RECITALES Y ARTÍCULOS

domingo, 5 de julio de 2026

MUERTE DEL OLMO DE EL RASILLO

 


Enferma como tú, como yo. ¿Pero, quién oye el silencio de socavar un universo de anillos? ¿Quién descubre a tiempo esa pequeña y mortal hoguera de dolor dentro de la madera?

Cuando su terrible hueco ya era papelera de la chiquillería, canasta de jóvenes probando su tino, covacha de orines de borrachos de madrugada, vino Jesús, un ángel en tierra, y al pasar su mano sobre la fiebre de su frente, puso el grito en el cielo:

 ¡Eh, vecinos, que se nos muere el olmo! ¡Que se nos va el testigo de nuestros juramentos, de la palabra dada, del apretón de manos! ¡Eh, que bajo sus ramas nos abandona la sombra de su compromiso! ¡Que es nuestra bandera de cuatro siglos! ¿Y si lo derribara el viento o la indiferencia, cómo nos lo perdonaríamos? ¿Alguien aguantaría el vértigo de no verlo nunca jamás? ¡Vecinos, que se nos muere el olmo!

Le hizo un corsé de savia nueva con una cincha de hierro abrochada en bandolera a su baldada estampa, y unos arneses que le devolvieran raigambre a su torpe tambaleo. Y en la covacha, ya con cancela, una vara suya enraizada en una verde trastienda de vivero, llenaría de maderaje la oquedad de su perfil de malherido quijote: Un vástago suyo escondido en su vientre hueco que joven envejeciera deprisa, para que pareciera el viejo olmo de siempre, rejuveneciendo despacio. Un hijo suyo que se encaramara a su padre moribundo, a la cumbre de su última rama vencida, esperando que un día, al soltar las cinchas, los arneses, al dejar caer las muletas, el corazón siguiera esperando otro milagro de la primavera. Pero en este nuevo abril no ha vuelto el prodigio que regresa siempre en el me quiere, no me quiere de las margaritas. De pronto, ya no pestañea. Me acerco en este junio a su porte, lo miro, meto mi nariz en su esqueleto de invierno, y ni vislumbro una brizna verde. Y con mal pulso saco unas fotos a su desolado costillar.

Y para que no se nos cayeran sus ramas en el sueño, tocayo alcalde, habría que cortarlo, llevando la dignidad de lo que le queda a un sitio de honor en el pueblo. Verlo a resguardo de las garras del helado viento serrano. Y contar su historia, que es la nuestra.

Funerales de verbena le daría este verano. Y plantar otro, o un hijo suyo, que su padre estuvo en el hospital de un vivero dando a luz jóvenes vástagos viejos.

Ya sé que nada ni nadie puede hacer volver el esplendor de la gloria en sus ramas, pero para qué llorarle más si la belleza anida en el recuerdo, que llega hasta el último recoveco de sus benjamines hojas en todas nuestras primaveras.

 Olmo que nació, vivió y murió en la misma casa, de la misma plazuela, del mismo pueblo. Cuatrocientos años punzando en la espalda de tantas generaciones riojanas, su memoria.

Adiós, adiós vecino olmo de El Rasillo, y gracias por tanta belleza y orgullo y dignidad que nos diste. 

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja


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