Yo no he tenido de
niño una mascota de dibujos animados, y es que ni recuerdo si los había en mi
niñez. Vivíamos en las calles como ahora sentados en un sofá frente a una
pantalla. Hasta que el progreso del mágico teletrabajo acercó a Logroño a mi
nieta Aina, con su cerdita Peppa pig bordada en su jersey. Por debajo del
algodón, andan también su hermanito George, su mamá y su papá y todos con su gruñido
¡oenc, oenc! Deliciosa familia de dibujos, cerditos todos ellos. Peppa es
cariñosa, juguetona, mandona, y se burla constantemente de la gran barriga de
su padre, tanto que la contraseña que puso después de verlo atrapado al
intentar atravesar la puerta de su casa del árbol, fue: la barrigona de papá. Luego
está el más pequeñajo, con su fingido vómito cuando le preguntan, ¿qué opinas
tú, George? blandiendo su dinosaurio con su seguido grito de guerra ¡Grrr! Papá
Pig es un poco vago, olvidadizo, pierde cosas y dulcemente fracasa en todo lo
que intenta llevar. ¡Qué tonto eres papi! le dice Peppa siempre. Mamá Pig hace
de todo, incluido su trabajo desde el ordenador, sensata, y como su marido, verracos
en su panza. Y en la serie siempre hay, un por favor, un gracias, que te
sorprende y se agradece. Y no reflejan lo que debería ser la sociedad, sino lo
que va siendo. Los han puesto de pie, nos imitan. Y comprendes lo que sería de los
niños sin la rebeldía, sin la desobediencia, sin un pellizco de pillería, sin oír
el no quiero.
Y como buenos cerditos
guardan las tradiciones. A toda la familia lo que más les gusta es saltar en
los charcos de barro, patalear y tirarse todos a la tierra, compartir a la vez la
alegría de vivir, riéndose patas arriba.
Ahora estos cerdos
barrigones, pequeños, vietnamitas, son las nuevas mascotas. Los pondría de moda
la serie, como también los arrumacos que comparten en las redes los
extravagantes famosos. Ah, y no huelen mal, eso es algo que depende
del sitio donde los metas. No se te ocurra encerrarlos en una pocilga. Y es que,
si no tienes una casa con jardín o el acceso a un parque público, que
para su salud mental necesitan excavar la tierra, si no tienes eso que
ofrecerles, entonces Peppa pig no es para ti.
Cuando tengo a Aina en casa, devoramos unos cuantos capítulos
juntos. Yo le explico lo que creo no entiende a sus cuatro años, y me rio y me
vuelvo niño cerdito con ella: pataleamos boca arriba en la alfombra, como hacen
ellos al final de los capítulos.
Hace unos días en la comida de año nuevo, nos dimos cuenta
enseguida. Me vino el espanto al hornear el asado. Y a escondidas tiramos en la
bolsa de la basura con su narizota, sus dos ojos, su papada, su morro, sus orejas
puntiagudas, con la incipiente roseta de cerdita de niña en los pómulos, la
cabeza dorada de Peppa pig.
Abu, ¿qué comes?, me dijo Aina mientras enarbolaba en su
tenedor la bandera de sus sabrosos macarrones con tomate.
Lo que se calla produce dolor.
Rubén Lapuente Berriatúa
Publicado el 15 de enero de 2026 en el diario La Rioja

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