Como
al paisaje desde mi ventana, me asomo también al de la piedra, la que tengo a
mano siempre, la de mi casa. Me gusta ver por dónde le ha sajado los lomos
el silbido del disco de diamante del albañil. Seguir la corriente de sus vetas.
Contemplar el lento y ciego trabajo del tiempo, deteniéndome en alguna misteriosa
acuarela de su entraña. Curiosearla un poco y ponerme a fantasear por si doy con
la clave de algún misterio, hasta que me doy cuenta de lo pamplinero que puede
uno llegar a ser con esa cábala mía de vidente de pacotilla.
Pero
ahí está tan arrebujada la piedra, con esa cerrazón de entrecejo fruncido, con
ese pavor de soledad infinita, que me imagino cómo sería sin ese espanto
hacinado de eternidad. Con una migaja de vida, qué flor de piedra, qué tupido
olor, qué blondas con hilo y aguja de zafiro le bordaría la primavera.
Y
la piedra de mi casa me lleva a esa otra de canto rodado, las de río. Le pasaba
de niño la punta de la lengua y me sabían a sal. Ahora sé que tienen la escritura
del mar y un sueño marino enterrado en su cadera pulida. Buscaba las que tenían
la horma del pulgar e índice de mi mano niña, las que luego con pena perdía cosiendo
la piel del agua del río desde la orilla: una, dos, tres, cuatro puntadas era mi
récord. Y me lleva a la parábola en el aire de la que te arrepentías tarde, cuando
ya la piedra caía sobre la pandilla rival buscando en esa tómbola de rabia y de
dolor, el premio de una brecha en la frente.
Miro la acuarela oxidada en algunas piedras, y estoy por
llevármela a un estante de la casa: una obra única del mejor desconocido pintor
impresionista de todos los tiempos.
Y hay en una, algo
tejiéndose como una alfombra ocre, como una hermosa rebeca otoñal, pero no es
que la piedra vista de Prada, son líquenes, tienen vida, y lo hacen para sobrevivir,
como todo lo que se mueve. Sí, sobre ese pedernal cultivan su mineral huerto, lentamente
liban y liban la metálica savia de la piedra hasta matarla.
Me puede esta vejez de roca curtida de mi casa, y me hace
seguir un rato más dándole al vaivén de mi mecedora. Lo he dicho ya aquí los
jueves en la tinta fresca del periódico: la vida es un viaje hacia el cansancio,
y con los años va alejándote de las cosas, te deja dueño solo del radio de ti
mismo. Y esta piedra de cuarcita de mi casa, cómo no envidiarla por bella, por anciana,
por sabia. Y no tendrá las respuestas a nuestras eternas preguntas, pero oiría a
su manera el primer vagido del mundo vacío. Y tiene la pétrea memoria de ahogarse
en el mar. Y la primera frescura del agua dulce limando su mellada cadera.
Pero de qué parto
de piedra madre salió esta dureza. Qué colosal espalda de estibador la llevó de
aquí para allá.
A mí la piedra,
cualesquiera, me abruma, me hace humilde, pequeño…
Me viene grande.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado el 24 de septiembre de 2026 en el diario La Rioja






