RECITALES Y ARTÍCULOS

sábado, 12 de septiembre de 2026

LA MANÍA DE CONTAR

 


Qué manera de incordiar. Qué empeño en sacar con el número uno la oposición. Menudo infinito rascacielos han levantado estos saltimbanquis que se suben unos encima de los otros hasta no verlos, y ni se cae el orondo cero que no es nada, ni nadie, ni ninguno, pero sostiene todo el casteller de los números.

 Yo contaba como tú los besos, los dedos, las velas, las pecas, las gotas rotas del cristal. Contaba, ciego, veinte en el escondite. Y las piedras y las cuatro perras en los bolsillos. Pero yo al alba tenía la manía de contar todos los ojillos de la persiana, y que no llegara mi madre antes, no sé por qué me iba en ello su felicidad. Y contaba sus primeras canas con aquel presumido y juguetón revuelo de su melena, que me hacía rabioso comenzar de nuevo; o la manía de contar los pétalos y que el último fuera impar, me iba en ello su cariño. Y quería que me contara el tiempo del equilibrio de una escoba subida a la pista de circo de mi frente, de mi empeine, de mi palma, de mis dedos. Y también ella llevaba con los labios el tiempo de aguantar yo, sin esbozar una sonrisa, sus irresistibles cosquillas en la planta de mis pies. 

Y esa manía mía de contar estrellas en las noches de verano, de agotarme en los números creyendo haber llegado al infinito. Y mis zancadas, mi medida cruzando aquel puente sobre el Ebro camino del frío colegio, cada vez con menos pasos marciales. Y en los azulejos de la cocina señalaba el triunfo de mi estirón de niño a muchacho. Y hasta ese desafío hasta el resuello de aguantar la respiración tenía su reloj de arena, su récord.

Y que desencanto que todas las cosas tengan un número en su envés, hasta yo soy un 16 y pico millones. Ya no llegamos a tiempo de que el 4 sea una silla, un beso el 3, el 5 un caballito de mar, un cayado el 9, el 2 un cisne blanco, unos quevedos el 8, un caracol el 6, una bandera el 7, el 1 un creyón, y este sol nuestro que nunca duda, el 0.

Luego cuando creces pierdes la manía de contar. Son casi solo momentos puros de la infancia. Pero alguna remota noche, en la duermevela, somnoliento, entran de rondón y piel adentro los números dando a luz en mi cama sus recuerdos, como aquella absurda agorera prisa de contar ojillos en la persiana, ya no interrumpida, o me vienen unas entreveradas hebras de plata en la negra melena del sueño de mi madre, que paciente entresaco y enumero, o me invade la flor de sus ojos deshojando yo sus pestañas, ¡ay!, como pétalos; o en mi alarde con una escoba, le reprendo el no haberme sumado los segundos perdidos en sus largos bostezos de sufrida madre, o me viene al acabar de cruzar el puente aquel soldadito niño, ya con galones de capitán de diez años.  

Y alguien que debo de ser yo, me lleva por ese batiburrillo de blancos números. Lo sobrevuela todo… una, dos, tres…hasta que dormido llora y llora en el sueño. 

Rubén Lapuente Berriatúa 

publicado el 13 de agosto de 2026 en el diario La Rioja


lunes, 31 de agosto de 2026

CRÓNICA DE LA BATALLA DEL VINO

 


Fue al amanecer del día de San Pedro, allí donde el río Ebro se revuelve bravío. Fue por los riscos de Bilibio, camino Haro, donde se libró una batalla que, en lugar de sangre, se derramó vino.

Para esa liza todos se alistaron de soldado: Primero los de aquí, los jarreros, los riojanos. Luego vinieron legiones de milicianos de todos los pueblos de esta nuestra piel de toro, con infiltrados mercenarios con mono de metralleta, pero con balas de fogueo de pólvora de vino. Y hasta acudió alguno de la Conchinchina a calarse, a darle al morapio, en esa mágica niebla de vino peleón, de taberna, cañero.

Y todos se vistieron con el riojano uniforme de guerrilla: De guerrera bastaba con una vieja camisa blanca y pañuelo rojo de tocado al cuello. De pantalón, el que ya lo ha dado todo. De aljaba, como la de cupido para sus flechas, un caldero o una bota o una botella o una pistola de plástico. De munición el fruto de la vid. De gafas, unas de buceo para ver tras el encarnado velo. De música de guerra había una charanga que amenizaba el incruento tiroteo.

Y en son de paz, todos los que se acercaron con su zurrón de odre de vino y alegría, tuvieron a la vez y en todas partes, a la vista de todos, el mejor escondite para sus escaramuzas.

Y a quemarropa, o tendiéndose celadas, pelearon todos contra todos, pero nadie contra nadie, en un fuego cruzado, tiñéndose las ropas, la piel, la pelambrera. El alma también ofreció su camisa de plumas blancas, pero a cambio de lamparones de topacio y rojo terciopelo.

Todo se volvió del color de la acuarela del vino. Y como cuando la luz del sol atraviesa la lluvia, por los riscos de Bilibio apareció el milagro del arco iris morado del vino.

Todo un pueblo volviéndose niño y del mismo color del paisaje de La Rioja, la que con la paciencia del vino nos ha forjado la esperanza en nuestro futuro.

Yo, de rapaz, en esas vencidas tardes de agosto, con un sarmiento de alfanje atado al cinto, fui el capitán de toda esa infinita almazuela de viñedos.

 Todo un pueblo empapándose de vino, como tú te inundas de luna llena, o en el mar extravías los ojos de tanto mirarlo, o cuando te sumerges profundamente en el perfume a carne y hueso de tu hombre, o de tu hembra.

Y es siempre en ese día, calados de vino, cuando algo pasa: sentimos lo que somos: Vino de vida. Y lo guardamos, y lo velamos, y lo sacamos a relucir un día de junio en Haro, como esa única joya en un cajón que alguna noche nos llama su brillo, que no se vende nunca: es la dulce memoria que en la caricia de los dedos la sentimos punzándonos la espalda.

El día de San Pedro, si pasas por los riscos de Bilibio, camino Haro, recuerda que hay una batalla donde en vez de sangre se derrama vino. Y si te acercas, y si te unes a esa algarabía, deja que te hieran alegremente…

                ¡Y muda en los rubores del vino!

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el día 2 de Julio de 2026 en el diario La Rioja


jueves, 13 de agosto de 2026

LOS ZANCOS DE ADRIANA

 


Por fin ha llegado el día de dejar de soñar tantas veces con ser la primera bisoña danzante de Anguiano. La primera en cuatrocientos años en ponerse los zancos, la saya, el chaleco, y echar a volar.

Y cómo voy a negar el haber tenido alguna pesadilla o sobresalto. Ayer mismo, la víspera, tuve zarpazos en el sueño de zancos agrietados, vahídos con trompicones al verme de bruces sobre las piedras. Y si lo he llevado casi en secreto, es porque tengo una manera de ser que sigo a rajatabla: si eres tímida, sé tímida. Y yo no aguantaría esa cantinela diaria al doblar cualquier esquina: “Qué valiente Adriana, qué osados catorce años, qué ganas de verte bajar las escaleras, la cuesta”.

Qué agobio cuando una no tendría que ser protagonista de nada, como si antes de mi no valdría para esto ninguna zagala del pueblo, como si por ser “delicadas doncellas” nos fuéramos a romper, cuando en la danza las anguianiegas dejamos en el aire la elegancia, la belleza. Si nacemos como una mariposa con el don del quiebro en el vuelo.

Sí, del patio de la escuela, de los quebrados, a cruzar por esa prueba de paso a la madurez, como hacían en la antigua Grecia los niños en la ceremonia de uso de razón, ofreciendo sus peonzas a los dioses porque ya comenzaban su preparación para ser hombres, y mira, siglos después en Anguiano también para ser mujer. Y claro que me da vergüenza el tener que ser la pionera en girar mi larga e inocente coleta. ¿Cuatrocientos años esperando, y nadie se da por aludido, nadie se sonroja, y tengo que ser yo, la mocosa del pueblo, quien dé un zapatazo de zanco en las piedras?

Yo soñaba ser la benjamina de esos ocho jóvenes del pueblo. Y por fin aquí estoy en lo más alto del vértigo, leyendo esos labios de mi padre en la cocina que me dieron el arrojo que no tenía: “Cuando te vea bajar, hija, qué orgullo verme en ti”

Y mientras me dejo atar minuciosamente los zancos, mi regalo de reyes a los cinco años, sigo el rito del baile sonando con más fuerza las castañuelas, así ahuyento mejor la ansiedad de ese primer puro escalofrío. Y quedar bien para ser una hebra más de ese largo zumbel de la sangre girando, que me uniera a esa ancestral danza. La primera de una muchacha que lo hace para que se alisten sin miedo, sin ser noticia, las que van a venir después.

Y ahora que me toca, me demoro unos segundos viendo en las orillas el agobio de tanta mirada de circo, pero otras sintiendo en su espalda punzar la memoria de siglos de un pueblo. Y no sabes cómo eso tira de mi manga.

Sí, abrir las alas de mi saya con mi coleta, mi cola de caballo girando a su compás. ¡Allá voy vertiginosa, desbocada! ¡Giro y giro y giro…! ¡Volatinera mariposa de Anguiano! ¡Oh, qué orgullo ser la primera!

 

(Faltaba en el estante de una diosa riojana, la primera peonza con saya de falda y enagua de todas las que quisieron ser remolino de colores por las calles de Anguiano, y no las dejaron)

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el 30 de Julio de 2026 en el diario La Rioja


domingo, 5 de julio de 2026

MUERTE DEL OLMO DE EL RASILLO

 


Enferma como tú, como yo. ¿Pero, quién oye el silencio de socavar un universo de anillos? ¿Quién descubre a tiempo esa pequeña y mortal hoguera de dolor dentro de la madera?

Cuando su terrible hueco ya era papelera de la chiquillería, canasta de jóvenes probando su tino, covacha de orines de borrachos de madrugada, vino Jesús, un ángel en tierra, y al pasar su mano sobre la fiebre de su frente, puso el grito en el cielo:

 ¡Eh, vecinos, que se nos muere el olmo! ¡Que se nos va el testigo de nuestros juramentos, de la palabra dada, del apretón de manos! ¡Eh, que bajo sus ramas nos abandona la sombra de su compromiso! ¡Que es nuestra bandera de cuatro siglos! ¿Y si lo derribara el viento o la indiferencia, cómo nos lo perdonaríamos? ¿Alguien aguantaría el vértigo de no verlo nunca jamás? ¡Vecinos, que se nos muere el olmo!

Le hizo un corsé de savia nueva con una cincha de hierro abrochada en bandolera a su baldada estampa, y unos arneses que le devolvieran raigambre a su torpe tambaleo. Y en la covacha, ya con cancela, una vara suya enraizada en una verde trastienda de vivero, llenaría de maderaje la oquedad de su perfil de malherido quijote: Un vástago suyo escondido en su vientre hueco que joven envejeciera deprisa, para que pareciera el viejo olmo de siempre, rejuveneciendo despacio. Un hijo suyo que se encaramara a su padre moribundo, a la cumbre de su última rama vencida, esperando que un día, al soltar las cinchas, los arneses, al dejar caer las muletas, el corazón siguiera esperando otro milagro de la primavera. Pero en este nuevo abril no ha vuelto el prodigio que regresa siempre en el me quiere, no me quiere de las margaritas. De pronto, ya no pestañea. Me acerco en este junio a su porte, lo miro, meto mi nariz en su esqueleto de invierno, y ni vislumbro una brizna verde. Y con mal pulso saco unas fotos a su desolado costillar.

Y para que no se nos cayeran sus ramas en el sueño, tocayo alcalde, habría que cortarlo, llevando la dignidad de lo que le queda a un sitio de honor en el pueblo. Verlo a resguardo de las garras del helado viento serrano. Y contar su historia, que es la nuestra.

Funerales de verbena le daría este verano. Y plantar otro, o un hijo suyo, que su padre estuvo en el hospital de un vivero dando a luz jóvenes vástagos viejos.

Ya sé que nada ni nadie puede hacer volver el esplendor de la gloria en sus ramas, pero para qué llorarle más si la belleza anida en el recuerdo, que llega hasta el último recoveco de sus benjamines hojas en todas nuestras primaveras.

 Olmo que nació, vivió y murió en la misma casa, de la misma plazuela, del mismo pueblo. Cuatrocientos años punzando en la espalda de tantas generaciones riojanas, su memoria.

Adiós, adiós vecino olmo de El Rasillo, y gracias por tanta belleza y orgullo y dignidad que nos diste. 

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja


domingo, 28 de junio de 2026

LA MALA COMPAÑÍA

 


Todo empezó cuando comencé a quedarme sola, a sentirme sola, a notar que la soledad no se llevaba muy bien conmigo: como si yo anduviera en mala compañía.

¿Si ya nadie me recuerda, no es como estar una muerta?

 Y, o daba un volantazo a mi vida, o esa malasombra por la casa me iba a hacer perder la cabeza. ¿Y qué podía hacer si a mi edad una ya se vuelve invisible? ¿Cómo se vuelve a las amigas si ya se han quedado por el camino, o viven sin fuerzas para acompañarme en este descuento de la vida? ¿Adoptar una perrita? Lo pensé. Pero yo no quería acabar siendo un monólogo entre paredes, ni un reproche cariñoso y ridículo en la calle, que una no sabe desde donde te miran.

Y yo que me conformaba con tan poco. Si lo que realmente necesitaba, solo era una mano con su palma y su dorso. Una que tomara la mía solo por un ratito. ¿Eso era mucho pedir? Bueno, sí, quizá demasiado. Ya sé que en las manos parece que empieza mucho antes a medrar la muerte. Que duele un montón posar los ojos por ese pajizo mapa en relieve de arroyos de nervios y venas. Y no te digo nada la de tomar la de este saco de sonoros huesos, la de esta anciana de pelo violeta más arrugada que un rebujo de periódico.

 Y cómo esa bandada de dedos, ni por asomo vendría a hacer nido en mi palma, pues, como hizo el mismísimo profeta Mahoma, me fui yo misma a abrazar la montaña, perdí la vergüenza.

Y una mañana me acerqué al mercado de San Blas con un taburete, un viejo cartel con dos manos entrelazadas de Cáritas, y un megáfono. Y como una vendedora, o mejor diría yo como una charlatana o mercachifle de esas de antaño, empecé a pregonar mi mercancía:

Eh, amigos, acercaros. Venga. Venid. Que tengo para todos. Que no vengo mañana. Más barato que los frutos caídos de los árboles. Más que los periódicos de ayer. Venga. Que os regalo mis fieles manos. Que son esas de andén o de puerto, de las que se quedan siempre a lo lejos como una bandera al viento, esperándote. Manos que no te abandonan. Y llegan a tiempo a correr la sábana blanca de tu ultimo sueño. Venga. Que tengo para todos. Que no vengo mañana. Para el primero, y también para el último que diga para mí.

Y mientras hablaba como si vendiera un crece pelo, o una cartera, o un bálsamo cura todo, se me fue formando un corro a mi alrededor, que, al acabar la perorata, rompiendo filas corrieron hacia mi encuentro. Y unos me cogían de las manos, otros me abrazaban o me pedían una cita: dame tu teléfono pelo violeta que te llamaré, me dijo uno que parecía como yo de los últimos de Filipinas. Y en medio de todos, me pudo la emoción, me cubrí el rostro con las manos.

Ahora voy a menudo al mercado, y ya no soy tan invisible. Me paran. Y lo bueno es que me regalan, me ofrecen sus manos, o buscan las mías. Y aunque solo sea por un breve roce, pasa que, a esa hora de la tarde que declina, cuando en mi casa se pasea la malasombra, me miro las manos, las entrecruzo, las froto, y como de una lámpara de Aladino maravillosa, sale el genio de mi guardaespaldas que recibe el disparo que iba para mí.

Rubén Lapuente Berriatúa  

publicado en el diiario La Rioja  21 de Mayo de 2026




miércoles, 3 de junio de 2026

TATUAJE DE SALAMANDRA

 


Oye, Tere, tan joven y atrevida como eres y me extraña no verte ni un tatuaje. Oh, sí, Rubén, sí llevo. El cuerpo es algo tan trivial, tan sabido, pero le dibujas un garabato en la piel, lo prolongas, y ya te parece otro. Y te vienes arriba. Tan inseguros somos que a veces nos sostiene un amuleto, o un tatuaje, o un piercing. Y a mí me da coraje. Me afianza. Atraviesa mi timidez. Es como si empuñaras un arma. Y en mi caso, lo importante no es enseñarlo, sino sentirlo yo vivo, muy vivo.

Tengo uno de salamandra. Esa anfibia negra y con manchas amarillas que está siempre a remojo. Tuve un flechazo con ella desde mucho antes de tatuármela. Esa fabulosa historia suya de respirar por toda la piel, y de regenerarse. Mira, pierde las patas, la cola, el cerebro, y en un santiamén lo reemplaza todo. Y lo extraordinario es que también lo hace con el corazón, se lo parten (no sé si también por amor) y le basta un chasquido mágico, sin truco, para estrenar uno nuevo. Y qué bien me vendría darle una patada al mío, y olvidar así al granuja de turno. Empezar cada romance con un corazón en blanco, que este tontorrón mío recuerda y lo llora todo.

Y vive a orillas del agua bajo la luz de la luna. Le gusta la noche como a mí la fiesta bajo las luces de neón de Logroño. Y ahí tienes su griega y romana y medieval leyenda de sobrevivir en el fuego, de atemperarlo, de refrescarlo, de resistir. No me extraña que sea la alegoría de los bomberos. Bordada en su escudo anda la muchacha envuelta en llamas saludando como si tomara baños de fuego en un incendio.

Eh, Tere, ¿y por dónde anda esa bicha tuya?  Dónde iba a ser, Rubén, pues donde rezuma humedad. A la verita del musgo, al pie de mi monte de Venus. Ahí, es la estampa secreta de mi genio. El antojo de mi calma. Y si la vislumbro en la luna del espejo en esa encrucijada de mi cuerpo desnudo, en un visto y no visto se me esconde como un relámpago. Ahora por la calle camino de otra manera, más segura, sintiéndola asomarse al pellizco de la cremallera de mi pantalón, al equilibrio imposible del horizonte de mi falda. Pónmela ahí dormida en la ingle, le dije a la tatuadora.

Y como comprenderás, Rubén, no te voy a poder enseñar esa sinuosa silueta para el cortejo, tan íntima. Tengo a esa branquia por toda la piel respirando deseos de saliva. Tengo el reojo de una espía: testigo de ese balanceo del querer que le da tiemblos a la carne, y ruboriza a este tierno corazón mío, aprendiz del chulapo de tinta tan pendenciero.

Y sé que la veré hecha un cuadro en la preñez, tomando mis estrías, que quiero ser madre pronto. Seguro que mañana la miraré cansada de creerme que es algo más que un tatuaje, más que un torpe dibujo de salamandra. Y quizá maldiga el día de esa diablura, y se me vaya borrando de la piel de la vida, escondiéndola de mí misma, avergonzada de verla ahí, deformada, como una cicatriz más de otro sueño mío roto.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La rioja 


lunes, 1 de junio de 2026

LA SILLA

 


Hay cosas que crecen todos los días. Que con el rodar de los años se hicieron del tamaño de un gigante. Como esta silla recuperada ahora de la basura por mi debilidad. Fue sostén del cansancio de alguien cercano, querido, familiar. Pilar de una vida final anclada en torno a un velador.

La monotonía recortaría con mimo su silueta. La subiría a lomos de esta silla apropiándose de su anciano y fiel inquilino. Y cuando su vida cayó en el tiempo, huérfana de su hueco, empezó ante mí a desfigurarse.

Tiene ese alabeado en la celosía de tallos del asiento que le da zozobra y te rasguña el estómago. A mí me desasosiega. Y es como tener en una repisa de la sala, mirándote fijamente, la urna cineraria de su vacío.

Sin decirle nada a mi mujer, que veía en esa maltrecha silla el hueco de su misma sangre, también el respeto y toda esa memoria de charra de zagalejo y mantilla blanca, de tardes de ganchillo y domingos con todos a la mesa, cuando del zurrón de pesca salía esa deliciosa carne de ancas de rana y de tencas enlodadas en charcas de la dehesa salmantina, me atreví a cambiarla de sitio. La llevé a esa sombría habitación de la casa donde ya nadie giraba el pomo de la puerta. Mi esposa me preguntó el por qué la había movido, por qué no estaba junto al velador en la sala. Pero mujer, le dije, si viene alguien y se sienta se nos queda ahí encajado, se nos viene abajo. Sé lo que ves en ella, pero parpadea ya, quítate de la mirada esa niebla que te oculta la ausencia. Solo es una silla cansada. No tiene entresijos (la mentí). Qué sentido tiene dejarla ahí como una fotografía, como un amado recuerdo, pero si se le ve colgando por abajo las entretelas de su corazón de arpillera.

Lo aceptó a regañadientes. Pero, a mí, esa oscura silla de inquieta ausencia, escondida en un rincón de la casa, se me fue haciendo más lóbrega, más deforme. Si hasta sin darme cuenta pasaba absurdamente de puntillas frente a esa habitación para que no me irradiara abandono, olvido.

Hace una hora, furtivamente, con las bolsas de la basura en una mano y en la otra la silla, la bajé a la calle, la abandoné junto al contenedor, entre un colchón que olía a pobreza, y una butaca agotada de resistir el peso de otras vidas.

Respiraba ya libre. Me iba aliviado creyendo estar a salvo de su radio de vida, cuando tras de mí, el clamor del silencio de una voz ronca a desamparo llamando a mi mujer, pidiéndola socorro, me alcanzó de lleno, se clavó en la memoria de mi espalda.

Y como si desde un lugar muy oscuro, algo misterioso me hubiera herido, tuve que pararme, girar la cabeza enseñándole a la silla mi agotado perfil…

 Y sin querer volver, volví, volví tras mis pasos…

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el periodico La Rioja