Fue
después de aquel largo viaje de una rosa enferma (así la veía yo) tirada en el
diván de la casa. Con su regular cita los miércoles en la suite del box del desasosiego.
Donde ahí sentada, obediente, somnolienta, se bebía de un largo trago todo el veneno
redentor de un licor de otoño que la iba deshojando poco a poco. Fue tras acabar
ese protocolo frío que tan maleadas muchachas devuelve, y solo al llegar la
noche. Se extinguían sobre los párpados esas chiribitas que espolvorea la luz
de la mesilla al apagarla, cuando entonces, extrañamente, me daba la mano. Y no
perdía ni un segundo. Y no creo que fuera para regalarme el tesoro mejor de su
sueño, que antes de la enfermedad no me la daba. Se aferraba a algo que había perdido.
Quizá, porque valiente le había dado la espalda a una de esas grageas que subía
a descolgarle a su campanario el badajo de la noche, o quizá fuera para atarse al
noray de mi mano, por si en la madrugada le despertaba el sobresalto de un
timbre o de un trueno en el sueño, o tal vez para tomar impulso, prepararse,
que no es lo mismo estar vivo que vivir. Volver a encontrarse con la añorada rutina
de antes de que aquel arquero ciego probara en su inocente carne, su maldita ciega
puntería.
Yo
no sé, pero qué más me daba. Yo tenía una mano con su dorso y su palma y sus
cinco dedos. Un pequeño puente hecho de una urdimbre de falanges con arroyos de
nervios y venas: un injerto de una mano a otra creciendo como una sola.
Y no
me regalaría su joya más preciada, pero mira lo que había ganado: Tenerla, así,
como un sapito que duerme tranquilo, oyéndola pasar de su charca aún tachonada
de alfileres, un croar de vaivén de nana de cuna que busca el sueño.
Pero
desde hace un tiempo ya no me la da. ¿Ya no la necesita?
De
esta enfermedad parece que se sale. Y ella ya navega libre y sola. Pero no es
la misma de antes. Quizá vive sabiendo que nadie le dirá que ya está curada del
todo. Nadie que fue un mal sueño, como si anduviera por ahí en su establo,
agazapado, el hijo del mismo sicario de antes: el único que hereda el camino de
regreso.
No,
no es la misma. ¿Pero qué piel vapuleada vuelve a tender al sol del mediodía su
vestido de novia? ¿En qué cuneta del largo dolor desentierra uno esa pieza que
le falta al rompecabezas del deseo?
Sí. Ya
no me da la mano. Ya no la tengo. Pero, ¿y si soy yo mañana el que, a la noche,
desesperadamente busca la suya? ¿Estará ahí? ¿La tendré? ¿Y qué croar de nana
de cuna de mimbre llevará la corriente de mi sangre?
Dicen
que nacemos y morimos solos. Pero a partir de cierta edad… ¿Qué mano nos espera?
¿Tendremos rauda alguna? ¿Quién se quedará primero huérfano de ese cálido
sapito entre las manos? ¿En qué lado de la cama dormirá para siempre el vértigo?
Rubén Lapuente Berriatúa Publicado en el diario La Rioja
