RECITALES Y ARTÍCULOS

lunes, 31 de agosto de 2026

CRÓNICA DE LA BATALLA DEL VINO

 


Fue al amanecer del día de San Pedro, allí donde el río Ebro se revuelve bravío. Fue por los riscos de Bilibio, camino Haro, donde se libró una batalla que, en lugar de sangre, se derramó vino.

Para esa liza todos se alistaron de soldado: Primero los de aquí, los jarreros, los riojanos. Luego vinieron legiones de milicianos de todos los pueblos de esta nuestra piel de toro, con infiltrados mercenarios con mono de metralleta, pero con balas de fogueo de pólvora de vino. Y hasta acudió alguno de la Conchinchina a calarse, a darle al morapio, en esa mágica niebla de vino peleón, de taberna, cañero.

Y todos se vistieron con el riojano uniforme de guerrilla: De guerrera bastaba con una vieja camisa blanca y pañuelo rojo de tocado al cuello. De pantalón, el que ya lo ha dado todo. De aljaba, como la de cupido para sus flechas, un caldero o una bota o una botella o una pistola de plástico. De munición el fruto de la vid. De gafas, unas de buceo para ver tras el encarnado velo. De música de guerra había una charanga que amenizaba el incruento tiroteo.

Y en son de paz, todos los que se acercaron con su zurrón de odre de vino y alegría, tuvieron a la vez y en todas partes, a la vista de todos, el mejor escondite para sus escaramuzas.

Y a quemarropa, o tendiéndose celadas, pelearon todos contra todos, pero nadie contra nadie, en un fuego cruzado, tiñéndose las ropas, la piel, la pelambrera. El alma también ofreció su camisa de plumas blancas, pero a cambio de lamparones de topacio y rojo terciopelo.

Todo se volvió del color de la acuarela del vino. Y como cuando la luz del sol atraviesa la lluvia, por los riscos de Bilibio apareció el milagro del arco iris morado del vino.

Todo un pueblo volviéndose niño y del mismo color del paisaje de La Rioja, la que con la paciencia del vino nos ha forjado la esperanza en nuestro futuro.

Yo, de rapaz, en esas vencidas tardes de agosto, con un sarmiento de alfanje atado al cinto, fui el capitán de toda esa infinita almazuela de viñedos.

 Todo un pueblo empapándose de vino, como tú te inundas de luna llena, o en el mar extravías los ojos de tanto mirarlo, o cuando te sumerges profundamente en el perfume a carne y hueso de tu hombre, o de tu hembra.

Y es siempre en ese día, calados de vino, cuando algo pasa: sentimos lo que somos: Vino de vida. Y lo guardamos, y lo velamos, y lo sacamos a relucir un día de junio en Haro, como esa única joya en un cajón que alguna noche nos llama su brillo, que no se vende nunca: es la dulce memoria que en la caricia de los dedos la sentimos punzándonos la espalda.

El día de San Pedro, si pasas por los riscos de Bilibio, camino Haro, recuerda que hay una batalla donde en vez de sangre se derrama vino. Y si te acercas, y si te unes a esa algarabía, deja que te hieran alegremente…

                ¡Y muda en los rubores del vino!

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el día 2 de Julio de 2026 en el diario La Rioja


jueves, 13 de agosto de 2026

LOS ZANCOS DE ADRIANA

 


Por fin ha llegado el día de dejar de soñar tantas veces con ser la primera bisoña danzante de Anguiano. La primera en cuatrocientos años en ponerse los zancos, la saya, el chaleco, y echar a volar.

Y cómo voy a negar el haber tenido alguna pesadilla o sobresalto. Ayer mismo, la víspera, tuve zarpazos en el sueño de zancos agrietados, vahídos con trompicones al verme de bruces sobre las piedras. Y si lo he llevado casi en secreto, es porque tengo una manera de ser que sigo a rajatabla: si eres tímida, sé tímida. Y yo no aguantaría esa cantinela diaria al doblar cualquier esquina: “Qué valiente Adriana, qué osados catorce años, qué ganas de verte bajar las escaleras, la cuesta”.

Qué agobio cuando una no tendría que ser protagonista de nada, como si antes de mi no valdría para esto ninguna zagala del pueblo, como si por ser “delicadas doncellas” nos fuéramos a romper, cuando en la danza las anguianiegas dejamos en el aire la elegancia, la belleza. Si nacemos como una mariposa con el don del quiebro en el vuelo.

Sí, del patio de la escuela, de los quebrados, a cruzar por esa prueba de paso a la madurez, como hacían en la antigua Grecia los niños en la ceremonia de uso de razón, ofreciendo sus peonzas a los dioses porque ya comenzaban su preparación para ser hombres, y mira, siglos después en Anguiano también para ser mujer. Y claro que me da vergüenza el tener que ser la pionera en girar mi larga e inocente coleta. ¿Cuatrocientos años esperando, y nadie se da por aludido, nadie se sonroja, y tengo que ser yo, la mocosa del pueblo, quien dé un zapatazo de zanco en las piedras?

Yo soñaba ser la benjamina de esos ocho jóvenes del pueblo. Y por fin aquí estoy en lo más alto del vértigo, leyendo esos labios de mi padre en la cocina que me dieron el arrojo que no tenía: “Cuando te vea bajar, hija, qué orgullo verme en ti”

Y mientras me dejo atar minuciosamente los zancos, mi regalo de reyes a los cinco años, sigo el rito del baile sonando con más fuerza las castañuelas, así ahuyento mejor la ansiedad de ese primer puro escalofrío. Y quedar bien para ser una hebra más de ese largo zumbel de la sangre girando, que me uniera a esa ancestral danza. La primera de una muchacha que lo hace para que se alisten sin miedo, sin ser noticia, las que van a venir después.

Y ahora que me toca, me demoro unos segundos viendo en las orillas el agobio de tanta mirada de circo, pero otras sintiendo en su espalda punzar la memoria de siglos de un pueblo. Y no sabes cómo eso tira de mi manga.

Sí, abrir las alas de mi saya con mi coleta, mi cola de caballo girando a su compás. ¡Allá voy vertiginosa, desbocada! ¡Giro y giro y giro…! ¡Volatinera mariposa de Anguiano! ¡Oh, qué orgullo ser la primera!

 

(Faltaba en el estante de una diosa riojana, la primera peonza con saya de falda y enagua de todas las que quisieron ser remolino de colores por las calles de Anguiano, y no las dejaron)

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el 30 de Julio de 2026 en el diario La Rioja