RECITALES Y ARTÍCULOS

domingo, 3 de mayo de 2026

DOSCIENTOS SEIS HUESOS

 


Vivo en una casa tan hundida en esta dulce ladera del bosque de Cameros, que, como la buscaras desde el cielo, tan camuflada como anda con su peluca del diluvio de los pinos, ni entrecerrando los ojos la encontrarías.  

Y solo soy yo quien, a traque barraque, se sube a su tejado a barrerlo de esa eterna verde tormenta. Al principio, mal andaba por esas tejas de barro. Iba como a cuatro patas con una escobilla llevando al canalón todo ese aliño de agujas, y de piñas caídas como granadas de salva al sobresalto del sueño, que vaciaba luego con una larga cuchara de madera, para no acercarme demasiado al abismo del filo del vahído, también al de mi mujer, que a un simple amago traspié mío, tragaba más saliva que la novia de un torero revolcado en la arena.

Y en seguida se me despertó aquel niño mío antiguo, el que hacía equilibrios sobre cualquier bordillo de la infancia, incitándome emocionado a que caminara sin miedo por estas maromas de barro. Y para contentarle, con los brazos en cruz, ya dejo siempre un momento que se me vayan los pies: voy por la enfilada cumbrera como un bohemio funámbulo con su balancín o su sombrilla abierta.

Y una vez recogida la cosecha, empecé a notarme algo extraño y muy adentro, evanescente, como si en las alturas me fuera mágicamente vaciando de mí. Sucede que era verdad eso de que, por los andamios del cielo, los pesares sufren de vértigo. Y yo los veía en su ovillo de tierra retorciéndose, me clamaban abajo.

Y una ingenua complicidad con lo eterno me vino también, como si estuviese haciendo algo trascendental. Aporto mi servidumbre con esta nimiedad a la armonía y belleza del universo haciendo la colada de mi tejado, lanzo un gesto de galantería, un saludo al vasto cielo, correspondo al misterioso jeroglífico del otro lado, e invito a asomarse por el mirador de las estrellas, a algún despistado dios, que vea de tan lustroso, de tan rojo acharolado que lo tengo, tan de talón de lavandera, su zarza en llamas, y a cambio recibo esa íntima sensación de cuando uno se pone una camisa recién lavada.

Y de pateármelo tanto, al final me he aprendido de memoria, por ese variado surtido de verdes lunares que se pintarrajean, la faz de cada una de las tejas. Hasta estoy por ponerles nombres con un alfabeto inventado mío de un inédito idioma de arcilla.

 Y así, mientras tenga esa coartada de barrendero de mi tejado, me calzo el disfraz de bohemio gato borracho de licor de luna cuando quiero. Y me hago sepulturero del lastre del ayer. Y caballeroso con lo eterno. Y hasta oigo dentro el cascabel de un pequeño saltimbanqui que aún no se me ha muerto.

 Pero por ahí abajo, anda la jardinera de los parterres, la que no me quita ojo, y me dice que ya está bien, que baje de una vez, que teme que algún día le falte en mi abrazo, todos, o alguno de mis doscientos seis huesos, que me los ha contado.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el 09/04/2026 en el diarío La Rioja


 


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