Qué
manera de incordiar. Qué empeño en sacar con el número uno la oposición. Menudo
infinito rascacielos han levantado estos saltimbanquis que se suben unos encima
de los otros hasta no verlos, y ni se cae el orondo cero que no es nada, ni
nadie, ni ninguno, pero sostiene todo el casteller de los números.
Yo contaba como tú los besos, los dedos, las
velas, las pecas, las gotas rotas del cristal. Contaba, ciego, veinte en el escondite.
Y las piedras y las cuatro perras en los bolsillos. Pero yo al alba tenía la manía
de contar todos los ojillos de la persiana, y que no llegara mi madre antes, no
sé por qué me iba en ello su felicidad. Y contaba sus primeras canas con aquel
presumido y juguetón revuelo de su melena, que me hacía rabioso comenzar de
nuevo; o la manía de contar los pétalos y que el último fuera impar, me iba en
ello su cariño. Y quería que me contara el tiempo del equilibrio de una escoba
subida a la pista de circo de mi frente, de mi empeine, de mi palma, de mis
dedos. Y también ella llevaba con los labios el tiempo de aguantar yo, sin
esbozar una sonrisa, sus irresistibles cosquillas en la planta de mis pies.
Y
esa manía mía de contar estrellas en las noches de verano, de agotarme en los
números creyendo haber llegado al infinito. Y mis zancadas, mi medida cruzando aquel
puente sobre el Ebro camino del frío colegio, cada vez con menos pasos
marciales. Y en los azulejos de la cocina señalaba el triunfo de mi estirón de
niño a muchacho. Y hasta ese desafío hasta el resuello de aguantar la
respiración tenía su reloj de arena, su récord.
Y
que desencanto que todas las cosas tengan un número en su envés, hasta yo soy
un 16 y pico millones. Ya no llegamos a tiempo de que el 4 sea una silla, un
beso el 3, el 5 un caballito de mar, un cayado el 9, el 2 un cisne blanco, unos
quevedos el 8, un caracol el 6, una bandera el 7, el 1 un creyón, y este sol nuestro
que nunca duda, el 0.
Luego
cuando creces pierdes la manía de contar. Son casi solo momentos puros de la
infancia. Pero alguna remota noche, en la duermevela, somnoliento, entran de
rondón y piel adentro los números dando a luz en mi cama sus recuerdos, como aquella
absurda agorera prisa de contar ojillos en la persiana, ya no interrumpida, o
me vienen unas entreveradas hebras de plata en la negra melena del sueño de mi
madre, que paciente entresaco y enumero, o me invade la flor de sus ojos
deshojando yo sus pestañas, ¡ay!, como pétalos; o en mi alarde con una escoba, le
reprendo el no haberme sumado los segundos perdidos en sus largos bostezos de sufrida
madre, o me viene al acabar de cruzar el puente aquel soldadito niño, ya con galones
de capitán de diez años.
Y alguien que debo de ser yo, me lleva por ese batiburrillo de blancos números. Lo sobrevuela todo… una, dos, tres…hasta que dormido llora y llora en el sueño.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado el 13 de agosto de 2026 en el diario La Rioja














