RECITALES Y ARTÍCULOS

lunes, 6 de abril de 2026

SOLAMENTE TU MANO

 


Fue después de aquel largo viaje de una rosa enferma (así la veía yo) tirada en el diván de la casa. Con su regular cita los miércoles en la suite del box del desasosiego. Donde ahí sentada, obediente, somnolienta, se bebía de un largo trago todo el veneno redentor de un licor de otoño que la iba deshojando poco a poco. Fue tras acabar ese protocolo frío que tan maleadas muchachas devuelve, y solo al llegar la noche. Se extinguían sobre los párpados esas chiribitas que espolvorea la luz de la mesilla al apagarla, cuando entonces, extrañamente, me daba la mano. Y no perdía ni un segundo. Y no creo que fuera para regalarme el tesoro mejor de su sueño, que antes de la enfermedad no me la daba. Se aferraba a algo que había perdido. Quizá, porque valiente le había dado la espalda a una de esas grageas que subía a descolgarle a su campanario el badajo de la noche, o quizá fuera para atarse al noray de mi mano, por si en la madrugada le despertaba el sobresalto de un timbre o de un trueno en el sueño, o tal vez para tomar impulso, prepararse, que no es lo mismo estar vivo que vivir. Volver a encontrarse con la añorada rutina de antes de que aquel arquero ciego probara en su inocente carne, su maldita ciega puntería.

Yo no sé, pero qué más me daba. Yo tenía una mano con su dorso y su palma y sus cinco dedos. Un pequeño puente hecho de una urdimbre de falanges con arroyos de nervios y venas: un injerto de una mano a otra creciendo como una sola.

Y no me regalaría su joya más preciada, pero mira lo que había ganado: Tenerla, así, como un sapito que duerme tranquilo, oyéndola pasar de su charca aún tachonada de alfileres, un croar de vaivén de nana de cuna que busca el sueño.

Pero desde hace un tiempo ya no me la da. ¿Ya no la necesita?

De esta enfermedad parece que se sale. Y ella ya navega libre y sola. Pero no es la misma de antes. Quizá vive sabiendo que nadie le dirá que ya está curada del todo. Nadie que fue un mal sueño, como si anduviera por ahí en su establo, agazapado, el hijo del mismo sicario de antes: el único que hereda el camino de regreso.

No, no es la misma. ¿Pero qué piel vapuleada vuelve a tender al sol del mediodía su vestido de novia? ¿En qué cuneta del largo dolor desentierra uno esa pieza que le falta al rompecabezas del deseo?

Sí. Ya no me da la mano. Ya no la tengo. Pero, ¿y si soy yo mañana el que, a la noche, desesperadamente busca la suya? ¿Estará ahí? ¿La tendré? ¿Y qué croar de nana de cuna de mimbre llevará la corriente de mi sangre?

Dicen que nacemos y morimos solos. Pero a partir de cierta edad… ¿Qué mano nos espera?  ¿Tendremos rauda alguna?  ¿Quién se quedará primero huérfano de ese cálido sapito entre las manos? ¿En qué lado de la cama dormirá para siempre el vértigo?

Rubén Lapuente Berriatúa      Publicado en el diario La Rioja 

miércoles, 18 de marzo de 2026

LA FALLERA


 

Cuando la ciudad se ceñía a la cintura su reguero de pólvora. Cuando por las calles bajaban ríos de chocolate con buñuelos. Cuando todo empezaba a arder, yo estaba allí, en Valencia, viendo emocionarse a esa fallera, como si ese incendio fuera en la plazuela de su pecho y se le quemara su alma gemela de cartón piedra. Y era tan fácil para ella desaparecer en la muchedumbre. Seguro que desde niña se dormiría hasta con el estruendo de cualquier traca del barrio. Plácidos sueños de triquitraque entre llamas creo la acariciarán siempre. Y me enseñaba, sin pudor, en esas húmedas mejillas en llamas, la mejor cremá que yo había visto. Y uno que en la vida tiene que esconderse o mirar antes de reojo o rememorar removiendo en las frías cenizas… ¡Oh, maldita vergüenza que le corta a uno las lágrimas!   

Y el azar me llevó un tiempo después a la casa de Maui y Salva de Carlet, invitado a comer o mejor a degustar la verdad de una paella.

Uno no sabía que hay un preciso y precioso guion escrito en el valenciano paladar del tiempo. Que hay un lento ritual como el de esa novia vistiéndose lentamente en el día en el que el brillo del oro de su alianza bajo mil campanas y vencejos, la hará florecer.

Uno no sabía que el anfitrión se casaba siempre con la paciencia. Que hasta que no terminara de unir en uno solo todos los sabores de esa criatura sagrada con cara de girasol tostándose al fuego de una falla de leña de naranjo, no deserta del fogón de su sacrosanta garita.

Y sobre la mesa de Maui y Salva, ese único redondo pesebre de vajilla de hierro para todos. Ese bajío de albufera donde encalla el arroz con sus judiones como peces dormidos. Donde flotan esos islotes de carne alada como remansos de lujuria. Brotes verdes de mimada huerta valenciana, y largas tiras rojas de pimiento como atavíos de guirnaldas de verbena en fallas, engalanan todo ese arrozal de acuarela con su luz, y como si saliera del pincel del mismo Sorolla.

Y sólo de cubertería una cuchara para cada boca. Aquí no hay remilgos, aquí nos revolcamos todos juntos en un vaporoso arrozal, que, si no, el sabor vuela y se evapora si lo arrancas de su tibia tierra al ruedo de un frio plato de loza.

Y antes del ágape, incrédulo, volqué despacio la obrera cuchara de turno como en la playa dejas escapar entre los dedos un puño de arena. Y la lluvia de granos de ese arroz otoñal, caía como polvo de estrellas que derramara la varita de un viejo mago con cucurucho, túnica de tafetán y larga barba blanca de chivo.

Y todo ese maridaje de un pueblo en mi pobre boca, sin escuela ni maestro, acostumbrada a ese oropel pegote amarillo en la marmita de los domingos.

Lo demás es cosa del silencio dorado en la alacena de una boca:

allí donde se acuestan esos sabores y olores y emociones que, sin llamarlos, remontan el tiempo, vuelven intactos. A mí ese día me vino a la boca el aliño de arroz de aquella muchacha, hecho de sus lágrimas.

Rubén Lapuente Berriatúa 

Publicado en el diario La Rioja 

 

domingo, 22 de febrero de 2026

COSQUILLAS

  


Hoy juego con ella a que finja quedarse patitiesa, inmóvil, como muertecita, mientras voy contando los segundos que me aguanta, sin reírse, al irle haciendo cosquillas en la planta de sus dos panecillos pies.

Espera, Aina, tienes que ensayar primero. Relájate. Pon cara de haberte dado un patatús. No muevas un músculo, ni los del pelo. Te juegas una medalla de oro. El ser la campeona del mundo mundial en aguantar mis cosquillas sin que tu boca suelte una risotada.

Y ahí tendida en la alfombra, lánguida y bella princesa desmayada, me miré a mí mismo en toda esa dulce inocencia de sus cuatro años entrando en mi propia niñez dormida.

Vamos a ver, Aina, si son de plomo estos brazos. Si se me empañan los ojos de tu aliento. ¡Oh, si estás tan fría como una baldosa! ¡Si las lagrimitas en tus pestañas son ya carámbanos! ¡Si se te ha roto el muelle de los párpados! ¡Oh, qué pena! Habrá que tirar a esta niña a la basura como la piel de una naranja, como el corazón de una manzana, como ese triciclo tuyo, ya sin manilla ni ruedas.

¡Espera! ¡Espera! ¡Si oigo aún un tamborcillo sonando por las entretelas de tu corazón de azúcar! ¡Si estoy a tiempo! ¡Si aún puedo revivirte con tan sólo rozar la planta de tus pies con la yema de mis dedos!

Pero, la pilla Aina, no aguanta, se lleva su manecita de cuatro años a la boca, se la tapa, y no evita que salga su risa por la celosía de sus dedos. Se lo paso. No la amonesto. Que se trata de la hazaña de aguantar lo irresistible. Yo voy desgranando los números, los segundos, y cuando ya llego a la centena, le grito que ya ha batido el récord. Digo su nombre como si lo oyera con un megáfono en un estadio, y la hago subirse al pódium de la mesa baja de la sala con el paripé de ponerle una imaginaria medalla de oro al cuello, para luego llevarle su mano abierta al sitio del corazón, mientras le tarareo la marcha real, el himno nuestro con su na, na, nana…, a falta de letra.

 

Todo acaba, para empezar de nuevo. Otra vez, y otra vez, me dice. La eternidad cabe en una sola hora con esta niña tendida en la alfombra, fría de fingida muerte despierta, con los brazos de plomo al soltarlos, con el muelle de sus parpados roto, ofreciéndome sus dos tiernos panecillos pies como quien pierde la alegría. Qué hermoso juego este de resistir lo irresistible de unas cosquillas a flor de una piel de porcelana.

Ahora su amañada marca está en cien segundos. Le saco una foto furtiva en el móvil -no abras los ojos- le digo, y la guardo en el álbum de una falsa nube de algodón, con un rótulo que dice “por si pierdo la memoria”. Y seguro que al abrirla en el tiempo, hace el milagro de devolvérmela, luminosa.

Rubén Lapuente Berriatúa 

publicado el 12 de febrero de 2026 en el diario La Rioja


viernes, 13 de febrero de 2026

SAN VALENTIN

 


Las rosas hacen muy bien su trabajo, sobre todo mañana en ese hermoso día de corazones de San Valentín. San Valentín, aquel sacerdote en Roma que, en aquellos años de persecución del cristianismo, desposaba en secreto a los soldados con sus prometidas. Los emperadores romanos, politeístas, querían soldados sin evangelios, solteros, sin ataduras, despegados de las cosas del querer, que así eran mucho más aguerridos en el campo de batalla. Descubierto, Valentín fue arrestado y confinado en las mazmorras, donde el oficial encargado de su custodia le retó a devolverle la vista a su hija Julia. El joven sacerdote aceptó el reto y en nombre de Dios devolvió la vista a la joven. Pero a pesar del milagro, Valentín siguió preso, y el 14 de febrero del año 269 fue lapidado y decapitado.

La leyenda cuenta que Valentín, enamorado de Julia, envió una nota de despedida a la muchacha en la que firmaba: "De tu Valentín", de ahí la expresión anglosajona con la que se firman todavía las cartas de amor: "From your Valentine". Julia, agradecida, plantó un hermoso rosal junto a la tumba de su enamorado.  

Sí, las rosas hacen muy bien su trabajo, y a pesar de que ya no nacen del corazón de la tierra, de que ya no sufren para reinar en el rocío. Bajo la toilette de cristal de las nuevas rosaledas, suspendidas, sin tierra, sin sol, imitando a los alados y sosos tomates, nacen tan perfectas, tan bellas con su piel de rojo o rosa o amarillo o azul terciopelo ardiente. La pena es que vienen rociadas de un aséptico olor: Todavía imposible coserles ese volandero perfume único que tiene una rosa nacida de la bodega de la tierra. Pero da igual. Para casi toda mujer, cada ramo guarda una fecha grabada, un rostro diferente, una nueva cita en el jarrón de cada catorce de febrero. Y por encima de todo, para ellas, es un sentimiento.

Por eso, para muchos hombres, las rosas son el mejor aliado para un remiendo. Sobre todo, cuando hay que pegar un trocito roto dentro de un descuidado regazo. Y ahí están. Y mejor ramos de rojo rocío y rubí ardiendo, que esos sacan melindres de niña en carne madura y ciegos besos eternos de esos de final de película rosa.

Son nuestra celestina. La manera de decirla esas palabras que, a partir de cierta edad, no sabes por qué no te salen espontáneas, como si te diera pudor un “te quiero” acercándose a esos trillados labios de toda la vida. Quizá sea por culpa de ese deseo, que con los años se apacigua, le salen arrugas, y lo que has ido callando por sabido, ese “te amo” que no dijiste un día, se va amontonando uno sobre otro y otro…, y pesa y pesa…, y miedoso ya no se atreve a salir de la garganta.

Pero ahí están. Basta esa sorpresa de un ramo apareciéndose por detrás de la espalda, para que, ¡ale hop!, zarandee la rutina y vuelva el deseo de los besos al redil.

Sí, las rosas hacen muy bien su trabajo…

                   Ahora que el amor, ya no es aquel incendio.

Rubén Lapuente Berriatúa   Publicado en el diario La Rioja 


viernes, 23 de enero de 2026

PEPPA PIG

 


Yo no he tenido de niño una mascota de dibujos animados, y es que ni recuerdo si los había en mi niñez. Vivíamos en las calles como ahora sentados en un sofá frente a una pantalla. Hasta que el progreso del mágico teletrabajo acercó a Logroño a mi nieta Aina, con su cerdita Peppa pig bordada en su jersey. Por debajo del algodón, andan también su hermanito George, su mamá y su papá y todos con su gruñido ¡oenc, oenc! Deliciosa familia de dibujos, cerditos todos ellos. Peppa es cariñosa, juguetona, mandona, y se burla constantemente de la gran barriga de su padre, tanto que la contraseña que puso después de verlo atrapado al intentar atravesar la puerta de su casa del árbol, fue: la barrigona de papá. Luego está el más pequeñajo, con su fingido vómito cuando le preguntan, ¿qué opinas tú, George? blandiendo su dinosaurio con su seguido grito de guerra ¡Grrr! Papá Pig es un poco vago, olvidadizo, pierde cosas y dulcemente fracasa en todo lo que intenta llevar. ¡Qué tonto eres papi! le dice Peppa siempre. Mamá Pig hace de todo, incluido su trabajo desde el ordenador, sensata, y como su marido, verracos en su panza. Y en la serie siempre hay, un por favor, un gracias, que te sorprende y se agradece. Y no reflejan lo que debería ser la sociedad, sino lo que va siendo. Los han puesto de pie, nos imitan. Y comprendes lo que sería de los niños sin la rebeldía, sin la desobediencia, sin un pellizco de pillería, sin oír el no quiero.

Y como buenos cerditos guardan las tradiciones. A toda la familia lo que más les gusta es saltar en los charcos de barro, patalear y tirarse todos a la tierra, compartir a la vez la alegría de vivir, riéndose patas arriba.

Ahora estos cerdos barrigones, pequeños, vietnamitas, son las nuevas mascotas. Los pondría de moda la serie, como también los arrumacos que comparten en las redes los extravagantes famosos.   Ah, y no huelen mal, eso es algo que depende del sitio donde los metas. No se te ocurra encerrarlos en una pocilga. Y es que, si no tienes una casa con jardín o el acceso a un parque público, que para su salud mental necesitan excavar la tierra, si no tienes eso que ofrecerles, entonces Peppa pig no es para ti.

Cuando tengo a Aina en casa, devoramos unos cuantos capítulos juntos. Yo le explico lo que creo no entiende a sus cuatro años, y me rio y me vuelvo niño cerdito con ella: pataleamos boca arriba en la alfombra, como hacen ellos al final de los capítulos.

Hace unos días en la comida de año nuevo, nos dimos cuenta enseguida. Me vino el espanto al hornear el asado. Y a escondidas tiramos en la bolsa de la basura con su narizota, sus dos ojos, su papada, su morro, sus orejas puntiagudas, con la incipiente roseta de cerdita de niña en los pómulos, la cabeza dorada de Peppa pig.

Abu, ¿qué comes?, me dijo Aina mientras enarbolaba en su tenedor la bandera de sus sabrosos macarrones con tomate.

Lo que se calla produce dolor.

Rubén Lapuente Berriatúa  

 

Publicado el 15 de enero de 2026 en el diario La Rioja


miércoles, 3 de diciembre de 2025

PETIRROJO

 


Es solo un petirrojo, el amigo de los jardineros, el que se me acerca melodioso y colega. Viene a mí esperando mi caridad, o que mi azada o mi corta césped descubra su alimento de arañas, lombrices, hormigas, y demás bicharracos.

Cuando en la pandemia los carceleros nos dejaron volver a la segunda vivienda, me encontré con la maleza amarilla a la altura de mi pecho, y me vino este simpático, no sé si es el mismo de ahora, a mirarme de arriba a abajo, buscándome las alas. Hizo su nido en el seto a dos palmos del suelo, confiado, como si toda mi propiedad fuera suya. Hasta me dio también por pensar que me miraba como a un dios, como yo alguna vez miro las estrellas.

Una antigua leyenda dice que el color anaranjado de su pecho y cara, viene de cuando Jesús estaba muriéndose en la cruz, y el petirrojo, entonces de color marrón, se posó en su hombro, y mientras le caía gota a gota la sangre, impasible, no dejaba de susurrarle al oído un canto lento y dulce que le aliviara del terrible dolor de morir así. Y desde entonces nacen con esa mancha anaranjada del color de la sangre de Cristo.  

Yo de niño tenía de mascota una pandilla de periquitos y canarios, siempre volando por la cocina. Una cepa seca de una viña de Cenicero, colgada en la pared de azulejos, hacía de nido. Y ponía mi boca en pico para darles besos de miga de pan, y sacaba mi lengua disfrazada de ramitas de mijo. Al anochecer me regalaban un bis de trinos, creyendo que la luz de la bombilla era otra vez el sol de la mañana. Y por el acantilado de la mesa arrojaban el tintín de cobre de la calderilla de mi monedero.

Me acuerdo de aquella ultima tarde de pájaros, de juegos, cuando se escaparon todos por el balcón. Seguro que fue mi madre la mano negra, la que acabó con ese disparate de ir por detrás con un trapo, restregando las heces, barriendo las plumas. Y ahí se me acabó la niñez. Esa tarde me echaron con cajas destempladas del paraíso. Y tuve que irme una larga temporada a aprender ese forzoso oficio de vivir: ese mal invento.

Ahora con este petirrojo, quizá reanude aquella ultima tarde que dejé a medias. He esparcido por la yerba migas de pan, algo de fruta, semillas, y he apuntalado una anaranjada y confortable casita de madera en el tronco de mi haya, por si quiere formar parte de la familia.

Le falta poco para posarse en mi hombro y llegar a ser el loro petirrojo de este canoso poeta pirata, poco para que me cuente al oído esa hazaña de amanecer siendo siempre el mismo. De leer cada día una página en blanco del viento, del sol, de la lluvia. De llevar la escuela aprendida en el torrente de las venas: graduarse cum laude en indigencia. Que todo lo que tengas acabe en el filo de las alas. Migrar cuando tiritas de frío. Amar por instinto. Mirar al hombre como a una alimaña. No demorar la muerte: Caer de la rama como a un agujero sin fondo del sueño…

                     Morir solo para morir.

Rubén Lapuente Berriatúa      publicado en diario la Rioja


sábado, 15 de noviembre de 2025

LA BESTIA DEL CUARTO

 


Abrazabas un cilindro de madera engastado con cegadoras llaves de plata, y al verte así, tan pequeño, nos parecía que ese clarinete era quien sostenía tu niñez.

Al principio huías al fondo de la casa atrancando la puerta de la última habitación, como la de una sitiada ciudadela. Así no nos llegaría el estridente arpegio de un aprendiz sonrojado.

Y poco a poco fuiste derribando barreras, quitando cerrojos, dilatando la larga rendija de luz de la puerta, acercándonos lentamente los colores del sonido. Y al principio dejábamos nuestros quehaceres, bajábamos el volumen de la televisión, o parábamos la murga de la lavadora o del aspirador. Y sentados como en la butaca de un teatro, buscándonos los ojos, disfrutábamos de esas primeras veladas.

Y mira que lo hacías bien, que el vecino de debajo de nuestros pies, el lunático del cuarto (menuda alimaña), le bastaba con oír correr ese breve chirrido de las sillas de la cocina (nunca hemos sabido tocar ese instrumento), que seguidamente mentaba a toda nuestra familia, para luego ponernos a troche y moche su vieja radio, y a un volumen tan desorbitado que el corazón, como en una guerra, corría a su refugio. Pero cuando a una hora cualquiera del día se desahogaba el clarinete en la casa, nos quedaba la satisfacción de que su profundo silencio denotaba un buen oído musical. La música amansaba su fiereza, aunque yo diría mejor que azucaraba su amargura. Nunca cruzó conmigo, ni creo con nadie del edificio una sonrisa, una palabra amable.

Y el ámbito de la casa se fue poblando de escalas, adagios, sonatas, fantasías. El aire fresco y nuevo de olas de notas vivía entre nosotros.

Pero un día tenía que ser, te salieron alas para volar de casa. Y te llevas la música, la voz, los pasos silenciosos, el ya voy, ya voy, y tu aura de muchacho bueno, pero nos dejas lo mejor, la memoria que es nuestra. Aquí se queda una nota en cada rincón de la casa, y un abrevadero de partituras grabadas en el tuétano de nuestros huesos.

 El poeta de Moguer nos dijo que no corriéramos, que fuéramos despacio, que adonde teníamos que llegar era solo a nosotros mismos: Ese camino de paso quedo, tan cercano y lejano a la vez. Yo no me indago demasiado por si enseguida me decepciono. Y como nunca sabré del todo el por qué de este viaje de la vida hacia el cansancio, solo espero que un día coincida un ratito conmigo en un bar o en la luz de la sombra de un verso, y me basta.

¿Consejos doy que para mí no tengo?  Mentira. Mira, hijo, el camino a uno mismo es largo e intrincado, a veces tortuoso. ¿Sabes cómo se enfrenta uno a la malaventura, a esa sombría morralla de muy adentro sabiendo que no hay sumidero, que no hay olvido?  Uno se salva poniendo el volumen del zumbido de los golpes de la vida bajo, pero muy bajo, dejándolo estar. Tú, me entiendes. Aplícate el cuento mío: Que ese chirrido de las sillas de la cocina, no desate a la bestia del cuarto.

Rubén Lapuente Berriatúa  

         publicado en el diario La Rioja  6 de Noviembre 2025