En un
rincón de esta primavera, con mis torpes manos de aprendiz de jardinero, aderezo
las plantas como esa mujer se perfila los labios para gustarse y gustar. Y yo no
sé si es la misma primavera siempre. En la anterior hice una cicatriz, un beso
con la uña a esa planta favorita mía, y la buscaré ahora en este su abril nuevo,
para ver si la desenmascaro, que me gustaría fuera la misma, con su misma flor llagada
ahora, como nuestras primaveras, unas encima de las otras, para ser siempre los
mismos, aunque más heridos.
Y mis
manos las preparan para los días de su graduación, más tardía aquí en Cameros. Hay
una manera de podarlas hacia la gloria de su puesta de largo. Lo hago con las
ramas de las glicinias para que sus racimos de flores se vean como esos largos calcetines
malvas de cierta muchacha, que veo tendidos en los alambres del patio. Lo hago con
esas tres enredaderas de la verja, que en la sombra andarán ensayando al son de
sus clarines de guerra, el guirigay que despertará a todo el colmenar de esta
sierra. A las calas con su blusa abierta enseñando por el escote su vela dorada
de amor encendida, ni les hago caso, se bastan solas. A las hortensias las
riego con un hilo de vinagre de manzana para azulear su flor de roseta. Las
prímulas, las violetas, las clavelinas…Todo está preparado. El olor que para
defenderse se ha tenido que hacer fragancia, ya ha sacado billete en el largo
tren del viento. Y el color, ese sufrimiento de la luz, que, para sobrevivir, alguien
lo ha pintado violento, ya lanza guiños al hervidero ansioso de las abejas, que
caerán al fondo del cáliz de las flores, agarrándose a sus estambres como
borrachos a las candilejas de la noche, llevando en sus patitas, sin saberlo, el
fecundo tesoro del polen para que nunca muera la primavera.
¡Que
todo para perpetuarse tenga que hacerse luminoso, bello!
De
pronto, en medio de este abril de misiles, yo cubierto de broza, de sudor y sal
de la tierra, algo muy simpático se estrella conmigo. Y como aún guardo algo del
oro de cuando fui un chaval, demoro el soplo, o ese ademán de echarla con
la mano. Dejo que su pequeña vida me corra por la piel. Y la siento por mi
brazo como carrerilla de mi niña Aina por el largo pasillo de mi casa. Sus
zapatitos negros, como de goma, me taconean también la vida, la mía, ahora
detenida por esta pequeña escarlata que lleva el mismo morral de siempre,
que me pasa veloz las hojas del álbum de mis primaveras. Y como no tengo
nada verde, ni mis venas son nervios de hojas tiernas. Como mis manchas y
lunares no son de su estirpe. Como atisba un velado desierto de pelusilla
rubia mía, sin rastro de un oasis de aviesos pulgones, deprisa, antes de que
levante los élitros, como sé que guardo aún algo del oro de cuando
entonces, medio sonriendo, la vuelvo a soñar como a un diente de león,
o como a una herradura de siete agujeros, o como a un trébol de cuatro
hojas, y recordando aquel deseo pedido y perdido, la soplo…
Y no suelto el hilo de su estela.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado el 23 de abril de 2026 en el diario La Rioja





