Hoy juego
con ella a que finja quedarse patitiesa, inmóvil, como muertecita, mientras voy
contando los segundos que me aguanta, sin reírse, al irle haciendo cosquillas en
la planta de sus dos panecillos pies.
Espera,
Aina, tienes que ensayar primero. Relájate. Pon cara de haberte dado un patatús.
No muevas un músculo, ni los del pelo. Te juegas una medalla de oro. El ser la
campeona del mundo mundial en aguantar mis cosquillas sin que tu boca suelte una
risotada.
Y
ahí tendida en la alfombra, lánguida y bella princesa desmayada, me miré a mí
mismo en toda esa dulce inocencia de sus cuatro años entrando en mi propia niñez
dormida.
Vamos
a ver, Aina, si son de plomo estos brazos. Si se me empañan los ojos de tu
aliento. ¡Oh, si estás tan fría como una baldosa! ¡Si las lagrimitas en tus pestañas
son ya carámbanos! ¡Si se te ha roto el muelle de los párpados! ¡Oh, qué pena! Habrá
que tirar a esta niña a la basura como la piel de una naranja, como el corazón
de una manzana, como ese triciclo tuyo, ya sin manilla ni ruedas.
¡Espera!
¡Espera! ¡Si oigo aún un tamborcillo sonando por las entretelas de tu corazón
de azúcar! ¡Si estoy a tiempo! ¡Si aún puedo revivirte con tan sólo rozar la
planta de tus pies con la yema de mis dedos!
Pero,
la pilla Aina, no aguanta, se lleva su manecita de cuatro años a la boca, se la
tapa, y no evita que salga su risa por la celosía de sus dedos. Se lo paso. No
la amonesto. Que se trata de la hazaña de aguantar lo irresistible. Yo voy desgranando
los números, los segundos, y cuando ya llego a la centena, le grito que ya ha
batido el récord. Digo su nombre como si lo oyera con un megáfono en un estadio,
y la hago subirse al pódium de la mesa baja de la sala con el paripé de ponerle
una imaginaria medalla de oro al cuello, para luego llevarle su mano abierta al
sitio del corazón, mientras le tarareo la marcha real, el himno nuestro con su na,
na, nana…, a falta de letra.
Todo
acaba, para empezar de nuevo. Otra vez, y otra vez, me dice. La eternidad cabe
en una sola hora con esta niña tendida en la alfombra, fría de fingida muerte
despierta, con los brazos de plomo al soltarlos, con el muelle de sus parpados
roto, ofreciéndome sus dos tiernos panecillos pies como quien pierde la alegría.
Qué hermoso juego este de resistir lo irresistible de unas cosquillas a flor de
una piel de porcelana.
Ahora
su amañada marca está en cien segundos. Le saco una foto furtiva en el móvil -no
abras los ojos- le digo, y la guardo en el álbum de una falsa nube de algodón, con
un rótulo que dice “por si pierdo la memoria”. Y seguro que al abrirla en el
tiempo, hace el milagro de devolvérmela, luminosa.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado el 12 de febrero de 2026 en el diario La Rioja

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