RECITALES Y ARTÍCULOS

miércoles, 21 de octubre de 2026

UN TRISTE POSTE DE MADERA

 


Ayer paré en la gasolinera de Villanueva, y me vino intacto el día que fui a por mi última hogaza de pan. Era parte de la humilde historia de mi vida. Mira que llevaba tiempo encargando cada sábado una de esas de diámetro de rueda de carruaje, de las que no acaban nunca de perder la lozanía. Y subido a la calesa del viento serrano, recuerdo esa última vez que paseé por estas calles el aroma de esa preciosa novia mía de trigo bajo el brazo.

Más de cien años de nieve de harina sin barrer llevaba el zaguán de la panadería, y me sorprendió ver a José Manuel atreverse a coger la escoba. Y es que al hacerlo borraba la memoria de todos. No puede ser tan fácil desmantelarla así, pensaba yo, cuando hasta en el corazón de las piedras de este pueblo vivía ese olor que nos ayudaba a levantarnos, yo desde El Rasillo, como si tuviéramos el mejor motivo para hacerlo, gracias a esa hora dorada, a ese sendero de vida al obrador, a esa cicatriz de fuego de leña en el pecho moreno de una hogaza. Tibia última de trigo puro que José Manuel me envolvió en una hoja de periódico atrasado para que no me quemara en las manos, su dorado aliento.  

Y me acuerdo de aquel desplante del 2019: fueron cinco minutos. Dejamos la miel, el tractor, la huerta, la masa madre, la escoba de esparto, el banco de madera, yo los versos a medias. Y ni cerramos la puerta de casa que aquí los ladrones les duele graduarse en fechorías. No éramos muchos, pero estábamos juntos. Y nos veíamos la tristeza, el dolor, el fulgor en los ojos, la rabia también por cada nueva ausencia.

Cinco minutos para que el Leviatán pusiera olor a pupitre, a farmacia; pusiera una sirena de ambulancia con el motor en marcha; pasara por sobre nuestra escondida tormenta en el pecho el fonendo de un galeno, con su desfibrilador a mano. Y para siempre un autobús de ida y vuelta, aunque fuera de vacío. Pusiera un panadero con su panadera. Una manzana de casas olvidadas, con sus llaves bajo el polvoriento felpudo, para que entraran las jóvenes parejas buscando un fértil palomar de besos. Y no pedíamos limosnas que eran nuestros derechos.

Y que pusiera el señuelo de una abierta ventana de fibra al mundo.

Han pasado unos pocos años de aquello, y algo se está haciendo, pero no lo suficiente. Han cerrado bares, panaderías, y hasta la única tienda de ultramarinos que traía los periódicos. Y joder, yo pedí internet hace un par de meses: Sí, Rubén, ya tenemos fibra, ¿26124, El Rasillo? ¿calle el Collado? Mañana estamos ahí. Y vinieron, pero como no había un triste poste instalado para llevarla, me dijeron que hiciera proselitismo por mis alrededores: es que no nos sale rentable.

¿El progreso solo depende de un poste de madera?

                  Aquí queremos vivir, pero nos echan.

Rubén Lapuente Berriatúa 

publicado el 26 de febrero de 2026 en el diario La Rioja