Fue al amanecer del
día de San Pedro, allí donde el río Ebro se revuelve bravío. Fue por los
riscos de Bilibio, camino Haro, donde se libró una batalla que, en
lugar de sangre, se derramó vino.
Para esa
liza todos se alistaron de soldado: Primero los de aquí, los jarreros, los
riojanos. Luego vinieron legiones de milicianos de todos los pueblos de esta
nuestra piel de toro, con infiltrados mercenarios con mono de metralleta, pero
con balas de fogueo de pólvora de vino. Y hasta acudió alguno de la
Conchinchina a calarse, a darle al morapio, en esa mágica niebla de vino peleón,
de taberna, cañero.
Y todos
se vistieron con el riojano uniforme de guerrilla: De guerrera bastaba con
una vieja camisa blanca y pañuelo rojo de tocado al cuello. De
pantalón, el que ya lo ha dado todo. De aljaba, como la de cupido para sus flechas,
un caldero o una bota o una botella o una pistola de
plástico. De munición el fruto de la vid. De gafas, unas de buceo para ver tras
el encarnado velo. De música de guerra había una charanga que amenizaba
el incruento tiroteo.
Y en son
de paz, todos los que se acercaron con su zurrón de odre de vino y alegría, tuvieron
a la vez y en todas partes, a la vista de todos, el mejor escondite para sus
escaramuzas.
Y a
quemarropa, o tendiéndose celadas, pelearon todos contra todos, pero nadie
contra nadie, en un fuego cruzado, tiñéndose las ropas, la piel, la
pelambrera. El alma también ofreció su camisa de plumas blancas, pero a cambio
de lamparones de topacio y rojo terciopelo.
Todo se
volvió del color de la acuarela del vino. Y como cuando la luz del sol
atraviesa la lluvia, por los riscos de Bilibio apareció el milagro del arco
iris morado del vino.
Todo un
pueblo volviéndose niño y del mismo color del paisaje de La Rioja, la
que con la paciencia del vino nos ha forjado la esperanza en nuestro futuro.
Yo, de rapaz,
en esas vencidas tardes de agosto, con un sarmiento de alfanje atado al cinto,
fui el capitán de toda esa infinita almazuela de viñedos.
Todo un pueblo empapándose de vino, como tú
te inundas de luna llena, o en el mar extravías los ojos de tanto mirarlo,
o cuando te sumerges profundamente en el perfume a carne y hueso de tu hombre, o
de tu hembra.
Y es siempre
en ese día, calados de vino, cuando algo pasa: sentimos lo que somos: Vino de
vida. Y lo guardamos, y lo velamos, y lo sacamos a relucir un día de junio en
Haro, como esa única joya en un cajón que alguna noche nos llama su brillo, que
no se vende nunca: es la dulce memoria que en la caricia de los dedos la
sentimos punzándonos la espalda.
El día
de San Pedro, si pasas por los riscos de Bilibio, camino Haro, recuerda
que hay una batalla donde en vez de sangre se derrama vino. Y si te acercas, y
si te unes a esa algarabía, deja que te hieran alegremente…
¡Y muda en los rubores del vino!
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado el día 2 de Julio de 2026 en el diario La Rioja

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