RECITALES Y ARTÍCULOS

domingo, 22 de febrero de 2026

COSQUILLAS

  


Hoy juego con ella a que finja quedarse patitiesa, inmóvil, como muertecita, mientras voy contando los segundos que me aguanta, sin reírse, al irle haciendo cosquillas en la planta de sus dos panecillos pies.

Espera, Aina, tienes que ensayar primero. Relájate. Pon cara de haberte dado un patatús. No muevas un músculo, ni los del pelo. Te juegas una medalla de oro. El ser la campeona del mundo mundial en aguantar mis cosquillas sin que tu boca suelte una risotada.

Y ahí tendida en la alfombra, lánguida y bella princesa desmayada, me miré a mí mismo en toda esa dulce inocencia de sus cuatro años entrando en mi propia niñez dormida.

Vamos a ver, Aina, si son de plomo estos brazos. Si se me empañan los ojos de tu aliento. ¡Oh, si estás tan fría como una baldosa! ¡Si las lagrimitas en tus pestañas son ya carámbanos! ¡Si se te ha roto el muelle de los párpados! ¡Oh, qué pena! Habrá que tirar a esta niña a la basura como la piel de una naranja, como el corazón de una manzana, como ese triciclo tuyo, ya sin manilla ni ruedas.

¡Espera! ¡Espera! ¡Si oigo aún un tamborcillo sonando por las entretelas de tu corazón de azúcar! ¡Si estoy a tiempo! ¡Si aún puedo revivirte con tan sólo rozar la planta de tus pies con la yema de mis dedos!

Pero, la pilla Aina, no aguanta, se lleva su manecita de cuatro años a la boca, se la tapa, y no evita que salga su risa por la celosía de sus dedos. Se lo paso. No la amonesto. Que se trata de la hazaña de aguantar lo irresistible. Yo voy desgranando los números, los segundos, y cuando ya llego a la centena, le grito que ya ha batido el récord. Digo su nombre como si lo oyera con un megáfono en un estadio, y la hago subirse al pódium de la mesa baja de la sala con el paripé de ponerle una imaginaria medalla de oro al cuello, para luego llevarle su mano abierta al sitio del corazón, mientras le tarareo la marcha real, el himno nuestro con su na, na, nana…, a falta de letra.

 

Todo acaba, para empezar de nuevo. Otra vez, y otra vez, me dice. La eternidad cabe en una sola hora con esta niña tendida en la alfombra, fría de fingida muerte despierta, con los brazos de plomo al soltarlos, con el muelle de sus parpados roto, ofreciéndome sus dos tiernos panecillos pies como quien pierde la alegría. Qué hermoso juego este de resistir lo irresistible de unas cosquillas a flor de una piel de porcelana.

Ahora su amañada marca está en cien segundos. Le saco una foto furtiva en el móvil -no abras los ojos- le digo, y la guardo en el álbum de una falsa nube de algodón, con un rótulo que dice “por si pierdo la memoria”. Y seguro que al abrirla en el tiempo, hace el milagro de devolvérmela, luminosa.

Rubén Lapuente Berriatúa 

publicado el 12 de febrero de 2026 en el diario La Rioja


viernes, 13 de febrero de 2026

SAN VALENTIN

 


Las rosas hacen muy bien su trabajo, sobre todo mañana en ese hermoso día de corazones de San Valentín. San Valentín, aquel sacerdote en Roma que, en aquellos años de persecución del cristianismo, desposaba en secreto a los soldados con sus prometidas. Los emperadores romanos, politeístas, querían soldados sin evangelios, solteros, sin ataduras, despegados de las cosas del querer, que así eran mucho más aguerridos en el campo de batalla. Descubierto, Valentín fue arrestado y confinado en las mazmorras, donde el oficial encargado de su custodia le retó a devolverle la vista a su hija Julia. El joven sacerdote aceptó el reto y en nombre de Dios devolvió la vista a la joven. Pero a pesar del milagro, Valentín siguió preso, y el 14 de febrero del año 269 fue lapidado y decapitado.

La leyenda cuenta que Valentín, enamorado de Julia, envió una nota de despedida a la muchacha en la que firmaba: "De tu Valentín", de ahí la expresión anglosajona con la que se firman todavía las cartas de amor: "From your Valentine". Julia, agradecida, plantó un hermoso rosal junto a la tumba de su enamorado.  

Sí, las rosas hacen muy bien su trabajo, y a pesar de que ya no nacen del corazón de la tierra, de que ya no sufren para reinar en el rocío. Bajo la toilette de cristal de las nuevas rosaledas, suspendidas, sin tierra, sin sol, imitando a los alados y sosos tomates, nacen tan perfectas, tan bellas con su piel de rojo o rosa o amarillo o azul terciopelo ardiente. La pena es que vienen rociadas de un aséptico olor: Todavía imposible coserles ese volandero perfume único que tiene una rosa nacida de la bodega de la tierra. Pero da igual. Para casi toda mujer, cada ramo guarda una fecha grabada, un rostro diferente, una nueva cita en el jarrón de cada catorce de febrero. Y por encima de todo, para ellas, es un sentimiento.

Por eso, para muchos hombres, las rosas son el mejor aliado para un remiendo. Sobre todo, cuando hay que pegar un trocito roto dentro de un descuidado regazo. Y ahí están. Y mejor ramos de rojo rocío y rubí ardiendo, que esos sacan melindres de niña en carne madura y ciegos besos eternos de esos de final de película rosa.

Son nuestra celestina. La manera de decirla esas palabras que, a partir de cierta edad, no sabes por qué no te salen espontáneas, como si te diera pudor un “te quiero” acercándose a esos trillados labios de toda la vida. Quizá sea por culpa de ese deseo, que con los años se apacigua, le salen arrugas, y lo que has ido callando por sabido, ese “te amo” que no dijiste un día, se va amontonando uno sobre otro y otro…, y pesa y pesa…, y miedoso ya no se atreve a salir de la garganta.

Pero ahí están. Basta esa sorpresa de un ramo apareciéndose por detrás de la espalda, para que, ¡ale hop!, zarandee la rutina y vuelva el deseo de los besos al redil.

Sí, las rosas hacen muy bien su trabajo…

                   Ahora que el amor, ya no es aquel incendio.

Rubén Lapuente Berriatúa   Publicado en el diario La Rioja 


viernes, 23 de enero de 2026

PEPPA PIG

 


Yo no he tenido de niño una mascota de dibujos animados, y es que ni recuerdo si los había en mi niñez. Vivíamos en las calles como ahora sentados en un sofá frente a una pantalla. Hasta que el progreso del mágico teletrabajo acercó a Logroño a mi nieta Aina, con su cerdita Peppa pig bordada en su jersey. Por debajo del algodón, andan también su hermanito George, su mamá y su papá y todos con su gruñido ¡oenc, oenc! Deliciosa familia de dibujos, cerditos todos ellos. Peppa es cariñosa, juguetona, mandona, y se burla constantemente de la gran barriga de su padre, tanto que la contraseña que puso después de verlo atrapado al intentar atravesar la puerta de su casa del árbol, fue: la barrigona de papá. Luego está el más pequeñajo, con su fingido vómito cuando le preguntan, ¿qué opinas tú, George? blandiendo su dinosaurio con su seguido grito de guerra ¡Grrr! Papá Pig es un poco vago, olvidadizo, pierde cosas y dulcemente fracasa en todo lo que intenta llevar. ¡Qué tonto eres papi! le dice Peppa siempre. Mamá Pig hace de todo, incluido su trabajo desde el ordenador, sensata, y como su marido, verracos en su panza. Y en la serie siempre hay, un por favor, un gracias, que te sorprende y se agradece. Y no reflejan lo que debería ser la sociedad, sino lo que va siendo. Los han puesto de pie, nos imitan. Y comprendes lo que sería de los niños sin la rebeldía, sin la desobediencia, sin un pellizco de pillería, sin oír el no quiero.

Y como buenos cerditos guardan las tradiciones. A toda la familia lo que más les gusta es saltar en los charcos de barro, patalear y tirarse todos a la tierra, compartir a la vez la alegría de vivir, riéndose patas arriba.

Ahora estos cerdos barrigones, pequeños, vietnamitas, son las nuevas mascotas. Los pondría de moda la serie, como también los arrumacos que comparten en las redes los extravagantes famosos.   Ah, y no huelen mal, eso es algo que depende del sitio donde los metas. No se te ocurra encerrarlos en una pocilga. Y es que, si no tienes una casa con jardín o el acceso a un parque público, que para su salud mental necesitan excavar la tierra, si no tienes eso que ofrecerles, entonces Peppa pig no es para ti.

Cuando tengo a Aina en casa, devoramos unos cuantos capítulos juntos. Yo le explico lo que creo no entiende a sus cuatro años, y me rio y me vuelvo niño cerdito con ella: pataleamos boca arriba en la alfombra, como hacen ellos al final de los capítulos.

Hace unos días en la comida de año nuevo, nos dimos cuenta enseguida. Me vino el espanto al hornear el asado. Y a escondidas tiramos en la bolsa de la basura con su narizota, sus dos ojos, su papada, su morro, sus orejas puntiagudas, con la incipiente roseta de cerdita de niña en los pómulos, la cabeza dorada de Peppa pig.

Abu, ¿qué comes?, me dijo Aina mientras enarbolaba en su tenedor la bandera de sus sabrosos macarrones con tomate.

Lo que se calla produce dolor.

Rubén Lapuente Berriatúa  

 

Publicado el 15 de enero de 2026 en el diario La Rioja