Vivo
en una casa tan hundida en esta dulce ladera del bosque de Cameros, que, como
la buscaras desde el cielo, tan camuflada como anda con su peluca del diluvio
de los pinos, ni entrecerrando los ojos la encontrarías.
Y solo
soy yo quien, a traque barraque, se sube a su tejado a barrerlo de esa eterna verde
tormenta. Al principio, mal andaba por esas tejas de barro. Iba como a cuatro
patas con una escobilla llevando al canalón todo ese aliño de agujas, y de piñas
caídas como granadas de salva al sobresalto del sueño, que vaciaba luego con
una larga cuchara de madera, para no acercarme demasiado al abismo del filo del
vahído, también al de mi mujer, que a un simple amago traspié mío, tragaba más
saliva que la novia de un torero revolcado en la arena.
Y en
seguida se me despertó aquel niño mío antiguo, el que hacía equilibrios sobre
cualquier bordillo de la infancia, incitándome emocionado a que caminara sin
miedo por estas maromas de barro. Y para contentarle, con los brazos en cruz,
ya dejo siempre un momento que se me vayan los pies: voy por la enfilada cumbrera
como un bohemio funámbulo con su balancín o su sombrilla abierta.
Y una
vez recogida la cosecha, empecé a notarme algo extraño y muy adentro,
evanescente, como si en las alturas me fuera mágicamente vaciando de mí. Sucede
que era verdad eso de que, por los andamios del cielo, los pesares sufren de
vértigo. Y yo los veía en su ovillo de tierra retorciéndose, me clamaban abajo.
Y una
ingenua complicidad con lo eterno me vino también, como si estuviese haciendo
algo trascendental. Aporto mi servidumbre con esta nimiedad a la armonía y
belleza del universo haciendo la colada de mi tejado, lanzo un gesto de
galantería, un saludo al vasto cielo, correspondo al misterioso jeroglífico del
otro lado, e invito a asomarse por el mirador de las estrellas, a algún despistado
dios, que vea de tan lustroso, de tan rojo acharolado que lo tengo, tan de
talón de lavandera, su zarza en llamas, y a cambio recibo esa íntima sensación
de cuando uno se pone una camisa recién lavada.
Y de
pateármelo tanto, al final me he aprendido de memoria, por ese variado surtido
de verdes lunares que se pintarrajean, la faz de cada una de las tejas. Hasta
estoy por ponerles nombres con un alfabeto inventado mío de un inédito idioma
de arcilla.
Y así, mientras tenga esa coartada de
barrendero de mi tejado, me calzo el disfraz de bohemio gato borracho de licor
de luna cuando quiero. Y me hago sepulturero del lastre del ayer. Y caballeroso
con lo eterno. Y hasta oigo dentro el cascabel de un pequeño saltimbanqui que
aún no se me ha muerto.
Pero por ahí abajo, anda la jardinera de los parterres, la que no me quita ojo, y me dice que ya está bien, que baje de una vez, que teme que algún día le falte en mi abrazo, todos, o alguno de mis doscientos seis huesos, que me los ha contado.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado el 09/04/2026 en el diarío La Rioja

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