RECITALES Y ARTÍCULOS

domingo, 19 de abril de 2026

PALABRAS PARA LOGROÑO

 


Logroño, qué sencillo eres, qué campechano, qué poco ahogas, qué poca prisa nos metes. Sin laberintos, ni sombríos atajos, ni madriguera de salteadores, vives y dejas vivir.

Logroño no te asedia en el trabajo. Invisible holgazán mientras espera a que suene la sirena del mediodía, para mirar cómo empieza tu gozo dudando entre esa miríada de bares que jalonan las calles, porque cada uno despacha una joya culinaria distinta, que te persigue hasta cuando simplemente pasas por debajo del imán de su molinete en el tragaluz de la puerta.

Y qué sería de Logroño sin esa reina calle del Laurel, la que interrumpe la tristeza. Senda de los elefantes la mal llaman, creyendo que todos vamos a salir con una trompa y a cuatro patas, cuando hoy es un exquisito rosario de tabernas con su guirigay de voces, sus tintineos de copas, con la música coral de los ¡mmm, y qué rico! a cada tentempié herido. Y qué de amores nacen en esta estrecha y rebosante calle, al estar acorralados por un amotinado cortejo de miradas.

 Pero eso sería poco, si Logroño no fuera un andén del viejo camino de Santiago hacia uno mismo. Una fuente para aliviar los magullados pies de toda esa multicolor romería de peregrinos que cada día atraviesan la ciudad, sellándola luego en la credencial de su memoria. Y qué menos que cruzar con ellos una sonrisa. Qué menos que decirles al pasar, y bien alto: ¡Buen camino!

Y bien poco, sin ese brazo del río Ebro que ya nos toma de la cintura, cuando hasta ayer tan sólo era el espejo del monótono pasar de las nubes. El domingo vi a una pareja asomada al puente de hierro arrojando unas llaves al río, habían prendido antes a un barrote un candado con sus nombres dentro de un corazón. Quizá no saben[R1]  que el frío edil de turno, cizalla en mano, cómo los cientos anteriores, lo serrará mañana. Pero aun así vendrán siempre buscando en las aguas del río, en el destello de unas llaves, su fidelidad.

Y yo no sé qué olvidamos o buscamos en el Casco Antiguo que volvemos y volvemos siempre. Yo paseo por Portales, y me viene sin querer a la cabeza alguien, y mágicamente se me aparece.

Pero, bien poco, sin ese enjambre de mercaderes, sin ese glamour luciendo en las mil y una lunas de los escaparates, que te obliga, para verlo todo, a pasear por las calles, de perfil, como ese egipcio bailando en un friso de la antigua Tebas.

Y para verlo tendido, subo al monte Cantabria. Desde ahí, Logroño tiene melena rizada de río: la tilde de la eñe es un meandro del Ebro con caladero de peces para el orgullo de resistir cualquier nuevo largo asedio gabacho. Desde aquí, las dos espigadas torres de la Redonda, como dos enredaderas de piedra, aunque algo encogidas por el progreso, aún pugnan de puntillas por tocar el manto de Jesús. Desde aquí, viendo los cipreses, fosforecen los huesos amados, sube el vaho del amor y del dolor, del recuerdo siempre.

Desde aquí, sabes que hay un misterio que te empuja a seguir. Desde aquí comprendes que la vida, por encima de cualquier cosa, es ver crecer lo que amas.

Rubén Lapuente Berriatúa       publicado en el periódico La Rioja 




lunes, 6 de abril de 2026

SOLAMENTE TU MANO

 


Fue después de aquel largo viaje de una rosa enferma (así la veía yo) tirada en el diván de la casa. Con su regular cita los miércoles en la suite del box del desasosiego. Donde ahí sentada, obediente, somnolienta, se bebía de un largo trago todo el veneno redentor de un licor de otoño que la iba deshojando poco a poco. Fue tras acabar ese protocolo frío que tan maleadas muchachas devuelve, y solo al llegar la noche. Se extinguían sobre los párpados esas chiribitas que espolvorea la luz de la mesilla al apagarla, cuando entonces, extrañamente, me daba la mano. Y no perdía ni un segundo. Y no creo que fuera para regalarme el tesoro mejor de su sueño, que antes de la enfermedad no me la daba. Se aferraba a algo que había perdido. Quizá, porque valiente le había dado la espalda a una de esas grageas que subía a descolgarle a su campanario el badajo de la noche, o quizá fuera para atarse al noray de mi mano, por si en la madrugada le despertaba el sobresalto de un timbre o de un trueno en el sueño, o tal vez para tomar impulso, prepararse, que no es lo mismo estar vivo que vivir. Volver a encontrarse con la añorada rutina de antes de que aquel arquero ciego probara en su inocente carne, su maldita ciega puntería.

Yo no sé, pero qué más me daba. Yo tenía una mano con su dorso y su palma y sus cinco dedos. Un pequeño puente hecho de una urdimbre de falanges con arroyos de nervios y venas: un injerto de una mano a otra creciendo como una sola.

Y no me regalaría su joya más preciada, pero mira lo que había ganado: Tenerla, así, como un sapito que duerme tranquilo, oyéndola pasar de su charca aún tachonada de alfileres, un croar de vaivén de nana de cuna que busca el sueño.

Pero desde hace un tiempo ya no me la da. ¿Ya no la necesita?

De esta enfermedad parece que se sale. Y ella ya navega libre y sola. Pero no es la misma de antes. Quizá vive sabiendo que nadie le dirá que ya está curada del todo. Nadie que fue un mal sueño, como si anduviera por ahí en su establo, agazapado, el hijo del mismo sicario de antes: el único que hereda el camino de regreso.

No, no es la misma. ¿Pero qué piel vapuleada vuelve a tender al sol del mediodía su vestido de novia? ¿En qué cuneta del largo dolor desentierra uno esa pieza que le falta al rompecabezas del deseo?

Sí. Ya no me da la mano. Ya no la tengo. Pero, ¿y si soy yo mañana el que, a la noche, desesperadamente busca la suya? ¿Estará ahí? ¿La tendré? ¿Y qué croar de nana de cuna de mimbre llevará la corriente de mi sangre?

Dicen que nacemos y morimos solos. Pero a partir de cierta edad… ¿Qué mano nos espera?  ¿Tendremos rauda alguna?  ¿Quién se quedará primero huérfano de ese cálido sapito entre las manos? ¿En qué lado de la cama dormirá para siempre el vértigo?

Rubén Lapuente Berriatúa      Publicado en el diario La Rioja