos mil diez. Iba yo en el coche, camino de El Rasillo, cuando en el mismo borde de la carretera, al pasar por aquel vivero, vi una pequeña fogata de hojas, una cabellera cobriza, un pequeño árbol como una zarza en llamas. 

Yo quería un poco de arrebol, de crepúsculo, un poco de otoño en mi jardín, y ese pequeño árbol que veía desde la ventanilla del coche, que dulcemente enfermaba, pensé que podría ser la guinda que no tenían mis ojos. Y conduciendo, me imaginé que cuando sus hojas cayeran sobre la yerba, darían un hermoso aguacero carmesí: la colcha de su alcorque desnudo para las tiritonas de su largo invierno serrano. Y ahí se me quedó en la memoria ese incendio, ese sufrimiento rubí de la luz.

La casualidad quiso que al pasar por el mismo lugar a primeros de enero del año siguiente, escuché en la radio del coche la noticia de la muerte de ese muchacho tunecino, Bouazizi se llamaba, mercader ambulante que se ganaba la vida tirando de un carromato de frutas y verduras, al que la policía corrupta del régimen le confiscó tantas veces la mercancía por negarse a pagar la consabida e irritante mordida, que la hartura de vivir de rodillas hizo que se prendiera fuego ante el mismo ayuntamiento de su pueblo. Una foto de una momia vendada en un hospital, junto al tirano del pueblo tunecino, Ben Ali, ahora disfrazado con la piel de un cordero y pasando la mano sobre lo que era un espantajo de gasas, había visto unos días antes en el periódico. Y yo, que seguía los acontecimientos con inquietud, que admiraba a ese joven debatiéndose entre la vida y la muerte, me vino en un relámpago aquella lumbre de sangre otoñal que pasó por la ventanilla de mi coche. Y paré en el vivero. Busqué por los senderos el arbolillo ardiendo, pero era cinco de enero, y esa mañana de cencellada las hileras de plantas eran un ejército de espectros helados. 

-Hola, estoy buscando un pequeño árbol, no sé, pasé por noviembre, lo vi desde el coche. Tenía las hojas como si de verdad sangraran.

-Oh, sí, mire, ahí lo tiene. Es el árbol de Júpiter, con este frío y la niebla del río tan cerca, y sin hojas, le han dejado hecho un guiñapo.

 

Y ya son trece años en el jardín de mi casa de El Rasillo, y si te acercas en noviembre, desde mi calle lo verás como una zarza en llamas. Quizá para ti sólo fuera antes una pincelada en esta hermosa acuarela del otoño, pero seguro que, ahora, al mirarlo con otros ojos, lo veas como una bandera enarbolada por un pobre muchacho que no supo nunca que, hecho una pira de rabia, prendía la mecha de una primavera nueva. Una hermosa mancha calcinada en el suelo, bastó para quemar el miedo de todo un pueblo. Ahora entiendo que haya libertades que sólo se consigan derramando sangre.

Y en la suave piel de alabastro de su corteza, no hizo falta que le tatuara con la punta de mi navaja las ocho letras de Bouazizi, que cada otoño de mi vida, este árbol de carne y hueso, sabe cómo recordármelo. 

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja 09/11/23