Oye, Tere, tan joven y atrevida como
eres y me extraña no verte ni un tatuaje. Oh, sí, Rubén, sí llevo. El cuerpo es
algo tan trivial, tan sabido, pero le dibujas un garabato en la piel, lo prolongas,
y ya te parece otro. Y te vienes arriba. Tan inseguros somos que a veces nos
sostiene un amuleto, o un tatuaje, o un piercing. Y a mí me da coraje. Me
afianza. Atraviesa mi timidez. Es como si empuñaras un arma. Y en mi caso, lo
importante no es enseñarlo, sino sentirlo yo vivo, muy vivo.
Tengo uno de salamandra. Esa anfibia negra
y con manchas amarillas que está siempre a remojo. Tuve un flechazo con ella desde
mucho antes de tatuármela. Esa fabulosa historia suya de respirar por toda la
piel, y de regenerarse. Mira, pierde las patas, la cola, el cerebro, y en un santiamén
lo reemplaza todo. Y lo extraordinario es que también lo hace con el corazón, se
lo parten (no sé si también por amor) y le basta un chasquido mágico, sin
truco, para estrenar uno nuevo. Y qué bien me vendría darle una patada al mío, y
olvidar así al granuja de turno. Empezar cada romance con un corazón en blanco,
que este tontorrón mío recuerda y lo llora todo.
Y vive a orillas del agua bajo la luz de
la luna. Le gusta la noche como a mí la fiesta bajo las luces de neón de Logroño.
Y ahí tienes su griega y romana y medieval leyenda de sobrevivir en el fuego, de
atemperarlo, de refrescarlo, de resistir. No me extraña que sea la alegoría de
los bomberos. Bordada en su escudo anda la muchacha envuelta en llamas
saludando como si tomara baños de fuego en un incendio.
Eh, Tere, ¿y por dónde anda esa bicha
tuya? Dónde iba a ser, Rubén, pues donde
rezuma humedad. A la verita del musgo, al pie de mi monte de Venus. Ahí, es la
estampa secreta de mi genio. El antojo de mi calma. Y si la vislumbro en la
luna del espejo en esa encrucijada de mi cuerpo desnudo, en un visto y no visto
se me esconde como un relámpago. Ahora por la calle camino de otra manera, más
segura, sintiéndola asomarse al pellizco de la cremallera de mi pantalón, al
equilibrio imposible del horizonte de mi falda. Pónmela ahí dormida en la
ingle, le dije a la tatuadora.
Y como comprenderás, Rubén, no te voy a poder
enseñar esa sinuosa silueta para el cortejo, tan íntima. Tengo a esa branquia por
toda la piel respirando deseos de saliva. Tengo el reojo de una espía: testigo
de ese balanceo del querer que le da tiemblos a la carne, y ruboriza a este tierno
corazón mío, aprendiz del chulapo de tinta tan pendenciero.
Y sé que la veré hecha un cuadro en la preñez, tomando mis estrías, que quiero ser madre pronto. Seguro que mañana la miraré cansada de creerme que es algo más que un tatuaje, más que un torpe dibujo de salamandra. Y quizá maldiga el día de esa diablura, y se me vaya borrando de la piel de la vida, escondiéndola de mí misma, avergonzada de verla ahí, deformada, como una cicatriz más de otro sueño mío roto.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado en el diario La rioja

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