RECITALES Y ARTÍCULOS

miércoles, 21 de octubre de 2026

UN TRISTE POSTE DE MADERA

 


Ayer paré en la gasolinera de Villanueva, y me vino intacto el día que fui a por mi última hogaza de pan. Era parte de la humilde historia de mi vida. Mira que llevaba tiempo encargando cada sábado una de esas de diámetro de rueda de carruaje, de las que no acaban nunca de perder la lozanía. Y subido a la calesa del viento serrano, recuerdo esa última vez que paseé por estas calles el aroma de esa preciosa novia mía de trigo bajo el brazo.

Más de cien años de nieve de harina sin barrer llevaba el zaguán de la panadería, y me sorprendió ver a José Manuel atreverse a coger la escoba. Y es que al hacerlo borraba la memoria de todos. No puede ser tan fácil desmantelarla así, pensaba yo, cuando hasta en el corazón de las piedras de este pueblo vivía ese olor que nos ayudaba a levantarnos, yo desde El Rasillo, como si tuviéramos el mejor motivo para hacerlo, gracias a esa hora dorada, a ese sendero de vida al obrador, a esa cicatriz de fuego de leña en el pecho moreno de una hogaza. Tibia última de trigo puro que José Manuel me envolvió en una hoja de periódico atrasado para que no me quemara en las manos, su dorado aliento.  

Y me acuerdo de aquel desplante del 2019: fueron cinco minutos. Dejamos la miel, el tractor, la huerta, la masa madre, la escoba de esparto, el banco de madera, yo los versos a medias. Y ni cerramos la puerta de casa que aquí los ladrones les duele graduarse en fechorías. No éramos muchos, pero estábamos juntos. Y nos veíamos la tristeza, el dolor, el fulgor en los ojos, la rabia también por cada nueva ausencia.

Cinco minutos para que el Leviatán pusiera olor a pupitre, a farmacia; pusiera una sirena de ambulancia con el motor en marcha; pasara por sobre nuestra escondida tormenta en el pecho el fonendo de un galeno, con su desfibrilador a mano. Y para siempre un autobús de ida y vuelta, aunque fuera de vacío. Pusiera un panadero con su panadera. Una manzana de casas olvidadas, con sus llaves bajo el polvoriento felpudo, para que entraran las jóvenes parejas buscando un fértil palomar de besos. Y no pedíamos limosnas que eran nuestros derechos.

Y que pusiera el señuelo de una abierta ventana de fibra al mundo.

Han pasado unos pocos años de aquello, y algo se está haciendo, pero no lo suficiente. Han cerrado bares, panaderías, y hasta la única tienda de ultramarinos que traía los periódicos. Y joder, yo pedí internet hace un par de meses: Sí, Rubén, ya tenemos fibra, ¿26124, El Rasillo? ¿calle el Collado? Mañana estamos ahí. Y vinieron, pero como no había un triste poste instalado para llevarla, me dijeron que hiciera proselitismo por mis alrededores: es que no nos sale rentable.

¿El progreso solo depende de un poste de madera?

                  Aquí queremos vivir, pero nos echan.

Rubén Lapuente Berriatúa 

publicado el 26 de febrero de 2026 en el diario La Rioja

lunes, 28 de septiembre de 2026

PIEDRAS

 


Como al paisaje desde mi ventana, me asomo también al de la piedra, la que tengo a mano siempre, la de mi casa. Me gusta ver por dónde le ha sajado los lomos el silbido del disco de diamante del albañil. Seguir la corriente de sus vetas. Contemplar el lento y ciego trabajo del tiempo, deteniéndome en alguna misteriosa acuarela de su entraña. Curiosearla un poco y ponerme a fantasear por si doy con la clave de algún misterio, hasta que me doy cuenta de lo pamplinero que puede uno llegar a ser con esa cábala mía de vidente de pacotilla.

Pero ahí está tan arrebujada la piedra, con esa cerrazón de entrecejo fruncido, con ese pavor de soledad infinita, que me imagino cómo sería sin ese espanto hacinado de eternidad. Con una migaja de vida, qué flor de piedra, qué tupido olor, qué blondas con hilo y aguja de zafiro le bordaría la primavera.

Y la piedra de mi casa me lleva a esa otra de canto rodado, las de río. Le pasaba de niño la punta de la lengua y me sabían a sal. Ahora sé que tienen la escritura del mar y un sueño marino enterrado en su cadera pulida. Buscaba las que tenían la horma del pulgar e índice de mi mano niña, las que luego con pena perdía cosiendo la piel del agua del río desde la orilla: una, dos, tres, cuatro puntadas era mi récord. Y me lleva a la parábola en el aire de la que te arrepentías tarde, cuando ya la piedra caía sobre la pandilla rival buscando en esa tómbola de rabia y de dolor, el premio de una brecha en la frente.

Miro la acuarela oxidada en algunas piedras, y estoy por llevármela a un estante de la casa: una obra única del mejor desconocido pintor impresionista de todos los tiempos.

 Y hay en una, algo tejiéndose como una alfombra ocre, como una hermosa rebeca otoñal, pero no es que la piedra vista de Prada, son líquenes, tienen vida, y lo hacen para sobrevivir, como todo lo que se mueve. Sí, sobre ese pedernal cultivan su mineral huerto, lentamente liban y liban la metálica savia de la piedra hasta matarla.

Me puede esta vejez de roca curtida de mi casa, y me hace seguir un rato más dándole al vaivén de mi mecedora. Lo he dicho ya aquí los jueves en la tinta fresca del periódico: la vida es un viaje hacia el cansancio, y con los años va alejándote de las cosas, te deja dueño solo del radio de ti mismo. Y esta piedra de cuarcita de mi casa, cómo no envidiarla por bella, por anciana, por sabia. Y no tendrá las respuestas a nuestras eternas preguntas, pero oiría a su manera el primer vagido del mundo vacío. Y tiene la pétrea memoria de ahogarse en el mar. Y la primera frescura del agua dulce limando su mellada cadera.

 Pero de qué parto de piedra madre salió esta dureza. Qué colosal espalda de estibador la llevó de aquí para allá.

 A mí la piedra, cualesquiera, me abruma, me hace humilde, pequeño… 

                    Me viene grande.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el 24 de septiembre de 2026 en el diario La Rioja

sábado, 19 de septiembre de 2026

APUNTES DE VERANO

 


LORCA

Bajo un olivo, hay un corazón lírico que aún hoy espera esa voz hueca de una pala al entrechocarse con unos huesos. Una esquirla de Federico para que no sea una leyenda que la tuerza el tiempo. Para que no sea una duda, un desaparecido mañana. Solo pido un huesecillo suyo olvidado en una cuneta granadina, para cerrar la herida, para inclinar, por fin, la frente hacia la tierra.

 

LAGUNA NEGRA

¿Lo hiciste? ¿Caminaste por las faldas del Urbión entre altos y enhiestos pinos? ¿Te paraste a oír bajo los pies la oculta y niña voz del Duero? ¿Te subiste a la cofa del hijo del mástil de aquel galeón invencible que surcó los mares? ¿Divisaste desde allí el paraíso? ¿Te volviste solitario y loco el capitán de ese verde océano? ¿Y al trepar por los farallones, a lo más alto del murallón desnudo, cosiste allí con hilos de luz la bella laguna negra a los ojos? ¿Lo hiciste?

Y en la travesía del “agua pura y silenciosa que copia cosas eternas”

¿Soltaste por un momento los brazos? ¿Te dejaste ir, sumergido, a merced del roce de leyendas y secretos?  

                         ¿Lo hiciste?

EL TIEMPO

Ayer soñé que la tierra cansada de dar vueltas y vueltas, se detuvo para siempre. Y conmigo en la media mitad de luz donde me sorprendió. Intranquilo, corrí y corrí a ese otro lado de mitad sombría de hermosa noche estrellada. Pero en ese perpetuo medio miedo oscuro, angustiado de tinieblas, busqué el otro medio de añorada claridad. ¿Pero cuándo fue ayer? ¿Cuándo será mañana? ¿Qué mentira me señala el reloj? De la luz a la sombra, iba y venía solo…

 ¡Yo, que ahora en el sueño, era el tiempo en el siempre hoy!

ECLIPSE

 Qué locura es esta de universo ciego huyendo a lomos de nadie, sin saber adónde. Para qué tanta grandeza, tanto sinfín, tanta inmensa negra casa solariega, tanta belleza inútil, si una sola tarde sobre mi madre, lo eclipsa todo.

 

VINO DEL MAR  

Sumergido. Encerrado como una perla púrpura en su ostra de cristal. Empapándose de brisa marina. Mimetizando a su alrededor sus sueños en racimos de uva agraz de viñas de coral de terciopelo. Mudando su piel en escamas de antiguas vasijas náufragas, crece y crece este vino riojano de sangre de cereza que atraviesa la pena, que hiende lo que te hiere. Dulce submarino vino de vida y gozo y olvido siempre, que enardece deseos dormidos. Estibado en la bodega de su náufraga batea. Rescatado como pecio de topacio del vaivén del regazo marino, ya le ciñen un nombre a su redonda cadera de cristal de sirena varada…

Ya arriban a puerto los pescadores.

             ¡¡Ya vuelven de vendimiar en la mar!!

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La rioja el 10 de septiembre de2026

sábado, 12 de septiembre de 2026

LA MANÍA DE CONTAR

 


Qué manera de incordiar. Qué empeño en sacar con el número uno la oposición. Menudo infinito rascacielos han levantado estos saltimbanquis que se suben unos encima de los otros hasta no verlos, y ni se cae el orondo cero que no es nada, ni nadie, ni ninguno, pero sostiene todo el casteller de los números.

 Yo contaba como tú los besos, los dedos, las velas, las pecas, las gotas rotas del cristal. Contaba, ciego, veinte en el escondite. Y las piedras y las cuatro perras en los bolsillos. Pero yo al alba tenía la manía de contar todos los ojillos de la persiana, y que no llegara mi madre antes, no sé por qué me iba en ello su felicidad. Y contaba sus primeras canas con aquel presumido y juguetón revuelo de su melena, que me hacía rabioso comenzar de nuevo; o la manía de contar los pétalos y que el último fuera impar, me iba en ello su cariño. Y quería que me contara el tiempo del equilibrio de una escoba subida a la pista de circo de mi frente, de mi empeine, de mi palma, de mis dedos. Y también ella llevaba con los labios el tiempo de aguantar yo, sin esbozar una sonrisa, sus irresistibles cosquillas en la planta de mis pies. 

Y esa manía mía de contar estrellas en las noches de verano, de agotarme en los números creyendo haber llegado al infinito. Y mis zancadas, mi medida cruzando aquel puente sobre el Ebro camino del frío colegio, cada vez con menos pasos marciales. Y en los azulejos de la cocina señalaba el triunfo de mi estirón de niño a muchacho. Y hasta ese desafío hasta el resuello de aguantar la respiración tenía su reloj de arena, su récord.

Y que desencanto que todas las cosas tengan un número en su envés, hasta yo soy un 16 y pico millones. Ya no llegamos a tiempo de que el 4 sea una silla, un beso el 3, el 5 un caballito de mar, un cayado el 9, el 2 un cisne blanco, unos quevedos el 8, un caracol el 6, una bandera el 7, el 1 un creyón, y este sol nuestro que nunca duda, el 0.

Luego cuando creces pierdes la manía de contar. Son casi solo momentos puros de la infancia. Pero alguna remota noche, en la duermevela, somnoliento, entran de rondón y piel adentro los números dando a luz en mi cama sus recuerdos, como aquella absurda agorera prisa de contar ojillos en la persiana, ya no interrumpida, o me vienen unas entreveradas hebras de plata en la negra melena del sueño de mi madre, que paciente entresaco y enumero, o me invade la flor de sus ojos deshojando yo sus pestañas, ¡ay!, como pétalos; o en mi alarde con una escoba, le reprendo el no haberme sumado los segundos perdidos en sus largos bostezos de sufrida madre, o me viene al acabar de cruzar el puente aquel soldadito niño, ya con galones de capitán de diez años.  

Y alguien que debo de ser yo, me lleva por ese batiburrillo de blancos números. Lo sobrevuela todo… una, dos, tres…hasta que dormido llora y llora en el sueño. 

Rubén Lapuente Berriatúa 

publicado el 13 de agosto de 2026 en el diario La Rioja


lunes, 31 de agosto de 2026

CRÓNICA DE LA BATALLA DEL VINO

 


Fue al amanecer del día de San Pedro, allí donde el río Ebro se revuelve bravío. Fue por los riscos de Bilibio, camino Haro, donde se libró una batalla que, en lugar de sangre, se derramó vino.

Para esa liza todos se alistaron de soldado: Primero los de aquí, los jarreros, los riojanos. Luego vinieron legiones de milicianos de todos los pueblos de esta nuestra piel de toro, con infiltrados mercenarios con mono de metralleta, pero con balas de fogueo de pólvora de vino. Y hasta acudió alguno de la Conchinchina a calarse, a darle al morapio, en esa mágica niebla de vino peleón, de taberna, cañero.

Y todos se vistieron con el riojano uniforme de guerrilla: De guerrera bastaba con una vieja camisa blanca y pañuelo rojo de tocado al cuello. De pantalón, el que ya lo ha dado todo. De aljaba, como la de cupido para sus flechas, un caldero o una bota o una botella o una pistola de plástico. De munición el fruto de la vid. De gafas, unas de buceo para ver tras el encarnado velo. De música de guerra había una charanga que amenizaba el incruento tiroteo.

Y en son de paz, todos los que se acercaron con su zurrón de odre de vino y alegría, tuvieron a la vez y en todas partes, a la vista de todos, el mejor escondite para sus escaramuzas.

Y a quemarropa, o tendiéndose celadas, pelearon todos contra todos, pero nadie contra nadie, en un fuego cruzado, tiñéndose las ropas, la piel, la pelambrera. El alma también ofreció su camisa de plumas blancas, pero a cambio de lamparones de topacio y rojo terciopelo.

Todo se volvió del color de la acuarela del vino. Y como cuando la luz del sol atraviesa la lluvia, por los riscos de Bilibio apareció el milagro del arco iris morado del vino.

Todo un pueblo volviéndose niño y del mismo color del paisaje de La Rioja, la que con la paciencia del vino nos ha forjado la esperanza en nuestro futuro.

Yo, de rapaz, en esas vencidas tardes de agosto, con un sarmiento de alfanje atado al cinto, fui el capitán de toda esa infinita almazuela de viñedos.

 Todo un pueblo empapándose de vino, como tú te inundas de luna llena, o en el mar extravías los ojos de tanto mirarlo, o cuando te sumerges profundamente en el perfume a carne y hueso de tu hombre, o de tu hembra.

Y es siempre en ese día, calados de vino, cuando algo pasa: sentimos lo que somos: Vino de vida. Y lo guardamos, y lo velamos, y lo sacamos a relucir un día de junio en Haro, como esa única joya en un cajón que alguna noche nos llama su brillo, que no se vende nunca: es la dulce memoria que en la caricia de los dedos la sentimos punzándonos la espalda.

El día de San Pedro, si pasas por los riscos de Bilibio, camino Haro, recuerda que hay una batalla donde en vez de sangre se derrama vino. Y si te acercas, y si te unes a esa algarabía, deja que te hieran alegremente…

                ¡Y muda en los rubores del vino!

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el día 2 de Julio de 2026 en el diario La Rioja


jueves, 13 de agosto de 2026

LOS ZANCOS DE ADRIANA

 


Por fin ha llegado el día de dejar de soñar tantas veces con ser la primera bisoña danzante de Anguiano. La primera en cuatrocientos años en ponerse los zancos, la saya, el chaleco, y echar a volar.

Y cómo voy a negar el haber tenido alguna pesadilla o sobresalto. Ayer mismo, la víspera, tuve zarpazos en el sueño de zancos agrietados, vahídos con trompicones al verme de bruces sobre las piedras. Y si lo he llevado casi en secreto, es porque tengo una manera de ser que sigo a rajatabla: si eres tímida, sé tímida. Y yo no aguantaría esa cantinela diaria al doblar cualquier esquina: “Qué valiente Adriana, qué osados catorce años, qué ganas de verte bajar las escaleras, la cuesta”.

Qué agobio cuando una no tendría que ser protagonista de nada, como si antes de mi no valdría para esto ninguna zagala del pueblo, como si por ser “delicadas doncellas” nos fuéramos a romper, cuando en la danza las anguianiegas dejamos en el aire la elegancia, la belleza. Si nacemos como una mariposa con el don del quiebro en el vuelo.

Sí, del patio de la escuela, de los quebrados, a cruzar por esa prueba de paso a la madurez, como hacían en la antigua Grecia los niños en la ceremonia de uso de razón, ofreciendo sus peonzas a los dioses porque ya comenzaban su preparación para ser hombres, y mira, siglos después en Anguiano también para ser mujer. Y claro que me da vergüenza el tener que ser la pionera en girar mi larga e inocente coleta. ¿Cuatrocientos años esperando, y nadie se da por aludido, nadie se sonroja, y tengo que ser yo, la mocosa del pueblo, quien dé un zapatazo de zanco en las piedras?

Yo soñaba ser la benjamina de esos ocho jóvenes del pueblo. Y por fin aquí estoy en lo más alto del vértigo, leyendo esos labios de mi padre en la cocina que me dieron el arrojo que no tenía: “Cuando te vea bajar, hija, qué orgullo verme en ti”

Y mientras me dejo atar minuciosamente los zancos, mi regalo de reyes a los cinco años, sigo el rito del baile sonando con más fuerza las castañuelas, así ahuyento mejor la ansiedad de ese primer puro escalofrío. Y quedar bien para ser una hebra más de ese largo zumbel de la sangre girando, que me uniera a esa ancestral danza. La primera de una muchacha que lo hace para que se alisten sin miedo, sin ser noticia, las que van a venir después.

Y ahora que me toca, me demoro unos segundos viendo en las orillas el agobio de tanta mirada de circo, pero otras sintiendo en su espalda punzar la memoria de siglos de un pueblo. Y no sabes cómo eso tira de mi manga.

Sí, abrir las alas de mi saya con mi coleta, mi cola de caballo girando a su compás. ¡Allá voy vertiginosa, desbocada! ¡Giro y giro y giro…! ¡Volatinera mariposa de Anguiano! ¡Oh, qué orgullo ser la primera!

 

(Faltaba en el estante de una diosa riojana, la primera peonza con saya de falda y enagua de todas las que quisieron ser remolino de colores por las calles de Anguiano, y no las dejaron)

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el 30 de Julio de 2026 en el diario La Rioja


domingo, 5 de julio de 2026

MUERTE DEL OLMO DE EL RASILLO

 


Enferma como tú, como yo. ¿Pero, quién oye el silencio de socavar un universo de anillos? ¿Quién descubre a tiempo esa pequeña y mortal hoguera de dolor dentro de la madera?

Cuando su terrible hueco ya era papelera de la chiquillería, canasta de jóvenes probando su tino, covacha de orines de borrachos de madrugada, vino Jesús, un ángel en tierra, y al pasar su mano sobre la fiebre de su frente, puso el grito en el cielo:

 ¡Eh, vecinos, que se nos muere el olmo! ¡Que se nos va el testigo de nuestros juramentos, de la palabra dada, del apretón de manos! ¡Eh, que bajo sus ramas nos abandona la sombra de su compromiso! ¡Que es nuestra bandera de cuatro siglos! ¿Y si lo derribara el viento o la indiferencia, cómo nos lo perdonaríamos? ¿Alguien aguantaría el vértigo de no verlo nunca jamás? ¡Vecinos, que se nos muere el olmo!

Le hizo un corsé de savia nueva con una cincha de hierro abrochada en bandolera a su baldada estampa, y unos arneses que le devolvieran raigambre a su torpe tambaleo. Y en la covacha, ya con cancela, una vara suya enraizada en una verde trastienda de vivero, llenaría de maderaje la oquedad de su perfil de malherido quijote: Un vástago suyo escondido en su vientre hueco que joven envejeciera deprisa, para que pareciera el viejo olmo de siempre, rejuveneciendo despacio. Un hijo suyo que se encaramara a su padre moribundo, a la cumbre de su última rama vencida, esperando que un día, al soltar las cinchas, los arneses, al dejar caer las muletas, el corazón siguiera esperando otro milagro de la primavera. Pero en este nuevo abril no ha vuelto el prodigio que regresa siempre en el me quiere, no me quiere de las margaritas. De pronto, ya no pestañea. Me acerco en este junio a su porte, lo miro, meto mi nariz en su esqueleto de invierno, y ni vislumbro una brizna verde. Y con mal pulso saco unas fotos a su desolado costillar.

Y para que no se nos cayeran sus ramas en el sueño, tocayo alcalde, habría que cortarlo, llevando la dignidad de lo que le queda a un sitio de honor en el pueblo. Verlo a resguardo de las garras del helado viento serrano. Y contar su historia, que es la nuestra.

Funerales de verbena le daría este verano. Y plantar otro, o un hijo suyo, que su padre estuvo en el hospital de un vivero dando a luz jóvenes vástagos viejos.

Ya sé que nada ni nadie puede hacer volver el esplendor de la gloria en sus ramas, pero para qué llorarle más si la belleza anida en el recuerdo, que llega hasta el último recoveco de sus benjamines hojas en todas nuestras primaveras.

 Olmo que nació, vivió y murió en la misma casa, de la misma plazuela, del mismo pueblo. Cuatrocientos años punzando en la espalda de tantas generaciones riojanas, su memoria.

Adiós, adiós vecino olmo de El Rasillo, y gracias por tanta belleza y orgullo y dignidad que nos diste. 

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja


domingo, 28 de junio de 2026

LA MALA COMPAÑÍA

 


Todo empezó cuando comencé a quedarme sola, a sentirme sola, a notar que la soledad no se llevaba muy bien conmigo: como si yo anduviera en mala compañía.

¿Si ya nadie me recuerda, no es como estar una muerta?

 Y, o daba un volantazo a mi vida, o esa malasombra por la casa me iba a hacer perder la cabeza. ¿Y qué podía hacer si a mi edad una ya se vuelve invisible? ¿Cómo se vuelve a las amigas si ya se han quedado por el camino, o viven sin fuerzas para acompañarme en este descuento de la vida? ¿Adoptar una perrita? Lo pensé. Pero yo no quería acabar siendo un monólogo entre paredes, ni un reproche cariñoso y ridículo en la calle, que una no sabe desde donde te miran.

Y yo que me conformaba con tan poco. Si lo que realmente necesitaba, solo era una mano con su palma y su dorso. Una que tomara la mía solo por un ratito. ¿Eso era mucho pedir? Bueno, sí, quizá demasiado. Ya sé que en las manos parece que empieza mucho antes a medrar la muerte. Que duele un montón posar los ojos por ese pajizo mapa en relieve de arroyos de nervios y venas. Y no te digo nada la de tomar la de este saco de sonoros huesos, la de esta anciana de pelo violeta más arrugada que un rebujo de periódico.

 Y cómo esa bandada de dedos, ni por asomo vendría a hacer nido en mi palma, pues, como hizo el mismísimo profeta Mahoma, me fui yo misma a abrazar la montaña, perdí la vergüenza.

Y una mañana me acerqué al mercado de San Blas con un taburete, un viejo cartel con dos manos entrelazadas de Cáritas, y un megáfono. Y como una vendedora, o mejor diría yo como una charlatana o mercachifle de esas de antaño, empecé a pregonar mi mercancía:

Eh, amigos, acercaros. Venga. Venid. Que tengo para todos. Que no vengo mañana. Más barato que los frutos caídos de los árboles. Más que los periódicos de ayer. Venga. Que os regalo mis fieles manos. Que son esas de andén o de puerto, de las que se quedan siempre a lo lejos como una bandera al viento, esperándote. Manos que no te abandonan. Y llegan a tiempo a correr la sábana blanca de tu ultimo sueño. Venga. Que tengo para todos. Que no vengo mañana. Para el primero, y también para el último que diga para mí.

Y mientras hablaba como si vendiera un crece pelo, o una cartera, o un bálsamo cura todo, se me fue formando un corro a mi alrededor, que, al acabar la perorata, rompiendo filas corrieron hacia mi encuentro. Y unos me cogían de las manos, otros me abrazaban o me pedían una cita: dame tu teléfono pelo violeta que te llamaré, me dijo uno que parecía como yo de los últimos de Filipinas. Y en medio de todos, me pudo la emoción, me cubrí el rostro con las manos.

Ahora voy a menudo al mercado, y ya no soy tan invisible. Me paran. Y lo bueno es que me regalan, me ofrecen sus manos, o buscan las mías. Y aunque solo sea por un breve roce, pasa que, a esa hora de la tarde que declina, cuando en mi casa se pasea la malasombra, me miro las manos, las entrecruzo, las froto, y como de una lámpara de Aladino maravillosa, sale el genio de mi guardaespaldas que recibe el disparo que iba para mí.

Rubén Lapuente Berriatúa  

publicado en el diiario La Rioja  21 de Mayo de 2026




miércoles, 3 de junio de 2026

TATUAJE DE SALAMANDRA

 


Oye, Tere, tan joven y atrevida como eres y me extraña no verte ni un tatuaje. Oh, sí, Rubén, sí llevo. El cuerpo es algo tan trivial, tan sabido, pero le dibujas un garabato en la piel, lo prolongas, y ya te parece otro. Y te vienes arriba. Tan inseguros somos que a veces nos sostiene un amuleto, o un tatuaje, o un piercing. Y a mí me da coraje. Me afianza. Atraviesa mi timidez. Es como si empuñaras un arma. Y en mi caso, lo importante no es enseñarlo, sino sentirlo yo vivo, muy vivo.

Tengo uno de salamandra. Esa anfibia negra y con manchas amarillas que está siempre a remojo. Tuve un flechazo con ella desde mucho antes de tatuármela. Esa fabulosa historia suya de respirar por toda la piel, y de regenerarse. Mira, pierde las patas, la cola, el cerebro, y en un santiamén lo reemplaza todo. Y lo extraordinario es que también lo hace con el corazón, se lo parten (no sé si también por amor) y le basta un chasquido mágico, sin truco, para estrenar uno nuevo. Y qué bien me vendría darle una patada al mío, y olvidar así al granuja de turno. Empezar cada romance con un corazón en blanco, que este tontorrón mío recuerda y lo llora todo.

Y vive a orillas del agua bajo la luz de la luna. Le gusta la noche como a mí la fiesta bajo las luces de neón de Logroño. Y ahí tienes su griega y romana y medieval leyenda de sobrevivir en el fuego, de atemperarlo, de refrescarlo, de resistir. No me extraña que sea la alegoría de los bomberos. Bordada en su escudo anda la muchacha envuelta en llamas saludando como si tomara baños de fuego en un incendio.

Eh, Tere, ¿y por dónde anda esa bicha tuya?  Dónde iba a ser, Rubén, pues donde rezuma humedad. A la verita del musgo, al pie de mi monte de Venus. Ahí, es la estampa secreta de mi genio. El antojo de mi calma. Y si la vislumbro en la luna del espejo en esa encrucijada de mi cuerpo desnudo, en un visto y no visto se me esconde como un relámpago. Ahora por la calle camino de otra manera, más segura, sintiéndola asomarse al pellizco de la cremallera de mi pantalón, al equilibrio imposible del horizonte de mi falda. Pónmela ahí dormida en la ingle, le dije a la tatuadora.

Y como comprenderás, Rubén, no te voy a poder enseñar esa sinuosa silueta para el cortejo, tan íntima. Tengo a esa branquia por toda la piel respirando deseos de saliva. Tengo el reojo de una espía: testigo de ese balanceo del querer que le da tiemblos a la carne, y ruboriza a este tierno corazón mío, aprendiz del chulapo de tinta tan pendenciero.

Y sé que la veré hecha un cuadro en la preñez, tomando mis estrías, que quiero ser madre pronto. Seguro que mañana la miraré cansada de creerme que es algo más que un tatuaje, más que un torpe dibujo de salamandra. Y quizá maldiga el día de esa diablura, y se me vaya borrando de la piel de la vida, escondiéndola de mí misma, avergonzada de verla ahí, deformada, como una cicatriz más de otro sueño mío roto.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La rioja 


lunes, 1 de junio de 2026

LA SILLA

 


Hay cosas que crecen todos los días. Que con el rodar de los años se hicieron del tamaño de un gigante. Como esta silla recuperada ahora de la basura por mi debilidad. Fue sostén del cansancio de alguien cercano, querido, familiar. Pilar de una vida final anclada en torno a un velador.

La monotonía recortaría con mimo su silueta. La subiría a lomos de esta silla apropiándose de su anciano y fiel inquilino. Y cuando su vida cayó en el tiempo, huérfana de su hueco, empezó ante mí a desfigurarse.

Tiene ese alabeado en la celosía de tallos del asiento que le da zozobra y te rasguña el estómago. A mí me desasosiega. Y es como tener en una repisa de la sala, mirándote fijamente, la urna cineraria de su vacío.

Sin decirle nada a mi mujer, que veía en esa maltrecha silla el hueco de su misma sangre, también el respeto y toda esa memoria de charra de zagalejo y mantilla blanca, de tardes de ganchillo y domingos con todos a la mesa, cuando del zurrón de pesca salía esa deliciosa carne de ancas de rana y de tencas enlodadas en charcas de la dehesa salmantina, me atreví a cambiarla de sitio. La llevé a esa sombría habitación de la casa donde ya nadie giraba el pomo de la puerta. Mi esposa me preguntó el por qué la había movido, por qué no estaba junto al velador en la sala. Pero mujer, le dije, si viene alguien y se sienta se nos queda ahí encajado, se nos viene abajo. Sé lo que ves en ella, pero parpadea ya, quítate de la mirada esa niebla que te oculta la ausencia. Solo es una silla cansada. No tiene entresijos (la mentí). Qué sentido tiene dejarla ahí como una fotografía, como un amado recuerdo, pero si se le ve colgando por abajo las entretelas de su corazón de arpillera.

Lo aceptó a regañadientes. Pero, a mí, esa oscura silla de inquieta ausencia, escondida en un rincón de la casa, se me fue haciendo más lóbrega, más deforme. Si hasta sin darme cuenta pasaba absurdamente de puntillas frente a esa habitación para que no me irradiara abandono, olvido.

Hace una hora, furtivamente, con las bolsas de la basura en una mano y en la otra la silla, la bajé a la calle, la abandoné junto al contenedor, entre un colchón que olía a pobreza, y una butaca agotada de resistir el peso de otras vidas.

Respiraba ya libre. Me iba aliviado creyendo estar a salvo de su radio de vida, cuando tras de mí, el clamor del silencio de una voz ronca a desamparo llamando a mi mujer, pidiéndola socorro, me alcanzó de lleno, se clavó en la memoria de mi espalda.

Y como si desde un lugar muy oscuro, algo misterioso me hubiera herido, tuve que pararme, girar la cabeza enseñándole a la silla mi agotado perfil…

 Y sin querer volver, volví, volví tras mis pasos…

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el periodico La Rioja


miércoles, 20 de mayo de 2026

LA PEONZA

 


La peonza. Te parecerá baladí, poca cosa, pero es tan antigua como el mundo. Antes de ser juguete la hacían girar para hacer fuego. Luego en Grecia se abandonaba la niñez ofreciéndosela a los dioses: los niños entraban en la mocedad despojándose de su inocencia, encarnada en esa su inseparable peonza.

Es casi invisible hoy. La vida ahora de un niño es otra, programada. Que no sabe que su calle aún sueña con aquellos balones disfrazados de belcebú que mordían los cristales, y con ese paisaje de rayuelas, de garabatos de tiza de colores en las aceras, que solo se atrevía a borrar la lluvia.

La encontré al vaciar la casa de mis padres cerrada por la muerte. Es la mía. Tiznada. La toco y me quema la savia de sus días azules. Tiene vida. Diez años más joven que yo. Aún con limaduras de apretado color de lapiceros de mi mano infantil. Y la recuerdo como un carrusel de colores mientras bailaba. Oh, tiene mis huellas. Bajo un hilillo del agua, la despierto. Le lavo la cara de las sombras de abandonarla. Y ni la restriego por si pierde el oro viejo de su pátina: La seco con mi aliento. Recuerdo que hasta alguno de nuestra pandilla la fabricaba con madera de haya o encina, trabajada a mano, usando como rejón un clavo sin cabeza. Y junto a los libros, lápices, cuadernos, en mi cartera de cuero volaba rumbo al colegio apretada al bocadillo del mediodía.

Es la mía. Llena de tumbos del niño que fui. De vitola de tirones de zumbel. Cordón que lo ataba a su coronilla, o a una moneda con agujero que hacía de tope entre mis dedos al lanzarla. Luego en la piel de loza de mi palma estirada, danzaba hasta emborracharse. Jugábamos a saber quién la bailaba por más tiempo, hasta verla tumbarse, perder el sentido, y rodar hasta la cabriola final de pararse en seco. Y si ganabas alcanzabas la estima y la envidia. Te la pedían para escrudiñar su filo, sus tatuajes, su piel, su secreto.

Y también jugábamos a sacar las cuatro perras (calderilla robada del monedero de mamá), de un círculo de tiza pintado en la calle. Había que echarlas de esa cárcel redonda con la peonza siempre bailando. La lanzabas sobre las monedas hasta despedirlas del círculo. Todas las que abandonaban su encierro, bien de golpe directo, o impulsándolas con la punta de hierro, eran para hacer florecer chucherías en el bolsillo casi roto del pantalón de uno.

En mi mano la sopeso, la reconozco. Y me trae grabada la cara del corro de aquellos capitanes de diez años que no he vuelto a ver nunca más, por esa maldita mudanza de ciudad que me dejó huérfano de infancia.

Y me la llevo al estante más privilegiado y luminoso de la casa. Y todo lo de a su alrededor, libros, fotos, recuerdos, no sabes cómo se empequeñecen.

Tiene entraña de oro su pequeño corazón de tiovivo. Y recupero a ese antiguo niño mío mirándome de frente…

Que comparte conmigo, la misma herida del tiempo.

Rubén Lapuente Berriatúa   

publicado en el diario la Rioja


sábado, 9 de mayo de 2026

LA MARIQUITA

 


En un rincón de esta primavera, con mis torpes manos de aprendiz de jardinero, aderezo las plantas como esa mujer se perfila los labios para gustarse y gustar. Y yo no sé si es la misma primavera siempre. En la anterior hice una cicatriz, un beso con la uña a esa planta favorita mía, y la buscaré ahora en este su abril nuevo, para ver si la desenmascaro, que me gustaría fuera la misma, con su misma flor llagada ahora, como nuestras primaveras, unas encima de las otras, para ser siempre los mismos, aunque más heridos.  

Y mis manos las preparan para los días de su graduación, más tardía aquí en Cameros. Hay una manera de podarlas hacia la gloria de su puesta de largo. Lo hago con las ramas de las glicinias para que sus racimos de flores se vean como esos largos calcetines malvas de cierta muchacha, que veo tendidos en los alambres del patio. Lo hago con esas tres enredaderas de la verja, que en la sombra andarán ensayando al son de sus clarines de guerra, el guirigay que despertará a todo el colmenar de esta sierra. A las calas con su blusa abierta enseñando por el escote su vela dorada de amor encendida, ni les hago caso, se bastan solas. A las hortensias las riego con un hilo de vinagre de manzana para azulear su flor de roseta. Las prímulas, las violetas, las clavelinas…Todo está preparado. El olor que para defenderse se ha tenido que hacer fragancia, ya ha sacado billete en el largo tren del viento. Y el color, ese sufrimiento de la luz, que, para sobrevivir, alguien lo ha pintado violento, ya lanza guiños al hervidero ansioso de las abejas, que caerán al fondo del cáliz de las flores, agarrándose a sus estambres como borrachos a las candilejas de la noche, llevando en sus patitas, sin saberlo, el fecundo tesoro del polen para que nunca muera la primavera.

¡Que todo para perpetuarse tenga que hacerse luminoso, bello!

De pronto, en medio de este abril de misiles, yo cubierto de broza, de sudor y sal de la tierra, algo muy simpático se estrella conmigo. Y como aún guardo algo del oro de cuando fui un chaval, demoro el soplo, o ese ademán de echarla con la mano. Dejo que su pequeña vida me corra por la piel. Y la siento por mi brazo como carrerilla de mi niña Aina por el largo pasillo de mi casa. Sus zapatitos negros, como de goma, me taconean también la vida, la mía, ahora detenida por esta pequeña escarlata que lleva el mismo morral de siempre, que me pasa veloz las hojas del álbum de mis primaveras. Y como no tengo nada verde, ni mis venas son nervios de hojas tiernas. Como mis manchas y lunares no son de su estirpe. Como atisba un velado desierto de pelusilla rubia mía, sin rastro de un oasis de aviesos pulgones, deprisa, antes de que levante los élitros, como sé que guardo aún algo del oro de cuando entonces, medio sonriendo, la vuelvo a soñar como a un diente de león, o como a una herradura de siete agujeros, o como a un trébol de cuatro hojas, y recordando aquel deseo pedido y perdido, la soplo…

Y no suelto el hilo de su estela.

Rubén Lapuente Berriatúa  

publicado el 23 de abril de 2026 en el diario La Rioja




domingo, 3 de mayo de 2026

DOSCIENTOS SEIS HUESOS

 


Vivo en una casa tan hundida en esta dulce ladera del bosque de Cameros, que, como la buscaras desde el cielo, tan camuflada como anda con su peluca del diluvio de los pinos, ni entrecerrando los ojos la encontrarías.  

Y solo soy yo quien, a traque barraque, se sube a su tejado a barrerlo de esa eterna verde tormenta. Al principio, mal andaba por esas tejas de barro. Iba como a cuatro patas con una escobilla llevando al canalón todo ese aliño de agujas, y de piñas caídas como granadas de salva al sobresalto del sueño, que vaciaba luego con una larga cuchara de madera, para no acercarme demasiado al abismo del filo del vahído, también al de mi mujer, que a un simple amago traspié mío, tragaba más saliva que la novia de un torero revolcado en la arena.

Y en seguida se me despertó aquel niño mío antiguo, el que hacía equilibrios sobre cualquier bordillo de la infancia, incitándome emocionado a que caminara sin miedo por estas maromas de barro. Y para contentarle, con los brazos en cruz, ya dejo siempre un momento que se me vayan los pies: voy por la enfilada cumbrera como un bohemio funámbulo con su balancín o su sombrilla abierta.

Y una vez recogida la cosecha, empecé a notarme algo extraño y muy adentro, evanescente, como si en las alturas me fuera mágicamente vaciando de mí. Sucede que era verdad eso de que, por los andamios del cielo, los pesares sufren de vértigo. Y yo los veía en su ovillo de tierra retorciéndose, me clamaban abajo.

Y una ingenua complicidad con lo eterno me vino también, como si estuviese haciendo algo trascendental. Aporto mi servidumbre con esta nimiedad a la armonía y belleza del universo haciendo la colada de mi tejado, lanzo un gesto de galantería, un saludo al vasto cielo, correspondo al misterioso jeroglífico del otro lado, e invito a asomarse por el mirador de las estrellas, a algún despistado dios, que vea de tan lustroso, de tan rojo acharolado que lo tengo, tan de talón de lavandera, su zarza en llamas, y a cambio recibo esa íntima sensación de cuando uno se pone una camisa recién lavada.

Y de pateármelo tanto, al final me he aprendido de memoria, por ese variado surtido de verdes lunares que se pintarrajean, la faz de cada una de las tejas. Hasta estoy por ponerles nombres con un alfabeto inventado mío de un inédito idioma de arcilla.

 Y así, mientras tenga esa coartada de barrendero de mi tejado, me calzo el disfraz de bohemio gato borracho de licor de luna cuando quiero. Y me hago sepulturero del lastre del ayer. Y caballeroso con lo eterno. Y hasta oigo dentro el cascabel de un pequeño saltimbanqui que aún no se me ha muerto.

 Pero por ahí abajo, anda la jardinera de los parterres, la que no me quita ojo, y me dice que ya está bien, que baje de una vez, que teme que algún día le falte en mi abrazo, todos, o alguno de mis doscientos seis huesos, que me los ha contado.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el 09/04/2026 en el diarío La Rioja


 


viernes, 1 de mayo de 2026

TATUAJE LA CRUZ DE LA VICTORIA

                                                    


                                       a Tamara

“Eh, Rubén. Ven. Mira detrás de mí. Me he puesto este vestido descubierto por la espalda para enseñártelo. Ya tengo compañía ¿eh? Ya no estoy tan sola en el destierro en la Rioja. ¿Qué? ¿Sorprendido? Y no he dejado sitio ni para la inicial de un futuro amante furtivo. Toda mi espalda desnuda para esa cruz de la victoria, para el símbolo de Asturias, para ese amor mío profundo. Y tú ya sé que me entiendes. Que no es por lo que altanera digo siempre, que Asturias es España y lo demás tierra conquistada. No. Que no es por eso. Que no es un capricho mío la cruz. Si la tengo ahí es para que me señale mi larga ausencia. Todo lo que estoy perdiéndome cada día. Me alejo un poco de mis raíces y todo me gira en torno a esa tierra verde que tiene la caricia de un peluche de lana.

 Y gracias, Rubén, por ese aplauso que me diste al escanciarte alta, muy alta esa botella verde y oscura de pomar de Asturias. Y me puse hasta de puntillas, espigada hasta el dolor, solo para que esa bruma de ámbar se rompiera más brava en el vaso de cristal, que la hace tan bella muchacha, tan dorada. Te dije que esa lozana agridulce no espera a nadie, ni a nada. Sidra para la sed de compartir juntos la vida, y que tiene un único paladar de amigo bebiendo siempre de un mismo vaso. Y de un solo trago ya te engancha su veneno.

Es mi Asturias, Rubén, que escribe con sudor de sangre de carbón su viejo orgullo. Y qué le voy a hacer, si sólo me siento ciudadana del mundo en mi Cangas de Narcea, que una no es de donde pace (que me perdone Logroño) sino de mi casa asturiana con su vieja ventana enmarcando a mi fiel y salvaje maguillo.

¿Te gusta? ¿Conoces la cruz? En el lado derecho del madero ¿ves? cuelga la letra griega alfa, la A, el principio de todo, que coincide con la inicial de mi padre Alfredo, que el caprichoso y maldito azar de una bala perdida de cacería, se lo llevó por delante, y bueno, con el eco de ese grito mío de pavor de niña, voy ahora por las calles de Logroño.

En el otro lado del madero, ¿la ves? He puesto la letra M, como revés de la letra omega que lleva la de verdad (que me perdone don Pelayo), es la inicial del nombre de mi madre, de María Esther, que me he venido a la Rioja para que a ella no le falte de nada. Y con esa dulce amarilla resaca de haber saciado con chucherías la dulce marea de Logroño, todas las mañanas la llamo, que alguien me tiene que radiar los amaneceres.

Cuando acabe esta larga incertidumbre, esta infinita precariedad, claro que volveré. Y no voy a ser mejor asturiana por llevar esta encrucijada de tinta. Ya sé que no. Pero tú, Rubén, tú me conoces. Tú ya sabes lo que llevo a la espalda como a caballito: esa cruz de la victoria con su espuela clavándome en la memoria mi ausencia. Que es principio y final. Y resistencia: que nos sobra valor mientras nos queden piedras”

Rubén Lapuente Berriatúa   

publicado el 12 de marzo del 2026 en el diario la rioja

domingo, 19 de abril de 2026

PALABRAS PARA LOGROÑO

 


Logroño, qué sencillo eres, qué campechano, qué poco ahogas, qué poca prisa nos metes. Sin laberintos, ni sombríos atajos, ni madriguera de salteadores, vives y dejas vivir.

Logroño no te asedia en el trabajo. Invisible holgazán mientras espera a que suene la sirena del mediodía, para mirar cómo empieza tu gozo dudando entre esa miríada de bares que jalonan las calles, porque cada uno despacha una joya culinaria distinta, que te persigue hasta cuando simplemente pasas por debajo del imán de su molinete en el tragaluz de la puerta.

Y qué sería de Logroño sin esa reina calle del Laurel, la que interrumpe la tristeza. Senda de los elefantes la mal llaman, creyendo que todos vamos a salir con una trompa y a cuatro patas, cuando hoy es un exquisito rosario de tabernas con su guirigay de voces, sus tintineos de copas, con la música coral de los ¡mmm, y qué rico! a cada tentempié herido. Y qué de amores nacen en esta estrecha y rebosante calle, al estar acorralados por un amotinado cortejo de miradas.

 Pero eso sería poco, si Logroño no fuera un andén del viejo camino de Santiago hacia uno mismo. Una fuente para aliviar los magullados pies de toda esa multicolor romería de peregrinos que cada día atraviesan la ciudad, sellándola luego en la credencial de su memoria. Y qué menos que cruzar con ellos una sonrisa. Qué menos que decirles al pasar, y bien alto: ¡Buen camino!

Y bien poco, sin ese brazo del río Ebro que ya nos toma de la cintura, cuando hasta ayer tan sólo era el espejo del monótono pasar de las nubes. El domingo vi a una pareja asomada al puente de hierro arrojando unas llaves al río, habían prendido antes a un barrote un candado con sus nombres dentro de un corazón. Quizá no saben[R1]  que el frío edil de turno, cizalla en mano, cómo los cientos anteriores, lo serrará mañana. Pero aun así vendrán siempre buscando en las aguas del río, en el destello de unas llaves, su fidelidad.

Y yo no sé qué olvidamos o buscamos en el Casco Antiguo que volvemos y volvemos siempre. Yo paseo por Portales, y me viene sin querer a la cabeza alguien, y mágicamente se me aparece.

Pero, bien poco, sin ese enjambre de mercaderes, sin ese glamour luciendo en las mil y una lunas de los escaparates, que te obliga, para verlo todo, a pasear por las calles, de perfil, como ese egipcio bailando en un friso de la antigua Tebas.

Y para verlo tendido, subo al monte Cantabria. Desde ahí, Logroño tiene melena rizada de río: la tilde de la eñe es un meandro del Ebro con caladero de peces para el orgullo de resistir cualquier nuevo largo asedio gabacho. Desde aquí, las dos espigadas torres de la Redonda, como dos enredaderas de piedra, aunque algo encogidas por el progreso, aún pugnan de puntillas por tocar el manto de Jesús. Desde aquí, viendo los cipreses, fosforecen los huesos amados, sube el vaho del amor y del dolor, del recuerdo siempre.

Desde aquí, sabes que hay un misterio que te empuja a seguir. Desde aquí comprendes que la vida, por encima de cualquier cosa, es ver crecer lo que amas.

Rubén Lapuente Berriatúa       publicado en el periódico La Rioja 




lunes, 6 de abril de 2026

SOLAMENTE TU MANO

 


Fue después de aquel largo viaje de una rosa enferma (así la veía yo) tirada en el diván de la casa. Con su regular cita los miércoles en la suite del box del desasosiego. Donde ahí sentada, obediente, somnolienta, se bebía de un largo trago todo el veneno redentor de un licor de otoño que la iba deshojando poco a poco. Fue tras acabar ese protocolo frío que tan maleadas muchachas devuelve, y solo al llegar la noche. Se extinguían sobre los párpados esas chiribitas que espolvorea la luz de la mesilla al apagarla, cuando entonces, extrañamente, me daba la mano. Y no perdía ni un segundo. Y no creo que fuera para regalarme el tesoro mejor de su sueño, que antes de la enfermedad no me la daba. Se aferraba a algo que había perdido. Quizá, porque valiente le había dado la espalda a una de esas grageas que subía a descolgarle a su campanario el badajo de la noche, o quizá fuera para atarse al noray de mi mano, por si en la madrugada le despertaba el sobresalto de un timbre o de un trueno en el sueño, o tal vez para tomar impulso, prepararse, que no es lo mismo estar vivo que vivir. Volver a encontrarse con la añorada rutina de antes de que aquel arquero ciego probara en su inocente carne, su maldita ciega puntería.

Yo no sé, pero qué más me daba. Yo tenía una mano con su dorso y su palma y sus cinco dedos. Un pequeño puente hecho de una urdimbre de falanges con arroyos de nervios y venas: un injerto de una mano a otra creciendo como una sola.

Y no me regalaría su joya más preciada, pero mira lo que había ganado: Tenerla, así, como un sapito que duerme tranquilo, oyéndola pasar de su charca aún tachonada de alfileres, un croar de vaivén de nana de cuna que busca el sueño.

Pero desde hace un tiempo ya no me la da. ¿Ya no la necesita?

De esta enfermedad parece que se sale. Y ella ya navega libre y sola. Pero no es la misma de antes. Quizá vive sabiendo que nadie le dirá que ya está curada del todo. Nadie que fue un mal sueño, como si anduviera por ahí en su establo, agazapado, el hijo del mismo sicario de antes: el único que hereda el camino de regreso.

No, no es la misma. ¿Pero qué piel vapuleada vuelve a tender al sol del mediodía su vestido de novia? ¿En qué cuneta del largo dolor desentierra uno esa pieza que le falta al rompecabezas del deseo?

Sí. Ya no me da la mano. Ya no la tengo. Pero, ¿y si soy yo mañana el que, a la noche, desesperadamente busca la suya? ¿Estará ahí? ¿La tendré? ¿Y qué croar de nana de cuna de mimbre llevará la corriente de mi sangre?

Dicen que nacemos y morimos solos. Pero a partir de cierta edad… ¿Qué mano nos espera?  ¿Tendremos rauda alguna?  ¿Quién se quedará primero huérfano de ese cálido sapito entre las manos? ¿En qué lado de la cama dormirá para siempre el vértigo?

Rubén Lapuente Berriatúa      Publicado en el diario La Rioja