Todo empezó cuando comencé a quedarme
sola, a sentirme sola, a notar que la soledad no se llevaba muy bien conmigo:
como si yo anduviera en mala compañía.
¿Si ya nadie me recuerda, no es como estar
una muerta?
Y, o daba un volantazo a mi vida, o esa malasombra
por la casa me iba a hacer perder la cabeza. ¿Y qué podía hacer si a mi edad
una ya se vuelve invisible? ¿Cómo se vuelve a las amigas si ya se han quedado
por el camino, o viven sin fuerzas para acompañarme en este descuento de la
vida? ¿Adoptar una perrita? Lo pensé. Pero yo no quería acabar siendo un
monólogo entre paredes, ni un reproche cariñoso y ridículo en la calle, que una
no sabe desde donde te miran.
Y yo que me conformaba con tan poco. Si
lo que realmente necesitaba, solo era una mano con su palma y su dorso. Una que
tomara la mía solo por un ratito. ¿Eso era mucho pedir? Bueno, sí, quizá demasiado.
Ya sé que en las manos parece que empieza mucho antes a medrar la muerte. Que
duele un montón posar los ojos por ese pajizo mapa en relieve de arroyos de
nervios y venas. Y no te digo nada la de tomar la de este saco de sonoros
huesos, la de esta anciana de pelo violeta más arrugada que un rebujo de
periódico.
Y
cómo esa bandada de dedos, ni por asomo vendría a hacer nido en mi palma, pues,
como hizo el mismísimo profeta Mahoma, me fui yo misma a abrazar la montaña,
perdí la vergüenza.
Y una mañana me acerqué al mercado de
San Blas con un taburete, un viejo cartel con dos manos entrelazadas de Cáritas,
y un megáfono. Y como una vendedora, o mejor diría yo como una charlatana o
mercachifle de esas de antaño, empecé a pregonar mi mercancía:
Eh, amigos, acercaros. Venga. Venid. Que
tengo para todos. Que no vengo mañana. Más barato que los frutos caídos de los
árboles. Más que los periódicos de ayer. Venga. Que os regalo mis fieles manos.
Que son esas de andén o de puerto, de las que se quedan siempre a lo lejos como
una bandera al viento, esperándote. Manos que no te abandonan. Y llegan a
tiempo a correr la sábana blanca de tu ultimo sueño. Venga. Que tengo para
todos. Que no vengo mañana. Para el primero, y también para el último que diga
para mí.
Y mientras hablaba como si vendiera un
crece pelo, o una cartera, o un bálsamo cura todo, se me fue formando un corro
a mi alrededor, que, al acabar la perorata, rompiendo filas corrieron hacia mi encuentro.
Y unos me cogían de las manos, otros me abrazaban o me pedían una cita: dame tu
teléfono pelo violeta que te llamaré, me dijo uno que parecía como yo de los
últimos de Filipinas. Y en medio de todos, me pudo la emoción, me cubrí el
rostro con las manos.
Ahora voy a menudo al mercado, y ya no
soy tan invisible. Me paran. Y lo bueno es que me regalan, me ofrecen sus manos,
o buscan las mías. Y aunque solo sea por un breve roce, pasa que, a esa hora de
la tarde que declina, cuando en mi casa se pasea la malasombra, me miro las
manos, las entrecruzo, las froto, y como de una lámpara de Aladino maravillosa,
sale el genio de mi guardaespaldas que recibe el disparo que iba para mí.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado en el diiario La Rioja 21 de Mayo de 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario