RECITALES Y ARTÍCULOS

domingo, 2 de mayo de 2021

FÓSILES

  


 Estas lajas de piedra

con toda su muerte encima

¡Qué pura escritura de un cuerpo!

¡Qué remotos instantes detenidos!

¡Qué seres sin tiempo para aderezar

su final!

 

Y qué esfuerzo luego

del silencio y el tiempo

por dejar en la piedra

ese leve viso rosa

Ese fino trazo

como salido del dulce lápiz

de una niña

o ese caparazón que asoma ahora

como la rabia de un puñetazo

atravesando la pared

 

¿Y  de nosotros?

Yacimiento de fósiles de olvido

de sueños muertos

¿Qué dirán

al cabo de otro enorme trecho

del cuchillo del tiempo?

 

¿Cómo nos encontrarán

si no hacemos ni el esfuerzo

por colmar un guijarro?

              ©Rubén Lapuente Berriatúa

 Foto : algunos fósiles que me traje de las montañas del Atlas

            Instantes detenidos de hace 300 millones de años


miércoles, 31 de marzo de 2021

PERROS EN LA CUNETA

 


Si el mar tuviera ojos, tendría los mismos que los de un perro.

Miraría como un perro. Limpios desde la nada. Profundos y serenos desde el fondo de su enigma.

 ¿Te ha mirado alguna vez alguien, así, sin pestañear, largo tiempo, dándotelo todo?

 Kira: su nuevo nombre, todavía mira desde el miedo. Ya sabes: la portezuela del coche que se abre y que se cierra de golpe. La estampida como si la vileza necesitara ruedas, velocidad, distancia, tierra encima…

Se quedaría en la cuneta esperando un largo tiempo a los suyos. Se quedaría sin moverse hasta que le temblase en las patas la angustiosa soledad de hambre apuñalada, hasta que, quizá, viera en la noche de las cigarras, el imán de una luz o del azar, o de un milagro: el que, a veces, te cita con ese ladrido roto, con esa mirada moribunda y limpia a la vez .

Y, de repente, el corazón se te quiebra como si fuese una hoja de papel que desgarraras de un solo tajo.

 Kira, desde sus nuevas paredes, aún mira desde el recelo. Mientras paso mi mano sobre su erizada herida, me enseña en sus ojos, ese fondo claro y sereno desde donde siempre mira un perro; enigmáticos ojos como el de ese viejo fiel amigo mar que siempre se mira, te mira, por primera vez.

Rubén Lapuente Berriatúa


sábado, 20 de febrero de 2021

LA MALA COMPAÑIA

 


Todo empezó cuando comencé a quedarme sola, a sentirme sola, a notar que la soledad no se llevaba muy bien conmigo: como si yo estuviera en mala compañía. Y siempre era a esa hora de la tarde que declina cuando me alcanzaba el vértigo de su desolada tempestad:

“Si ya nadie me recuerda, ¿no es como estar muerta?”

Y me hacía caer en el pozo sin fondo de su sueño tembloroso… Y, o daba un volantazo a mi vida, o esa terrible desazón diaria se me iría adueñando del timón de mi vieja barca.

 ¿Y qué podía hacer si a cierta edad una ya es invisible para los demás? ¿Cómo se fuga una de esa cárcel sin cerrojos? ¿Cómo se vuelve a las amigas si ya se han quedado todas por el camino, o viven sin ilusiones, sin fuerzas para enrolarse conmigo en el rodar de los días azules que aún me esperaran? ¿Adoptar un animal? Lo pensé, pero eso sería como poner una venda a mi soledad. Que yo no quería acabar siendo un monólogo entre paredes, ni un reproche cariñoso en la calle. Que no conozco a ningún animal que te diga “te quiero”. Y además, no sabes si en realidad te miran desde el fondo de la nada…

 

Y yo que me conformaba con tan poco… Si lo que realmente necesitaba sólo era una mano con su palma y su dorso. Esa que me diera las caricias, los abrazos. ¿Eso era mucho pedir? Bueno, sí, demasiado, creo. ¿Quién iba a querer a este saco de sonoros huesos? ¿Quién a esta anciana de pelo violeta más arrugada que un rebujo de periódico?

Y eso que sólo me bastaba con una sola mano. Pero bien sabía, que no había nadie que te las prestara un ratito. Y entonces, me miré las mías, que parecen en sus pliegues, por el dorso, nudos de árboles, viejas rodillas, y con esos ramajes de tallados arroyos de nervios y venas a punto de estallar. Ya sé que en las manos parece que empieza mucho antes a medrar la muerte, que duele un poco posar los ojos en ellas, pero, aún, yo las tenía afiladas, sensibles, aún no me temblaban…

Y como esa bandada de dedos no vendría ni por asomo a hacer nido en mi cuenco vacío, pues, como hizo el mismísimo profeta Mahoma, me fui yo misma a abrazar la montaña, perdí la vergüenza. En realidad, perdón por decirlo, le eché muchos, muchos ovarios. Y me fui una mañana, al mediodía, al mercado de San Blas, con un taburete, un cartel con un dibujo de dos manos entrelazadas, y un megáfono, y como una vendedora, mejor diría yo, como una charlatana o mercachifle de esas de antaño, me subí a la cima del escabel, tambaleándome, y empecé a pregonar mi mercancía:

 

“Eh. Amigos. Acercaros. Venga. Venid. Que tengo para todos. Venga. Que no vengo mañana. Más barato que los frutos caídos de los árboles. Que los periódicos de ayer. Venga. Que regalo mis mágicas manos con su palma y su dorso. Las de las caricias que no tienes. Las que mañana serán el sostén de tu torpeza o la gasa limpia de tu llaga. Son manos de esas de andén o de puerto, de las que se quedan siempre a lo lejos como una bandera al viento, esperándote… Sí, manos que se apresuran a cubrirte los hombros como una toquilla, o a posarse en tu espalda sobre tu vieja tristeza. Manos que no te abandonan, y que una noche correrán dulcemente la sábana blanca de tu último sueño… Venga. Que tengo para todos. Que no vengo mañana. Para el primero, y también para el último, que diga para mí”.

Y mientras hablaba, como si vendiera un crece pelo o una cartera o un bálsamo cura todo, se fue formando un corro a mi alrededor que luego, cuando acabé la perorata, en tropel se me acercaron…

Y algunos me cogían de las manos, otros me abrazaban o me pedían un beso, “dame tu teléfono, que te llamaré, pelo violeta”- me dijo uno que parecía, como yo, de los últimos de Filipinas… Y en medio de todos, me pudo la emoción, me cubrí el rostro con las manos…

 

Ahora, aún no tengo una mano para mí sola, pero todo se andará. En el mercado, o por la calle, me conocen, me paran, y ya no soy tan invisible. Y lo bueno es que me regalan, me ofrecen sus manos, o buscan las mías. Y aunque sólo sea por un leve roce, en casa, en mi nueva soledad, a esa hora de la tarde que declina, cuando se desata  la desolada tormenta, su calor, su rescoldo, me protege, me dura toda la noche.

©Rubén Lapuente Berriatúa


domingo, 24 de enero de 2021

LA FAROLA

 


                                          ¡Eh chavales!

¿Quién de vosotros

es el más bandarra?

¿Quién el que donde pone

el ojo pone la piedra?

¿Tú chaval?

 

(Mira que plantarme el Ayuntamiento

en mi calleja oscura un Goliat

con fanal de mollera

Si de un plumazo

me han borrado el cielo

de todas mis noches

Si ahora mi pequeño balcón

es la única rutilante

estrella del firmamento

Detrás de este velo de luz

estará mi brillante Vega

Cisne volando por la Vía Láctea

Mis lágrimas de agosto

Hércules

El Escorpión

El Sagitario Arquero

Los lebreles de Orión cazador…

Y cómo se vuelve

otra vez al relente

si por este costal

de mis viejos huesos  

ahora mataría el rocío

Y cómo se desentierran

los ojos que nadaban

por el cielo estrellado del agua

Quién se atreve a volver

a ese estanque dorado

si uno ya no es el mismo

Si uno iría con su vieja

pieza del puzle probando

a encajarla ridículo

torpe …

Oh mejor verlo todo

preso de su claro diamante

bajo los párpados cerrados…)

 

¿Qué?

¿Te basta con esto?

 

Hazlo durante el estruendo

de los fuegos en el puente

o cuando veas patas arriba

a ese ciempiés de la verbena…

 

Que tu piedra en el aire

de golpe

encienda todas mis estrellas!

 

©Rubén Lapuente Berriatúa

martes, 22 de diciembre de 2020

CARTA A XIMO PUIG

  


publicado en el periódico digital nuevecuatrouno de La Rioja 22/12/2020

Ya sé que es algo personal, Sr Ximo Puig. Yo lo tenía todo preparado. Tan fácil como bajar en el ascensor al garaje, montarme en el coche con mi mujer, y llegar a la puerta de la casa de mi hijo en Valencia. Pasar el día 24 y 25 con él, y volvernos, en un tris, para la Rioja. Nos lo había dicho hace muy poco, que es usted quien porta al cinto, como carcelero mayor valenciano, el tintín de las llaves de la comunidad: Tenéis abierta la frontera. Pero, de pronto, Sr. Ximo Puig, cambió de criterio: adiós caramelo a la puerta del colegio.

Yo creo que existe el mismo peligro, en ir a oler el perfume de la flor del naranjo, que al supermercado de mi barrio, o al pueblo de la Rioja donde tengo mi segunda vivienda. A lo mejor, en el fondo, lo que quiere es que nos muramos todos de salud. Qué pena que no den carnets de responsabilidad, para, como en un congreso,  llevarlo colgado del cuello, y circular por su país sin que me den el alto por riojano sospechoso.

La movilidad, en sí, no aumenta los contagios, sino la insensatez. Quizá, el cambio de criterio, tan brusco, y a media noche, obedece, Sr. Ximo Puig, a que teme que una estadística le baile el asiento, no lo sé. Y esa moralina, de que hay muchas más Navidades que celebrar acompañado de la farisea palmadita en la espalda, como si fuera, Sr. Ximo Puig, mi padrino, me exaspera, que de poeta poco tiene, que, a cierta edad, la mía, el tiempo comienza a existir: un sicario te pone el reloj en marcha, y en una de tus habitaciones interiores, anda incubando ese pequeño dolor, el que a veces te hace llevar la mano a algún lugar de tu cuerpo, que el esbirro aprende rápido a encender la primera luz de tu derribo: No quiero que me hurten esa cita maravillosa y tan sencilla con mi vida, después de tanta renuncia en estos meses.

A mi mujer, ese sopetón del asombro de su inestable criterio, le ha puesto unas cuantas arrugas nuevas. Debería agregar en el comité de expertos que le asesora, aparte de algún restaurador, que falta le hace, alguna mujer con amor de madre, la mía por ejemplo, para tomar decisiones más cabales.

Sr. Ximo Puig, ya sé que es algo personal, pero deberíamos tener más miedo a morirnos de pobreza, de miseria, de hambre, que del  covid, que se lo digan a los 8.500 niños que mueren al día por desnutrición, de los que nadie se acuerda. Y si sabemos los que son, y cuántos caen por minuto, es porque la miseria, “menos mal”, da de comer a unos cuantos sociólogos, los mismos que recuentan, y mal, muertes por estos lares. Quizá, el progreso sea eso, pura y dura estadística. Qué pena que sólo se sienta la muerte en el radio de uno mismo. Deberían enseñar en la escuela a sentir la parca, con tan sólo cerrar los ojos, sin tener que ir a chapotear en la lejana miseria: veríamos aquí lo nuestro de otra manera.

Usted, cierra la frontera, que cree suya, y en Navidad. Y eso no es cualquier cosa. Para muchos esa fiesta es sagrada, que se lo digan a mi mujer que tiene en los ojos tatuado, imborrables, cada una de ellas. Ya sé que para un socialista de pura cepa, la navidad se escribe con minúscula, es algo como más de luces de celofán, y del tonto de Papa Noel. Así, ya entiendo que amuralle su comunidad, que por cierto, ¿no debería ser también la mía?

Ya sé que es una cosa personal, Sr. Ximo Puig, pero por mi casa le hemos declarado persona non grata, aunque, ahora, cada vez que aparece en la televisión, tiene en mí, un valedor fiel, que tengo que sujetar, y cada vez con más fuerza, las violentas andanadas de mi mujer.

 Rubén Lapuente Berriatúa

carta a Ximo Puig

sábado, 28 de noviembre de 2020

LA FLOR DE LA HIGUERA


                              Lo que me duele lo hago rápido

Lo miro todo de soslayo

Y doy la temida última vuelta

de cerradura a la casa de mis padres

cerrada por la muerte

Yo quería salir deprisa

de ese silencio insoportable

pero sobre la tapia del patio

de la casa al volverme

se asomaba la dulzura de mi infancia

 ¡Ay! ¡Mi higuera!

Aquella noche de San Juan

subida yo a sus ramas

Quien arrancara su flor

que nacía y moría

eterna en un instante

sería por siempre feliz

Leyenda que me creía

a pies juntillas

¡Ay!  Esa noche

en la espesura

bajo ese olor grave

asfixiante

me moría de inquietud

Y al encenderse las hogueras

se prendió la higuera

(o era en mis ojos)

de fugaces luciérnagas

Aparecía y desaparecía

en cada brote

la oculta flor efímera

Pero no me dio tiempo

a atraparla en mi puñito de luz

¡Ay! ¡Mi higuera!

 

Entré otra vez en la casa

Ahora sí oía respirar a alguien

Y como aquella noche de San Juan

me subí a su enramada

a su profunda dulzura

Y bajo ese olor grave

comencé a aspirarla  

a jadearla

a asfixiarme dentro…

La bocina del coche llamándome

me hizo despertar

dudar  bajar deprisa…

 

De vuelta

al verme llegar Rubén

le evitaba la mirada…

 

ni me venía la voz”

                             Vitigudino (Salamanca)

©Rubén Lapuente Berriatúa

viernes, 9 de octubre de 2020

MARTA Y SARA

 


De mi libro días de quimio y rosas

 

Marta y Sara

almidonadas de blancura

Marta

alocada y dulce

De piel tatuada

Fideo hermoso

me deja

que la llame

 

De bello

cabello

negro

ensortijado

De serena sonrisa limpia es Sara

 

“Hoy a la niña bonita”

nos dicen

como si el box quince

del hospital de día

fuera la suite nupcial

 

En el minado ramaje

oscuro del brazo

le encuentran

a la primera

el claro estuario azul

de la última vena

Marta y Sara

con una mirada

con una palabra

con el simple envés

de una caricia

saben colarse

por el bisel del desasosiego

y bogar contigo

por las tardes

de plomo

Siempre atentas

al silbido

del ronco ruiseñor

A que cese el orvallo

de alfileres

en la sangre desnuda

 

Marta y Sara

en una hoja del álbum

de las tardes de oro

de nuestro corazón

vivirán

 

Con un beso soplado

desde la palma de la mano

les decimos

hasta siempre

mientras

intranquilos rostros

nuevos  llegan

que enseguida

reconocemos

de haberlos visto…

                       en el mismo espejo

                                nuestro

                        ©Rubén Lapuente Berriatúa