RECITALES Y ARTÍCULOS

lunes, 27 de octubre de 2025

EL BIOMBO

 


Fue de casualidad. Pasábamos mi mujer y yo por delante de aquella tienda de muebles de Vara de Rey, y una flecha dorada de Cupido nos alcanzó de lleno a los dos. Venía del escaparate, de un biombo de ahí expuesto que nos hizo pegar la nariz al cristal, y ver en ese cuerpo de madera, lo que le faltaba a la memoria de la casa.

Maldecimos al azar por no habernos presentado antes. Sabíamos de siempre que en nuestro dormitorio nos faltaba algo que cerrara nuestra intimidad y, ahí lo teníamos. Por su piel, aún se le escapaba una gota ámbar bien visible desde la calle, como si fuera la última lágrima del dolor de serrarle la vida.

Entramos ya con la decisión tomada, y mientras la vendedora se esforzaba en alabar su belleza, su exquisitez, su profusa talla tan enramada de laureles y pámpanos, yo enjugaba con la uña esa última gota o lágrima dura de su savia rota.

 Y nos compramos el biombo.

Lo pusimos en nuestro dormitorio, junto a la cama, y de la manera que colocaría una barrera el portero de un equipo de futbol. Desde la puerta del dormitorio mi mujer hacía de cancerbera: “un poco a la derecha, no tanto, esa hoja última gírala un poco más, así, así, perfecto”. Desde la puerta ya nadie podría meternos un gol por toda la escuadra.

Y nos dio algo más de intimidad, ganamos un periquete para estar más presentables por si entraban como elefantes en cristalería esos bajitos sin modales de la casa. Recuerdo todo esto ahora, porque ya les salieron a los enanos pieles rojas alas para volar de casa, y han dejado al biombo como desamparado, sin destino, huérfano de su noble y casta causa.

Pero siempre será el último cerrojo de nuestro dormitorio. Y sigue dándole a nuestra alcoba un aire como de suite de saloon del oeste desvergonzado. En una de sus hojas descansan siempre mis pantalones. Vivaquea de una esquina mi camisa. Si fuera un cowboy colgaría también el sombrero de ala ancha, las botas con espuela de estrella de cinco puntas, y la cartuchera con la culata de mi revólver asomándose como una víbora de plata. Luego entra ella por un lado y… ¡Ale hop!, planta en el medio esa prenda que tiene allí en lo alto algo de doble triángulo celestial, que te evoca como dos mascarones de proa abriéndose paso por entre las olas de la casa. Luego, cuelga la falda y… ¡Ale hop!, aparece por el otro lado la misma, pero, oh milagro, qué hermosamente distinta.

 Y aunque la casa anda ya sin más pasos que los nuestros, no te plegaremos amigo biombo, que viendo desde dentro del edén de las sábanas, todo ese sugestivo paisaje en tu atalaya, que otra cosa mejor podemos hacer si no es apagar ya los malditos móviles, y de paso mirar de reojo tras los cristales de la ventana, por si encima tenemos la suerte de que… ¡amenace tarde de lluvia!

Rubén Lapuente Berriatúa      publicado  25/9/2025 en el diario La Rioja 


miércoles, 1 de octubre de 2025

VINO PARTISANO

 


Visitando el lagar de un bodeguero de la sierra de Contraviesa, me traje unas botellas de su vino natural, salvaje. Un vino de sus rebecos viñedos.

Le dije que no era muy amante de los caldos tradicionales por esa quizá alergia que me provocaban, dándome en seguida dolor de cabeza. Que supongo no sería culpa del vino que es inocente. Hay algo en ellos, no es el alcohol, que mal se me enreda dentro.

Angelicales del todo no son, me dijo. Algunos los manipulan tanto que los vuelven dóciles como un guante, les quitan su verdad, su carácter. Eh, pero ojo con este mío, desde el primer sorbo no se te va a subir a la cabeza, que no he utilizado herbicidas, ni pesticidas, ni siquiera abonos químicos. Y si no llueve, que aquí no se riega, ya está la benditera niebla santiguando a los labios de los sedientos pámpanos. Además, siempre he buscado un reflejo de la añada, dejando que fuera la uva la que expresara su carácter, sin añadirle ni quitarle nada: Ni levaduras seleccionadas, ni otro tipo de bacterias para acelerar la fermentación, hecha con los mismos hollejos.

Me dijo, que su vino ni lo había clarificado ni casi filtrado, que él solo se había hecho mayor. Además, no tenía ni una pizca de sulfito añadido en ningún momento del proceso de elaboración. Ah, y que, bajo la soledad del cielo de mi paladar riojano, el que deja memoria, disfrutara de él. Que yo ya sabía de qué altas cumbres de cielo granadino venía, de qué manos vendimiado, en que cárcel libre florecido. Y verás, Rubén, cómo te conquista y se corona como el rey del barranco oscuro de tu boca.

Y no quise probarlo ahí. Me llevé unas botellas, y le dije que ya le mandaría en un correo mis sensaciones.

Tenías razón, Manuel, el vino no siempre es inocente. La alergia venía de tejemanejes, de sobar de sulfitos la espuma. Y no sabes cómo me sorprendió este singular vino tuyo, el que sé, labraste grano a grano, ahí donde pacen tus tímidos verdes rebecos. Vino turbio como agua oscura de pozo. Y lo saboreé aquí, en la Rioja, tranquilo y amable, recordando su paisaje granadino. Y no sólo de aquel del final del verano, cuando las vides ya colmadas, danzaban vanidosas sus pendientes de negros soles, sino también del otro paisaje, el olvidado, aquel del frío invierno de las Alpujarras granadinas, cuando las desnudas cepas, centinelas de vacíos odres que la nieve lavaba, se retorcían titiritando en esa soledad y angustia lorquiana, de la que sólo pueden salir puras añadas de rojo terciopelo.

 

Sí, Manuel, vino negro de tu barranco oscuro. Vino partisano, único, sublevado. Puro como una piedra, enseñándote al pie del cielo, la orgullosa cicatriz de su parto natural bajo las mismas estrellas que vería Federico.

 Vino como la poesía, Manuel, solo para una inmensa minoría.


Rubén Lapuente Berriatúa 

                             publicado el 11/9/2025 en el diario La Rioja