RECITALES Y ARTÍCULOS

domingo, 28 de junio de 2026

LA MALA COMPAÑÍA

 


Todo empezó cuando comencé a quedarme sola, a sentirme sola, a notar que la soledad no se llevaba muy bien conmigo: como si yo anduviera en mala compañía.

¿Si ya nadie me recuerda, no es como estar una muerta?

 Y, o daba un volantazo a mi vida, o esa malasombra por la casa me iba a hacer perder la cabeza. ¿Y qué podía hacer si a mi edad una ya se vuelve invisible? ¿Cómo se vuelve a las amigas si ya se han quedado por el camino, o viven sin fuerzas para acompañarme en este descuento de la vida? ¿Adoptar una perrita? Lo pensé. Pero yo no quería acabar siendo un monólogo entre paredes, ni un reproche cariñoso y ridículo en la calle, que una no sabe desde donde te miran.

Y yo que me conformaba con tan poco. Si lo que realmente necesitaba, solo era una mano con su palma y su dorso. Una que tomara la mía solo por un ratito. ¿Eso era mucho pedir? Bueno, sí, quizá demasiado. Ya sé que en las manos parece que empieza mucho antes a medrar la muerte. Que duele un montón posar los ojos por ese pajizo mapa en relieve de arroyos de nervios y venas. Y no te digo nada la de tomar la de este saco de sonoros huesos, la de esta anciana de pelo violeta más arrugada que un rebujo de periódico.

 Y cómo esa bandada de dedos, ni por asomo vendría a hacer nido en mi palma, pues, como hizo el mismísimo profeta Mahoma, me fui yo misma a abrazar la montaña, perdí la vergüenza.

Y una mañana me acerqué al mercado de San Blas con un taburete, un viejo cartel con dos manos entrelazadas de Cáritas, y un megáfono. Y como una vendedora, o mejor diría yo como una charlatana o mercachifle de esas de antaño, empecé a pregonar mi mercancía:

Eh, amigos, acercaros. Venga. Venid. Que tengo para todos. Que no vengo mañana. Más barato que los frutos caídos de los árboles. Más que los periódicos de ayer. Venga. Que os regalo mis fieles manos. Que son esas de andén o de puerto, de las que se quedan siempre a lo lejos como una bandera al viento, esperándote. Manos que no te abandonan. Y llegan a tiempo a correr la sábana blanca de tu ultimo sueño. Venga. Que tengo para todos. Que no vengo mañana. Para el primero, y también para el último que diga para mí.

Y mientras hablaba como si vendiera un crece pelo, o una cartera, o un bálsamo cura todo, se me fue formando un corro a mi alrededor, que, al acabar la perorata, rompiendo filas corrieron hacia mi encuentro. Y unos me cogían de las manos, otros me abrazaban o me pedían una cita: dame tu teléfono pelo violeta que te llamaré, me dijo uno que parecía como yo de los últimos de Filipinas. Y en medio de todos, me pudo la emoción, me cubrí el rostro con las manos.

Ahora voy a menudo al mercado, y ya no soy tan invisible. Me paran. Y lo bueno es que me regalan, me ofrecen sus manos, o buscan las mías. Y aunque solo sea por un breve roce, pasa que, a esa hora de la tarde que declina, cuando en mi casa se pasea la malasombra, me miro las manos, las entrecruzo, las froto, y como de una lámpara de Aladino maravillosa, sale el genio de mi guardaespaldas que recibe el disparo que iba para mí.

Rubén Lapuente Berriatúa  

publicado en el diiario La Rioja  21 de Mayo de 2026




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