Enferma como tú, como
yo. ¿Pero, quién oye el silencio de socavar un universo de anillos? ¿Quién
descubre a tiempo esa pequeña y mortal hoguera de dolor dentro de la
madera?
Cuando su terrible
hueco ya era papelera de la chiquillería, canasta de jóvenes probando su tino,
covacha de orines de borrachos de madrugada, vino Jesús, un ángel en tierra, y
al pasar su mano sobre la fiebre de su frente, puso el grito en el cielo:
¡Eh, vecinos, que se nos muere el olmo! ¡Que
se nos va el testigo de nuestros juramentos, de la palabra dada, del apretón de
manos! ¡Eh, que bajo sus ramas nos abandona la sombra de su compromiso! ¡Que es
nuestra bandera de cuatro siglos! ¿Y si lo derribara el viento o la
indiferencia, cómo nos lo perdonaríamos? ¿Alguien aguantaría el vértigo de no
verlo nunca jamás? ¡Vecinos, que se nos muere el olmo!
Le hizo un corsé de
savia nueva con una cincha de hierro abrochada en bandolera a su baldada
estampa, y unos arneses que le devolvieran raigambre a su torpe tambaleo. Y en
la covacha, ya con cancela, una vara suya enraizada en una verde trastienda de vivero,
llenaría de maderaje la oquedad de su perfil de malherido quijote: Un
vástago suyo escondido en su vientre hueco que joven envejeciera deprisa, para
que pareciera el viejo olmo de siempre, rejuveneciendo despacio. Un hijo suyo
que se encaramara a su padre moribundo, a la cumbre de su última rama vencida, esperando
que un día, al soltar las cinchas, los arneses, al dejar caer las muletas, el
corazón siguiera esperando otro milagro de la primavera. Pero en este nuevo abril
no ha vuelto el prodigio que regresa siempre en el me quiere, no me quiere de
las margaritas. De pronto, ya no pestañea. Me acerco en este junio a su porte, lo
miro, meto mi nariz en su esqueleto de invierno, y ni vislumbro una brizna
verde. Y con mal pulso saco unas fotos a su desolado costillar.
Y para que no se nos
cayeran sus ramas en el sueño, tocayo alcalde, habría que cortarlo, llevando la
dignidad de lo que le queda a un sitio de honor en el pueblo. Verlo a resguardo
de las garras del helado viento serrano. Y contar su historia, que es la
nuestra.
Funerales de verbena
le daría este verano. Y plantar otro, o un hijo suyo, que su padre estuvo en el
hospital de un vivero dando a luz jóvenes vástagos viejos.
Ya sé que nada ni
nadie puede hacer volver el esplendor de la gloria en sus ramas, pero para qué
llorarle más si la belleza anida en el recuerdo, que llega hasta el último
recoveco de sus benjamines hojas en todas nuestras primaveras.
Olmo que nació, vivió y murió en la misma casa,
de la misma plazuela, del mismo pueblo. Cuatrocientos años punzando en la
espalda de tantas generaciones riojanas, su memoria.
Adiós, adiós vecino olmo
de El Rasillo, y gracias por tanta belleza y orgullo y dignidad que nos diste.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado en el diario La Rioja
