RECITALES Y ARTÍCULOS

miércoles, 8 de mayo de 2019

LA MANÍA DE CONTAR


Esa manía de contar al alba todos los ojillos de la persiana y que no llegara mi madre antes, me iba en ello su buena  suerte; o la de sus primeras canas con aquel presumido y juguetón revuelo de su melena, que me hacía rabioso comenzar de nuevo; o los pétalos de las margaritas y que me fueran todos impares, me iba en ello su cariño…
¡Y quería que me contara el equilibrio de una escoba subida a la arena del circo de mi frente, de mi empeine, del índice de mi dedo!
Y esa manía de contar estrellas en las noches de verano, de agotarme en los números, creyendo haber llegado al infinito.
Y mis zancadas, medida de aquel puente que escalonaba mi altura triunfal de niño a muchacho.
Y el desafío hasta el resuello de aguantar la respiración hasta arruinar todos los segundos.
Y la angustia de contar el eco de los golpes en la pared de mi padre derrotado…
Hace ya mucho tiempo que perdí la manía de contar. Sólo algún día, en la cama y piel adentro, me domina aquella agorera prisa de albores ya no interrumpidos, o me entra la manía de contar hebras de plata en las crines del sueño, o me viene una lluvia de impares pétalos  de los “me quiere” en el  viento, o en mi alarde sumo el retraso de la merienda de sus bostezos, o mi dedo salta, señalando y llevando a la vez la cuenta de las chiribitas en el preludio de la noche de mis párpados, o  cuento el número de mis marciales pasos: estirón de aquel soldadito en el puente,  o  me sobresalta  la bocanada última como un vómito de lauro, o me pueden las diez campanadas de la cabeza contra la pared de mi padre derrotado…
 Y piel adentro, revuelto todo, lo sobrevuelo…una, dos, tres,…
hasta quedarme dormido.
            ©Rubén Lapuente Berriatúa

viernes, 26 de abril de 2019

EL DESCENDIMIENTO DE CRISTO



 Para la Cofradía del descendimiento de Cristo. Logroño

La Semana Santa de Logroño da su más bello perfil a la vera de la luna de la noche, y por esas callejuelas del barrio antiguo que abre su cauce peregrino al murmullo del tronío de sus pasos. Este Jueves Santo desde la Iglesia de Santa María de Palacio, en torno a las 22:30, sale el paso de la Cofradía el Descendimiento de Cristo: José de Arimatea y su hermano Nicodemo, subidos en sendas escaleras, desclavan a Jesús crucificado, mientras, abajo, María, Juan, La Magdalena, con ese dolor helado que nace y sube tormentoso desde lo más hondo, le recogerán para envolverle delicadamente en una perfumada sábana de lino…
Larga caminata nocturna por Avenida de Viana, San Nicolás, Ruavieja, Sagasta… Momentos que unos vivirán con el fervor de siempre, otros más pendientes de la mirada de cristal de sus móviles, otros buscarán la belleza, no sólo en esa exquisita talla oreando las calles tan arropada por el sonoro silencio amargo de la banda de tambores de la Cofradía, sino también en ese fugaz fogonazo de plata de algunos rostros de entre la multitud como tocados por la gracia de un rayo divino, y hasta tirarán del hilo de la luna, como una cometa, pendientes de que se asome, hermosa, por los viejos balcones del cielo, que no falte al encuentro, cuando la noche, entre candilejas, se hiera de saetas sacando a bailar el alma temblorosa del paso…
Si vas, escolta a la talla hasta su entrada en el pórtico del templo de Santa María de Palacio, ahí, la altura de la puerta obliga a portar el paso a unos centímetros del suelo, y con el último izado, un estallido de júbilo de los cofrades, llena la iglesia de un sobresalto que levanta olas en la sangre y aplausos de alguien que no sabías que dormía en tus adentros…
No sé si te llevarás a casa algún pedacito de esta noche viendo a ese hombre inocente que descuelgan de la encrucijada de sus dos maderos, que no tiene religión; el mismo que decía que dentro de uno está el paraíso, o que tu mano izquierda no sepa nunca que tu derecha tiene un secreto (de la generosidad no se alardea, es humilde, no tiene nombre ni apellido), o que antes de ver la paja en el ojo ajeno mírate la gavilla en el tuyo… no sé, pero hay como una sola metáfora que explica el mundo y que mana de ese inocente cuerpo ensangrentado, como si el sentido de la vida se consiguiera con sacrificio, con renuncia: sentir uno el hueco de entregarse, el hueco de amar sin esperar nada a cambio.
©Rubén Lapuente Berriatúa

martes, 16 de abril de 2019

LÁGRIMAS EN LA LLUVIA

Sucede que alguna vez llueve en Semana Santa. Sucede que desde el portón entreabierto de la Iglesia ves a un niño, a ratos, asomar la cabeza. Mirar el cielo juntando con súplica las palmas de las manos.
Ves aparecer su manecita abierta y no es precisamente para pedir monedas de lluvia de limosna que para eso está ese señor que trabaja de pobre todos los días en el zaguán de la puerta de la Iglesia.
“¿Cuándo es la hora? ¿Cuándo nos toca?” dice mirando hacia la penumbra fresca de la parroquia, hoy nerviosa.
El benjamín se estrena como cofrade niño. Es su primera Semana Santa. Sólo los niños cuando sueñan dormidos continúan la vida y él aún no sabe que cuatrocientas veces en cuatrocientos años la fe de sus mayores ha punzado ya en su espalda memorias de primavera, de música de tambores y cornetas, de bullicio, de mágica luna de parasceve…
Ansia oír: “Señores, todos por igual, valientes. Al cielo con él”
Hoy no estrenará lágrimas su vela encendida. No habrá tachuelas de cera por las oreadas callejas. No se mecerá el Nazareno en alas de alguna saeta rota. No soltará el trono amarras como una goleta encallada mirando las enfadadas olas…Que en el charco del cuenco de su mano redobla aún el tambor de la lluvia.
Oh demudado capirote. Oh pequeño cofrade del llanto que no quiere consuelo, que no quiere acabar de llorar…

“¿Cuándo es la hora? ¿Cuándo nos toca?”

Rubén Lapuente Berriatúa

martes, 26 de marzo de 2019

TERCIOPELO ARDIENTE

No sé de qué oculto rincón
mío sale el perfume
de esta vieja melodía
a la que ni los zarpazos del tiempo
le ha rayado la voz.
Y cuando le viene bien
sin avisarme
toma dulcemente mi garganta.
No sabes cuantos días
me viene el murmullo
de esa canción
bajando las escaleras,
y más ahora
desde que se murió Joan…
Siente, siente…
…Olvida el mundo conmigo…
o mirando a esas muchachas
bajo los soportales
cruzándose conmigo
temprano
camino del trabajo
me musita dentro…
Fuego,  fuego
para perder estribos
y acurrucarse luego…
o la tarareo alguna vez
a media mañana
en el lento sorbo de la tregua
que me da el café…
Tuyo, tuyo
Y ciego entre tus dientes
por donde me destruyo…
Y siempre la oigo tardío
como si no coincidiera
mi susurro con el de esa
eterna joven intrusa
que parece amarrada
al palo mayor de mis huesos.     
Como un huésped la tengo.
Y la verdad es que hermosea
mi íntima casa.
A la noche me deja en paz.
Se me calla porque sabe que…
quiero hallar bajo mi peso
terciopelo ardiente...
Y es entonces cuando
 se hace mía.
©Rubén Lapuente Berriatúa
                                     Terciopelo ardiente

viernes, 22 de marzo de 2019

EL RASILLO EN EL AGUA


De lejos parece de juguete. De postal de mentira, de tan bello. Como tallado en el claro de una esmeralda: un oasis de encaje de hilos de piedra rosa, si achicas bien los ojos.
Alguien debió despertarse en esa dulce ladera de trinos, y, al alba, apresurarse en colocar la primera piedra, raudo en talar los durmientes de su techumbre, veloz en apilar la sumisa leña al oír la rondalla fría del viento serrano envolviéndole el corazón.
Quería vivir con el mirlo en la rama. Con el aire puro del miedo de una corza en la nieve. Como un marinero subido a la cesta de la gavia del mástil mayor, mirando la caricia de un océano de agujas verdes que le ablandara la dureza de la vida.
Luego las manos del hombre pusieron su guinda de plata: el espejo del cuenco del agua del valle del Iregua para que le viéramos el velamen rizado de su torso de piedra, para que asomados en cada ventana, pudiéramos, sumergiéndonos en esa melancolía de la belleza que te hace ser más sereno, que recorta las uñas a tu alimaña, soñar bajo sus aguas. Y es que este paisaje, este decorado mágico, te adormece tan dulcemente como en el verano el bostezo en la penumbra bajo un sol de mimbre… Sí, aquí el tiempo se ha quedado a vivir sin reloj, silbando, y anda por todos los rincones como tú por la casa en zapatillas de paño.
Y a la noche, para hacerte romántico, te baja no sólo a esa luna  llena sobre el embalse, sino también a su doble, la otra gemela sirena reflejada sobre el agua: navío redondo de plata que junta las sienes, que te flecha de besos, que te presta la luz de su alcoba…
Hoy he subido, peldaño a peldaño, sus calles, hasta el balcón de mi casa abierta  para que entrara la primavera descalza, y allí también me tropecé con la muerte, perezosa, melancólica, hechizada, de tarde de novillos, desempañando lentamente el vaho de los cristales…
©Rubén Lapuente Berriatúa

lunes, 18 de marzo de 2019

LA VOZ DEL SUEÑO


La oigo respirar…
Si no durmiera a mi lado
por esa voz del sueño
que no se parece
a la que yo atesoro
no la reconocería…
Por momentos
alienta suspiros de niña
En otros inspira
roces de oscuro
viento perdido
Luego imperceptible
su aliento calla
como si soñara
algún sueño del silencio…
Y al no oírla
tira de mí el vértigo
de cuando
un día
cuál antes
en el lecho
será un hueco
insoportable…

Y la despierto
con la voz
ronca
del sueño fingido

Desvelada
se vuelve hacía mí…

¡Y no me mueve!

    ©Rubén Lapuente Berriatúa

jueves, 14 de marzo de 2019

PEQUEÑO PESCADOR FURTIVO


Para mi niño los playmobil tienen todos sordera. Y sobre ellos balbucea su arenga mojada en su bebible saliva.
Luego los acerca al oído. Arruga la frente, junta las cejas,
escuchando sus señas. Y asiente sereno con la cabeza…
Le faltaba capitanear al que dispara en el agua balas de burbujas. Y ha dejado un vaivén desierto en la pecera.
Con malabares, se ha llevado al saltimbanqui a su alfombra de batalla. Del pobre pez cree que su barboteo y sus coletazos son de piraña en tierra, de esbirro de armadura de plata.
Y le registra bajo las escamas el botón que lanza chorros
de granadas…Pero el pez no sabe cerrar los ojos, se va apagando como en el jazz una baqueta con escobilla. Y el niño lo agita, lo agita…, toca su índice dos veces la torpeza, tres la paz de la parca…Algo ha hecho de malo cuando vuelve a dejar un vaivén en calma en la pecera.
Sólo para mí, que le espío tras la puerta, todo es inocencia,
risa reprimida, deleite, hornacina para mi memoria : como ese viejo frío botellín de Mirinda, a media noche, en mi tierna mejilla dormida.

©Rubén Lapuente Berriatúa