La peonza.
Te parecerá baladí, poca cosa, pero es tan antigua como el mundo. Antes de ser
juguete la hacían girar para hacer fuego. Luego en Grecia se abandonaba la niñez
ofreciéndosela a los dioses: los niños entraban en la mocedad despojándose de
su inocencia, encarnada en esa su inseparable peonza.
Es casi
invisible hoy. La vida ahora de un niño es otra, programada. Que no sabe que su
calle aún sueña con aquellos balones disfrazados de belcebú que mordían los
cristales, y con ese paisaje de rayuelas, de garabatos de tiza de colores en
las aceras, que solo se atrevía a borrar la lluvia.
La
encontré al vaciar la casa de mis padres cerrada por la muerte. Es la
mía. Tiznada. La toco y me quema la savia de sus días azules. Tiene vida.
Diez años más joven que yo. Aún con limaduras de apretado color de lapiceros de
mi mano infantil. Y la recuerdo como un carrusel de colores mientras bailaba. Oh,
tiene mis huellas. Bajo un hilillo del agua, la despierto. Le lavo la cara de las
sombras de abandonarla. Y ni la restriego por si pierde el oro viejo de su
pátina: La seco con mi aliento. Recuerdo que hasta alguno de nuestra pandilla la
fabricaba con madera de haya o encina, trabajada a mano, usando como rejón un
clavo sin cabeza. Y junto a los libros, lápices, cuadernos, en mi cartera de cuero
volaba rumbo al colegio apretada al bocadillo del mediodía.
Es
la mía. Llena de tumbos del niño que fui. De vitola de tirones de zumbel. Cordón
que lo ataba a su coronilla, o a una moneda con agujero que hacía de tope entre
mis dedos al lanzarla. Luego en la piel de loza de mi palma estirada, danzaba hasta
emborracharse. Jugábamos a saber quién la bailaba por más tiempo, hasta verla tumbarse,
perder el sentido, y rodar hasta la cabriola final de pararse en seco. Y si
ganabas alcanzabas la estima y la envidia. Te la pedían para escrudiñar su
filo, sus tatuajes, su piel, su secreto.
Y también
jugábamos a sacar las cuatro perras (calderilla robada del monedero de mamá),
de un círculo de tiza pintado en la calle. Había que echarlas de esa cárcel
redonda con la peonza siempre bailando. La lanzabas sobre las monedas hasta despedirlas
del círculo. Todas las que abandonaban su encierro, bien de golpe directo, o
impulsándolas con la punta de hierro, eran para hacer florecer chucherías en el
bolsillo casi roto del pantalón de uno.
En
mi mano la sopeso, la reconozco. Y me trae grabada la cara del corro de aquellos
capitanes de diez años que no he vuelto a ver nunca más, por esa maldita mudanza
de ciudad que me dejó huérfano de infancia.
Y me
la llevo al estante más privilegiado y luminoso de la casa. Y todo lo de a su alrededor, libros,
fotos, recuerdos, no sabes cómo se empequeñecen.
Tiene
entraña de oro su pequeño corazón de tiovivo. Y recupero a ese antiguo niño mío
mirándome de frente…
Que comparte conmigo, la misma herida del tiempo.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado en el diario la Rioja

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