Me regaló
mi padre una caja de cartón de zapatos con la sorpresa de encontrarme dentro,
que no me lo dijo, gusanos de seda. Y en principio era como tener latiendo en
mi habitación un juguete que solo necesitaba retirar la agujereada tapa para contemplar
ese pequeño asombro diario. Y como para aplacar su voracidad pedían siempre las
solas hojas de un árbol, a la fronda de moreras del cielo subía yo el otoño en
la salva de mi balón de futbol. Hojas que recogía y llevaba a casa como mi
madre iba al mercado cada día.
De
entre los voraces gusanos de la caja, había solo uno al que yo distinguía por
sus andares más sinuosos, y al que sacaba un ratito de su rutina dejándole callejear
por entre el desorden de mi mesa. Y era nómada por el desierto coloreado de mis
láminas, trenecillo por mi caligrafía, monstruo por detrás del cristal del tintero.
Y como pasarelas de un barco pirata le obligaba a cruzar por mis dedos abiertos,
hasta dejarle caer sobre su caja de cartón de Jauja, siempre alfombrada de morera.
Comiendo
sin parar crecían más rápido que mi señal en los blancos azulejos de la cocina.
Un día todos al mismo tiempo dejaron su voracidad, y desde el anclaje del aire en
la caja, para hacerse la toilette de su mudanza, celosos de su intimidad, empezaron
a trenzar alrededor de sí mismos como un féretro. Y era increíble verlos tejer
su sueño: Hilar doblándose por la mitad como si bailaran la danza de las cintas.
Y no dudaba ni se equivocaba ninguno, mientras veía a mi madre tejer, con titubeos
y tristeza, un arrullo a mi recién nacida hermanita de azul zafiro herida.
Yo no sabía
lo que era un hilo de seda. Luego leí que todo viene de cuando mientras alguien
tomaba el té bajo una morera de su jardín, cayó a su taza humeante un capullo
de estos, y cuando quiso sacarlo se deshilachó. Al cogerlo se dio cuenta de que
podía enrollar el hilo alrededor de su dedo, sintiendo su calidez. Cuando la seda
acabó de desnudar el capullo, el gusano apareció con el cabo del hilo en la
boca, muerto. Yo no sabía que en la sericultura se ponen en agua
hirviendo estos capullos, que hay que matar a los gusanos del interior antes
de que despierten de su sueño, impedir que cierren el ciclo de su vida, matarlos
por ebullición antes de que salgan y rompan y estropeen su bella mortaja, y así
desenredar los más de mil metros de cada crisálida en un solo lucrativo fino hilo
de seda.
Y eso
de ver salir una extraña mariposa de donde solo había un compañero de deberes. ¡Y
con prisa de aparearse, de preñar y tiznar sin medida las paredes de la caja, para
luego morir!
¿Y cómo
barre un niño que le exprime lo sensible ese paisaje alado de cadáveres? Recuerdo
mis dedos despegándose de las alas de aquellas inertes mariposas, que desde mi ventana
caían como una serpentina de carroza.
Y trastabillar
subiendo la caja a lo más alto del armario, dándole un empujón contra la pared para
no llegar a verla desde la puerta.
Y treinta
años después no hacer caso a mis enanos pieles rojas de la casa, cuando
pidieron una caja de cartón de zapatos…