RECITALES Y ARTÍCULOS

lunes, 28 de septiembre de 2026

PIEDRAS

 


Como al paisaje desde mi ventana, me asomo también al de la piedra, la que tengo a mano siempre, la de mi casa. Me gusta ver por dónde le ha sajado los lomos el silbido del disco de diamante del albañil. Seguir la corriente de sus vetas. Contemplar el lento y ciego trabajo del tiempo, deteniéndome en alguna misteriosa acuarela de su entraña. Curiosearla un poco y ponerme a fantasear por si doy con la clave de algún misterio, hasta que me doy cuenta de lo pamplinero que puede uno llegar a ser con esa cábala mía de vidente de pacotilla.

Pero ahí está tan arrebujada la piedra, con esa cerrazón de entrecejo fruncido, con ese pavor de soledad infinita, que me imagino cómo sería sin ese espanto hacinado de eternidad. Con una migaja de vida, qué flor de piedra, qué tupido olor, qué blondas con hilo y aguja de zafiro le bordaría la primavera.

Y la piedra de mi casa me lleva a esa otra de canto rodado, las de río. Le pasaba de niño la punta de la lengua y me sabían a sal. Ahora sé que tienen la escritura del mar y un sueño marino enterrado en su cadera pulida. Buscaba las que tenían la horma del pulgar e índice de mi mano niña, las que luego con pena perdía cosiendo la piel del agua del río desde la orilla: una, dos, tres, cuatro puntadas era mi récord. Y me lleva a la parábola en el aire de la que te arrepentías tarde, cuando ya la piedra caía sobre la pandilla rival buscando en esa tómbola de rabia y de dolor, el premio de una brecha en la frente.

Miro la acuarela oxidada en algunas piedras, y estoy por llevármela a un estante de la casa: una obra única del mejor desconocido pintor impresionista de todos los tiempos.

 Y hay en una, algo tejiéndose como una alfombra ocre, como una hermosa rebeca otoñal, pero no es que la piedra vista de Prada, son líquenes, tienen vida, y lo hacen para sobrevivir, como todo lo que se mueve. Sí, sobre ese pedernal cultivan su mineral huerto, lentamente liban y liban la metálica savia de la piedra hasta matarla.

Me puede esta vejez de roca curtida de mi casa, y me hace seguir un rato más dándole al vaivén de mi mecedora. Lo he dicho ya aquí los jueves en la tinta fresca del periódico: la vida es un viaje hacia el cansancio, y con los años va alejándote de las cosas, te deja dueño solo del radio de ti mismo. Y esta piedra de cuarcita de mi casa, cómo no envidiarla por bella, por anciana, por sabia. Y no tendrá las respuestas a nuestras eternas preguntas, pero oiría a su manera el primer vagido del mundo vacío. Y tiene la pétrea memoria de ahogarse en el mar. Y la primera frescura del agua dulce limando su mellada cadera.

 Pero de qué parto de piedra madre salió esta dureza. Qué colosal espalda de estibador la llevó de aquí para allá.

 A mí la piedra, cualesquiera, me abruma, me hace humilde, pequeño… 

                    Me viene grande.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado el 24 de septiembre de 2026 en el diario La Rioja

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