Por fin
ha llegado el día de dejar de soñar tantas veces con ser la primera bisoña
danzante de Anguiano. La primera en cuatrocientos años en ponerse los zancos,
la saya, el chaleco, y echar a volar.
Y cómo voy
a negar el haber tenido alguna pesadilla o sobresalto. Ayer mismo, la
víspera, tuve zarpazos en el sueño de zancos agrietados, vahídos con trompicones
al verme de bruces sobre las piedras. Y si lo he llevado casi en secreto,
es porque tengo una manera de ser que sigo a rajatabla: si eres tímida, sé
tímida. Y yo no aguantaría esa cantinela diaria al doblar cualquier esquina: “Qué
valiente Adriana, qué osados catorce años, qué ganas de verte bajar las
escaleras, la cuesta”.
Qué agobio
cuando una no tendría que ser protagonista de nada, como si antes de mi no
valdría para esto ninguna zagala del pueblo, como si por ser “delicadas
doncellas” nos fuéramos a romper, cuando en la danza las anguianiegas dejamos
en el aire la elegancia, la belleza. Si nacemos como una mariposa con el don del
quiebro en el vuelo.
Sí, del
patio de la escuela, de los quebrados, a cruzar por esa prueba de paso a la
madurez, como hacían en la antigua Grecia los niños en la ceremonia de uso de
razón, ofreciendo sus peonzas a los dioses porque ya comenzaban su preparación
para ser hombres, y mira, siglos después en Anguiano también para ser mujer. Y claro
que me da vergüenza el tener que ser la pionera en girar mi larga e inocente coleta.
¿Cuatrocientos años esperando, y nadie se da por aludido, nadie se sonroja, y
tengo que ser yo, la mocosa del pueblo, quien dé un zapatazo de zanco en las
piedras?
Yo soñaba
ser la benjamina de esos ocho jóvenes del pueblo. Y por fin aquí estoy en
lo más alto del vértigo, leyendo esos labios de mi padre en la cocina que me dieron
el arrojo que no tenía: “Cuando te vea bajar, hija, qué orgullo verme en ti”
Y mientras
me dejo atar minuciosamente los zancos, mi regalo de reyes a los cinco años, sigo
el rito del baile sonando con más fuerza las castañuelas, así ahuyento mejor la
ansiedad de ese primer puro escalofrío. Y quedar bien para ser una hebra más de
ese largo zumbel de la sangre girando, que me uniera a esa ancestral danza.
La primera de una muchacha que lo hace para que se alisten sin miedo, sin ser
noticia, las que van a venir después.
Y ahora que
me toca, me demoro unos segundos viendo en las orillas el agobio de tanta
mirada de circo, pero otras sintiendo en su espalda punzar la memoria de siglos
de un pueblo. Y no sabes cómo eso tira de mi manga.
Sí,
abrir las alas de mi saya con mi coleta, mi cola de caballo girando a su compás.
¡Allá voy vertiginosa, desbocada! ¡Giro y giro y giro…! ¡Volatinera mariposa de
Anguiano! ¡Oh, qué orgullo ser la primera!
(Faltaba
en el estante de una diosa riojana, la primera peonza con saya de falda y
enagua de todas las que quisieron ser remolino de colores por las calles de Anguiano,
y no las dejaron)
Rubén Lapuente Berriatúa
publicado el 30 de Julio de 2026 en el diario La Rioja

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