RECITALES Y ARTÍCULOS

viernes, 18 de octubre de 2024

UNA CAJA DE CARTÓN DE ZAPATOS

 


Me regaló mi padre una caja de cartón de zapatos con la sorpresa de encontrarme dentro, que no me lo dijo, gusanos de seda. Y en principio era como tener latiendo en mi habitación un juguete que solo necesitaba retirar la agujereada tapa para contemplar ese pequeño asombro diario. Y como para aplacar su voracidad pedían siempre las solas hojas de un árbol, a la fronda de moreras del cielo subía yo el otoño en la salva de mi balón de futbol. Hojas que recogía y llevaba a casa como mi madre iba al mercado cada día.

 De entre los voraces gusanos de la caja, había solo uno al que yo distinguía por sus andares más sinuosos, y al que sacaba un ratito de su rutina dejándole callejear por entre el desorden de mi mesa. Y era nómada por el desierto coloreado de mis láminas, trenecillo por mi caligrafía, monstruo por detrás del cristal del tintero. Y como pasarelas de un barco pirata le obligaba a cruzar por mis dedos abiertos, hasta dejarle caer sobre su caja de cartón de Jauja, siempre alfombrada de morera.

Comiendo sin parar crecían más rápido que mi señal en los blancos azulejos de la cocina. Un día todos al mismo tiempo dejaron su voracidad, y desde el anclaje del aire en la caja, para hacerse la toilette de su mudanza, celosos de su intimidad, empezaron a trenzar alrededor de sí mismos como un féretro. Y era increíble verlos tejer su sueño: Hilar doblándose por la mitad como si bailaran la danza de las cintas. Y no dudaba ni se equivocaba ninguno, mientras veía a mi madre tejer, con titubeos y tristeza, un arrullo a mi recién nacida hermanita de azul zafiro herida.

Yo no sabía lo que era un hilo de seda. Luego leí que todo viene de cuando mientras alguien tomaba el té bajo una morera de su jardín, cayó a su taza humeante un capullo de estos, y cuando quiso sacarlo se deshilachó. Al cogerlo se dio cuenta de que podía enrollar el hilo alrededor de su dedo, sintiendo su calidez. Cuando la seda acabó de desnudar el capullo, el gusano apareció con el cabo del hilo en la boca, muerto. Yo no sabía que en la sericultura se ponen en agua hirviendo estos capullos, que hay que matar a los gusanos del interior antes de que despierten de su sueño, impedir que cierren el ciclo de su vida, matarlos por ebullición antes de que salgan y rompan y estropeen su bella mortaja, y así desenredar los más de mil metros de cada crisálida en un solo lucrativo fino hilo de seda.

Y eso de ver salir una extraña mariposa de donde solo había un compañero de deberes. ¡Y con prisa de aparearse, de preñar y tiznar sin medida las paredes de la caja, para luego morir!

 

¿Y cómo barre un niño que le exprime lo sensible ese paisaje alado de cadáveres? Recuerdo mis dedos despegándose de las alas de aquellas inertes mariposas, que desde mi ventana caían como una serpentina de carroza.

Y trastabillar subiendo la caja a lo más alto del armario, dándole un empujón contra la pared para no llegar a verla desde la puerta.

Y treinta años después no hacer caso a mis enanos pieles rojas de la casa, cuando pidieron una caja de cartón de zapatos…

Rubén Lapuente Berriatúa     publicado en el diario La Rioja




sábado, 5 de octubre de 2024

BOXEO

 


Ahora ya no lo veo sórdido, barriobajero, como de camorra a la puerta de una discoteca. Había visto el mismo coche aparcado varios fines de semana en un escondido sendero que conocía muy bien. Y en un pequeño claro del bosque, bien resguardado de las miradas por un cinturón  de maleza (se oía el rumor del río), allí estaban con el torso desnudo dos jóvenes en un improvisado ring, pero sin sus cuatro esquinas, ni sus doce cuerdas; sólo con la ley del ala del cuchillo en las manos de un tercero, imparciales, sabias, que entremetiéndose entre ellos, los domaba, los separaba, les reprendía, hasta que al final de cada asalto, como al principio, sonaba el gong en el reloj de su muñeca que me parecía el trino de un insólito pájaro nacido solo en este bosque.

Y en el rompecabezas de una celosía de hojas y ramas moviéndose, los veía como a dos juncos de río dándose cabezadas, como el baile en la pared de dos perspicaces llamas de una hoguera, como si pugnaran dos vientos por aventar una goleta.

Y no, no era una pelea. No había odio. Ni cuentas pendientes. Ni corona de laurel. Ni cinturón dorado. No había rubia platino en la silla de la arena verde. Nadie jaleaba. Y me arranqué de los ojos los prejuicios. Dirimían arte en el baile. Intentaban ser príncipes de la finta. Uno con la plasticidad de una párvula mariposa: A veces danzaba al ritmo de un swing, o en círculos como en el vals de un ave de rapiña, altanero, bajadas del todo las defensas, mentirosamente indiferente. Fajador el otro, menos alto, cuadriculado, rocoso, encerrado en la guarida de su guardia, blindado por el escudo de sus tallados brazos. Y como con metro amarillo de sastre medían distancias. Aprendices en la estrategia de esquivar el dolor, de cazar el flanco desnudo, de esperar el momento de un gancho, de un crochet, de un directo…

(Sí, dos hombres se estudian, se golpean, uno con su astucia, con su audacia, el otro con su tenacidad, su fuerza bruta. ¿Dicen de prohibirlo? Pero si no se escupen odio. Si no proclaman guerras, esas que legalizan la muerte de niños jugando. Solo son dos jóvenes amantes del boxeo, ese deporte que deja en el saco de arena el veneno de la vida, los demonios de dentro, mientras tallan sus músculos con buril de renuncias. Dos jóvenes furtivos aprendiendo el oficio de no poner la otra mejilla, y si aflora lo animal, lo primitivo, será solo dentro de ese voluntario cuadrilátero de doce cuerdas, en esos doce asaltos de tres minutos).

 Hasta el volteo de la mandíbula de uno besando la lona de yerba, da igual cuál, para levantarse, para ponerse otra vez de pie, otra vez en guardia…

Otra oportunidad. Como en la vida.

Y en el sudor de sus espaldas, como en la piel del río Iregua, la tarde vencida tiraba a dar relumbres de plata, inexplicable belleza.

Rubén Lapuente Berriatúa             publicado en el diario La Rioja