Ayer
paré en la gasolinera de Villanueva, y me vino intacto el día que fui a por mi
última hogaza de pan. Era parte de la humilde historia de mi vida. Mira que
llevaba tiempo encargando cada sábado una de esas de diámetro de rueda de carruaje,
de las que no acaban nunca de perder la lozanía. Y subido a la calesa del
viento serrano, recuerdo esa última vez que paseé por estas calles el aroma de
esa preciosa novia mía de trigo bajo el brazo.
Más de
cien años de nieve de harina sin barrer llevaba el zaguán de la panadería, y me
sorprendió ver a José Manuel atreverse a coger la escoba. Y es que al hacerlo borraba
la memoria de todos. No puede ser tan fácil desmantelarla así, pensaba yo, cuando
hasta en el corazón de las piedras de este pueblo vivía ese olor que nos ayudaba
a levantarnos, yo desde El Rasillo, como si tuviéramos el mejor motivo para
hacerlo, gracias a esa hora dorada, a ese sendero de vida al obrador, a esa
cicatriz de fuego de leña en el pecho moreno de una hogaza. Tibia última de
trigo puro que José Manuel me envolvió en una hoja de periódico atrasado para
que no me quemara en las manos, su dorado aliento.
Y me
acuerdo de aquel desplante del 2019: fueron cinco minutos. Dejamos la miel, el
tractor, la huerta, la masa madre, la escoba de esparto, el banco de madera, yo
los versos a medias. Y ni cerramos la puerta de casa que aquí los ladrones les
duele graduarse en fechorías. No éramos muchos, pero estábamos juntos. Y nos veíamos
la tristeza, el dolor, el fulgor en los ojos, la rabia también por cada nueva
ausencia.
Cinco
minutos para que el Leviatán pusiera olor a pupitre, a farmacia; pusiera una
sirena de ambulancia con el motor en marcha; pasara por sobre nuestra escondida
tormenta en el pecho el fonendo de un galeno, con su desfibrilador a mano. Y para
siempre un autobús de ida y vuelta, aunque fuera de vacío. Pusiera un panadero
con su panadera. Una manzana de casas olvidadas, con sus llaves bajo el polvoriento
felpudo, para que entraran las jóvenes parejas buscando un fértil palomar de
besos. Y no pedíamos limosnas que eran nuestros derechos.
Y que
pusiera el señuelo de una abierta ventana de fibra al mundo.
Han
pasado unos pocos años de aquello, y algo se está haciendo, pero no lo
suficiente. Han cerrado bares, panaderías, y hasta la única tienda de
ultramarinos que traía los periódicos. Y joder, yo pedí internet hace un par de
meses: Sí, Rubén, ya tenemos fibra, ¿26124, El Rasillo? ¿calle el Collado? Mañana
estamos ahí. Y vinieron, pero como no había un triste poste instalado para
llevarla, me dijeron que hiciera proselitismo por mis alrededores: es que no
nos sale rentable.
¿El
progreso solo depende de un poste de madera?
Aquí queremos vivir, pero nos
echan.
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado el 26 de febrero de 2026 en el diario La Rioja
