RECITALES Y ARTÍCULOS

miércoles, 20 de mayo de 2026

LA PEONZA

 


La peonza. Te parecerá baladí, poca cosa, pero es tan antigua como el mundo. Antes de ser juguete la hacían girar para hacer fuego. Luego en Grecia se abandonaba la niñez ofreciéndosela a los dioses: los niños entraban en la mocedad despojándose de su inocencia, encarnada en esa su inseparable peonza.

Es casi invisible hoy. La vida ahora de un niño es otra, programada. Que no sabe que su calle aún sueña con aquellos balones disfrazados de belcebú que mordían los cristales, y con ese paisaje de rayuelas, de garabatos de tiza de colores en las aceras, que solo se atrevía a borrar la lluvia.

La encontré al vaciar la casa de mis padres cerrada por la muerte. Es la mía. Tiznada. La toco y me quema la savia de sus días azules. Tiene vida. Diez años más joven que yo. Aún con limaduras de apretado color de lapiceros de mi mano infantil. Y la recuerdo como un carrusel de colores mientras bailaba. Oh, tiene mis huellas. Bajo un hilillo del agua, la despierto. Le lavo la cara de las sombras de abandonarla. Y ni la restriego por si pierde el oro viejo de su pátina: La seco con mi aliento. Recuerdo que hasta alguno de nuestra pandilla la fabricaba con madera de haya o encina, trabajada a mano, usando como rejón un clavo sin cabeza. Y junto a los libros, lápices, cuadernos, en mi cartera de cuero volaba rumbo al colegio apretada al bocadillo del mediodía.

Es la mía. Llena de tumbos del niño que fui. De vitola de tirones de zumbel. Cordón que lo ataba a su coronilla, o a una moneda con agujero que hacía de tope entre mis dedos al lanzarla. Luego en la piel de loza de mi palma estirada, danzaba hasta emborracharse. Jugábamos a saber quién la bailaba por más tiempo, hasta verla tumbarse, perder el sentido, y rodar hasta la cabriola final de pararse en seco. Y si ganabas alcanzabas la estima y la envidia. Te la pedían para escrudiñar su filo, sus tatuajes, su piel, su secreto.

Y también jugábamos a sacar las cuatro perras (calderilla robada del monedero de mamá), de un círculo de tiza pintado en la calle. Había que echarlas de esa cárcel redonda con la peonza siempre bailando. La lanzabas sobre las monedas hasta despedirlas del círculo. Todas las que abandonaban su encierro, bien de golpe directo, o impulsándolas con la punta de hierro, eran para hacer florecer chucherías en el bolsillo casi roto del pantalón de uno.

En mi mano la sopeso, la reconozco. Y me trae grabada la cara del corro de aquellos capitanes de diez años que no he vuelto a ver nunca más, por esa maldita mudanza de ciudad que me dejó huérfano de infancia.

Y me la llevo al estante más privilegiado y luminoso de la casa. Y todo lo de a su alrededor, libros, fotos, recuerdos, no sabes cómo se empequeñecen.

Tiene entraña de oro su pequeño corazón de tiovivo. Y recupero a ese antiguo niño mío mirándome de frente…

Que comparte conmigo, la misma herida del tiempo.

Rubén Lapuente Berriatúa   

publicado en el diario la Rioja


sábado, 9 de mayo de 2026

LA MARIQUITA

 


En un rincón de esta primavera, con mis torpes manos de aprendiz de jardinero, aderezo las plantas como esa mujer se perfila los labios para gustarse y gustar. Y yo no sé si es la misma primavera siempre. En la anterior hice una cicatriz, un beso con la uña a esa planta favorita mía, y la buscaré ahora en este su abril nuevo, para ver si la desenmascaro, que me gustaría fuera la misma, con su misma flor llagada ahora, como nuestras primaveras, unas encima de las otras, para ser siempre los mismos, aunque más heridos.  

Y mis manos las preparan para los días de su graduación, más tardía aquí en Cameros. Hay una manera de podarlas hacia la gloria de su puesta de largo. Lo hago con las ramas de las glicinias para que sus racimos de flores se vean como esos largos calcetines malvas de cierta muchacha, que veo tendidos en los alambres del patio. Lo hago con esas tres enredaderas de la verja, que en la sombra andarán ensayando al son de sus clarines de guerra, el guirigay que despertará a todo el colmenar de esta sierra. A las calas con su blusa abierta enseñando por el escote su vela dorada de amor encendida, ni les hago caso, se bastan solas. A las hortensias las riego con un hilo de vinagre de manzana para azulear su flor de roseta. Las prímulas, las violetas, las clavelinas…Todo está preparado. El olor que para defenderse se ha tenido que hacer fragancia, ya ha sacado billete en el largo tren del viento. Y el color, ese sufrimiento de la luz, que, para sobrevivir, alguien lo ha pintado violento, ya lanza guiños al hervidero ansioso de las abejas, que caerán al fondo del cáliz de las flores, agarrándose a sus estambres como borrachos a las candilejas de la noche, llevando en sus patitas, sin saberlo, el fecundo tesoro del polen para que nunca muera la primavera.

¡Que todo para perpetuarse tenga que hacerse luminoso, bello!

De pronto, en medio de este abril de misiles, yo cubierto de broza, de sudor y sal de la tierra, algo muy simpático se estrella conmigo. Y como aún guardo algo del oro de cuando fui un chaval, demoro el soplo, o ese ademán de echarla con la mano. Dejo que su pequeña vida me corra por la piel. Y la siento por mi brazo como carrerilla de mi niña Aina por el largo pasillo de mi casa. Sus zapatitos negros, como de goma, me taconean también la vida, la mía, ahora detenida por esta pequeña escarlata que lleva el mismo morral de siempre, que me pasa veloz las hojas del álbum de mis primaveras. Y como no tengo nada verde, ni mis venas son nervios de hojas tiernas. Como mis manchas y lunares no son de su estirpe. Como atisba un velado desierto de pelusilla rubia mía, sin rastro de un oasis de aviesos pulgones, deprisa, antes de que levante los élitros, como sé que guardo aún algo del oro de cuando entonces, medio sonriendo, la vuelvo a soñar como a un diente de león, o como a una herradura de siete agujeros, o como a un trébol de cuatro hojas, y recordando aquel deseo pedido y perdido, la soplo…

Y no suelto el hilo de su estela.

Rubén Lapuente Berriatúa  

publicado el 23 de abril de 2026 en el diario La Rioja




domingo, 3 de mayo de 2026

DOSCIENTOS SEIS HUESOS

 


Vivo en una casa tan hundida en esta dulce ladera del bosque de Cameros, que, como la buscaras desde el cielo, tan camuflada como anda con su peluca del diluvio de los pinos, ni entrecerrando los ojos la encontrarías.  

Y solo soy yo quien, a traque barraque, se sube a su tejado a barrerlo de esa eterna verde tormenta. Al principio, mal andaba por esas tejas de barro. Iba como a cuatro patas con una escobilla llevando al canalón todo ese aliño de agujas, y de piñas caídas como granadas de salva al sobresalto del sueño, que vaciaba luego con una larga cuchara de madera, para no acercarme demasiado al abismo del filo del vahído, también al de mi mujer, que a un simple amago traspié mío, tragaba más saliva que la novia de un torero revolcado en la arena.

Y en seguida se me despertó aquel niño mío antiguo, el que hacía equilibrios sobre cualquier bordillo de la infancia, incitándome emocionado a que caminara sin miedo por estas maromas de barro. Y para contentarle, con los brazos en cruz, ya dejo siempre un momento que se me vayan los pies: voy por la enfilada cumbrera como un bohemio funámbulo con su balancín o su sombrilla abierta.

Y una vez recogida la cosecha, empecé a notarme algo extraño y muy adentro, evanescente, como si en las alturas me fuera mágicamente vaciando de mí. Sucede que era verdad eso de que, por los andamios del cielo, los pesares sufren de vértigo. Y yo los veía en su ovillo de tierra retorciéndose, me clamaban abajo.

Y una ingenua complicidad con lo eterno me vino también, como si estuviese haciendo algo trascendental. Aporto mi servidumbre con esta nimiedad a la armonía y belleza del universo haciendo la colada de mi tejado, lanzo un gesto de galantería, un saludo al vasto cielo, correspondo al misterioso jeroglífico del otro lado, e invito a asomarse por el mirador de las estrellas, a algún despistado dios, que vea de tan lustroso, de tan rojo acharolado que lo tengo, tan de talón de lavandera, su zarza en llamas, y a cambio recibo esa íntima sensación de cuando uno se pone una camisa recién lavada.

Y de pateármelo tanto, al final me he aprendido de memoria, por ese variado surtido de verdes lunares que se pintarrajean, la faz de cada una de las tejas. Hasta estoy por ponerles nombres con un alfabeto inventado mío de un inédito idioma de arcilla.

 Y así, mientras tenga esa coartada de barrendero de mi tejado, me calzo el disfraz de bohemio gato borracho de licor de luna cuando quiero. Y me hago sepulturero del lastre del ayer. Y caballeroso con lo eterno. Y hasta oigo dentro el cascabel de un pequeño saltimbanqui que aún no se me ha muerto.

 Pero por ahí abajo, anda la jardinera de los parterres, la que no me quita ojo, y me dice que ya está bien, que baje de una vez, que teme que algún día le falte en mi abrazo, todos, o alguno de mis doscientos seis huesos, que me los ha contado.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el 09/04/2026 en el diarío La Rioja


 


viernes, 1 de mayo de 2026

TATUAJE LA CRUZ DE LA VICTORIA

                                                    


                                       a Tamara

“Eh, Rubén. Ven. Mira detrás de mí. Me he puesto este vestido descubierto por la espalda para enseñártelo. Ya tengo compañía ¿eh? Ya no estoy tan sola en el destierro en la Rioja. ¿Qué? ¿Sorprendido? Y no he dejado sitio ni para la inicial de un futuro amante furtivo. Toda mi espalda desnuda para esa cruz de la victoria, para el símbolo de Asturias, para ese amor mío profundo. Y tú ya sé que me entiendes. Que no es por lo que altanera digo siempre, que Asturias es España y lo demás tierra conquistada. No. Que no es por eso. Que no es un capricho mío la cruz. Si la tengo ahí es para que me señale mi larga ausencia. Todo lo que estoy perdiéndome cada día. Me alejo un poco de mis raíces y todo me gira en torno a esa tierra verde que tiene la caricia de un peluche de lana.

 Y gracias, Rubén, por ese aplauso que me diste al escanciarte alta, muy alta esa botella verde y oscura de pomar de Asturias. Y me puse hasta de puntillas, espigada hasta el dolor, solo para que esa bruma de ámbar se rompiera más brava en el vaso de cristal, que la hace tan bella muchacha, tan dorada. Te dije que esa lozana agridulce no espera a nadie, ni a nada. Sidra para la sed de compartir juntos la vida, y que tiene un único paladar de amigo bebiendo siempre de un mismo vaso. Y de un solo trago ya te engancha su veneno.

Es mi Asturias, Rubén, que escribe con sudor de sangre de carbón su viejo orgullo. Y qué le voy a hacer, si sólo me siento ciudadana del mundo en mi Cangas de Narcea, que una no es de donde pace (que me perdone Logroño) sino de mi casa asturiana con su vieja ventana enmarcando a mi fiel y salvaje maguillo.

¿Te gusta? ¿Conoces la cruz? En el lado derecho del madero ¿ves? cuelga la letra griega alfa, la A, el principio de todo, que coincide con la inicial de mi padre Alfredo, que el caprichoso y maldito azar de una bala perdida de cacería, se lo llevó por delante, y bueno, con el eco de ese grito mío de pavor de niña, voy ahora por las calles de Logroño.

En el otro lado del madero, ¿la ves? He puesto la letra M, como revés de la letra omega que lleva la de verdad (que me perdone don Pelayo), es la inicial del nombre de mi madre, de María Esther, que me he venido a la Rioja para que a ella no le falte de nada. Y con esa dulce amarilla resaca de haber saciado con chucherías la dulce marea de Logroño, todas las mañanas la llamo, que alguien me tiene que radiar los amaneceres.

Cuando acabe esta larga incertidumbre, esta infinita precariedad, claro que volveré. Y no voy a ser mejor asturiana por llevar esta encrucijada de tinta. Ya sé que no. Pero tú, Rubén, tú me conoces. Tú ya sabes lo que llevo a la espalda como a caballito: esa cruz de la victoria con su espuela clavándome en la memoria mi ausencia. Que es principio y final. Y resistencia: que nos sobra valor mientras nos queden piedras”

Rubén Lapuente Berriatúa   

publicado el 12 de marzo del 2026 en el diario la rioja