RECITALES Y ARTÍCULOS

lunes, 15 de julio de 2024

MAR ADENTRO

 


Me contó la historia un viejo amigo que me encontré en la larga cola del pan de un domingo. Había leído un artículo mío sobre el suicidio: Si llegas a tiempo. Él tampoco llegó a tiempo. Un viejo amigo que fue marino. De los que llevan tatuado una golondrina cada cinco mil millas marinas. En un rincón de algún diario aparecería la triste noticia: Un marinero desaparecido tras caer en alta mar. Dejó una nota en un desvalido pósit azul: solo una frase amarga de alguien sin esperanza. Mi amigo la encontró al recoger su solitaria ropa en la cubierta: asomaba por el bolsillo de la camisa como el elegante ribete de un pañuelo en una americana. Y se la guardó en el bolsillo como un secreto, como un testamento del mar:

 

“Ya volvíamos, Rubén, a nuestro viejo y añorado puerto. El de la dulce y desafinada sonata de bocinas y gaviotas. El de la acicalada hilera de boquitas recién pintadas: Toda la fila feliz de nuestras mujeres, nada más vernos fondear en el puerto, agitando toda la larga espera del deseo en las ardientes alas blancas de las manos.

Semanas de tobogán de atunes bajando al vientre de salmuera del barco, preñándolo todo de recamadas luces heladas.

Una noche, un nuevo compañero del babel de los nocturnos ronquidos, haciéndome ese gesto de tijereta al acercarse dos dedos a la boca, abandonó la litera. Tenía, como si hubiera tomado un atajo en la vida, esa sonrisa que no acaba nunca de romperse, y una mirada envuelta en lejanías. Estábamos navegando, y por la arribada forzosa de nuestro pesquero por una avería, subió a bordo, nos acompañó supervisando las últimas singladuras.

Aquella noche era fría y con mar revuelta, y al no volver enseguida, presentí lo peor. Lo busqué en ese rincón favorito del fumador al abrigo de los vientos, y al ir acercándome, entrecerré los ojos para distinguir con más claridad en la penumbra un extraño bulto en el suelo.

Desde la cubierta, subiría el último placer de una trenza de humo hacia la arboladura de las estrellas. Volaría sobre la popa su apurada colilla, antes de que sus botas hicieran de noray a su ropa bien doblada. Una nota en un pósit azul, asomaba por el pequeño bolsillo de su deshabitada camisa.

Ya en el puerto, rota la fila de nuestras amantes boquitas pintadas, rodeándome de la cintura el brazo de carne de tierra de mi mujer, y caminando firme con el arrebol de sus mejillas hacia un barbecho tálamo anclado en los besos de antes de partir, al rozar mi mano en el bolsillo la triste nota, me buscó sobre la luz de acero de las aguas, el breve grito de charol de su memoria, como si me señalara  que esas amargas palabras que mis dedos iban amasando, las arrojara también a esas aguas que todo lo sumergen, todo lo abrazan…

 

El mar, Rubén, quiere a sus hijos desnudos. El profundo y puro olvido, habita mar adentro”

Rubén Lapuente Berriatúa

Publicado en el diario La Rioja el 19 Junio de 2024

miércoles, 26 de junio de 2024

SEMILLAS DEL DIABLO

 


Las guerras no apagan su voz cuando vuelves a oír cantar a los pájaros. En todas ellas, hay un visionario con galones y mando en plaza que ordena sembrar los caminos, los campos, con semillas del diablo: esas minas antipersona que mucho tiempo después de haber firmado la paz, día tras día, siguen trabajando insomnes y ciegas: Ni perdonan unas tiernas pisadas de niño. Y se quedan ahí, de carnada, al raso, como un eterno sanguinario tenderete de souvenirs. Y si no, que se lo pregunten a los sufridos vietnamitas, que cuatro décadas después del fin de la guerra, grandes extensiones de arrozales aún siguen contaminadas, y de vez en cuando oyen un estruendo: alguien se atrevió a cruzar los viejos caminos de su infancia.

Y no me cuesta demasiado probarme su inocente piel. Imaginarme que, bajo el asfalto de mi ciudad, sembraron esas semillas del diablo. Y salgo a mi calle como a las dunas del Sahara, como a un camino de Irak, de Angola, de Colombia, de Malí, de Nigeria, de Afganistán, de Ucrania, de Siria… Me imagino que soy uno de ellos, que tengo bajo los pies la espoleta, peor aún, dentro de la cabeza. Que busco, camino de la oficina, la huella del zapato de ayer en el reflejo de la acera. Y si pierdo el rastro, aprieto los dientes, los ojos, alargo la zancada, y que sea lo que dios quiera. Me imagino que mi hijo no llega de la escuela. Que es luego en el parque uno más del corro de muletas, o que me mira sin pestañear desde una silla de ruedas, y me rompe el corazón del alma. Hay tantos países que ni se lo imaginan: lo viven en carne viva. Les sembraron las veredas con fértiles semillas del diablo: “Es mejor mutilar al enemigo que matarlo", reza, a pesar del tratado de Ottawa que las prohíbe, ese lema en todas las ferias de la guerra:

-Eh, amigos. Venid. Que tengo algo para salir airoso de cualquier refriega. Mirad esta cucada, sirve para colapsar los hospitales enemigos, desmoraliza a sus tropas. Busca, principalmente, que mutile. Eh, os garantizo que no mata del todo, solo deja lisiados. Trunca vidas, pero a medias. Pensad que un cadáver solo da el trabajo de cavar un hoyo, pero un tullido en la guerra es una eterna carga para el enemigo, lo debilita. Y mirad esto, lo último, esta mina con alas de mariposa, aterriza en los campos como una inocente hoja de otoño, la han pintado con vivos colores… (ojalá me equivoque, y no las hayan hecho, así, tan atractivas, para atraer a esa innata curiosidad de los niños)
Ahora divido el número de víctimas anuales(gracias a dios que ya sabemos los que son y cuantos caen por minuto; no habrá dinero para desminar los campos del planeta, pero por lo menos da de comer a esa caterva de sociólogos que
 tan minuciosamente llevan la cuenta) por los días que tiene el año, y puntual, cada veinte minutos, dan su fruto...¡de brazos y piernas! 

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja   6/Junio/2024

jueves, 6 de junio de 2024

HORMIGAS

 


Por ahí andan debajo de una conocida piedra de mi jardín. La levanto muy lentamente, y las veo cómo entre sábanas de tierra aún remolonean. Aquí, en Cameros, todo es más lento, más tardío. Estarán en lo de sacar la patita o asomar la cabeza por la escotilla del hormiguero, por si todo ha vuelto ya otra vez. Buen negocio hibernar para las hormigas: envejecen jóvenes, no son por un tiempo esclavas del estómago, retrasan el deambular en la selva del comer y ser comidas o violentadas. Algunos humanos, los más frioleros y con crujir de huesos, y no digamos los que padecen el Síndrome de Grinch: esos que no saben cómo sobrevivir a la Navidad, se apuntarían a ciegas a ese letargo suyo de echarse una larga siestecita y desaparecer…

Cada verano entran en mi casa: El año pasado a mansalva por la rendija de la puerta. Es el aire quien les lleva el aroma del cerco de miel y de mermelada que queda en la cadera de cristal de los tarros, o el dulce olor de las mondas de fruta en la bolsa de basura, o la fresca caricia de las húmedas alas del fregadero, o les llega el temblor de unas pequeñas migas de pan al caer de la mesa, o el estertor de un insecto que llevarán luego en andas con el fervor febril de un Nazareno con la cruz a cuestas.

Sé que se comunican con sus antenas: ahí tienen el olfato y, sin nariz, las mueven segregando feromonas para encontrar y seguir el rastro de cualquier aroma errante. Aún no he levantado una barricada en la rendija de la puerta, pero estoy alerta cuando empiecen ese diario peregrinar hacia la catedral de mis fogones.

Para no matarlas, este año voy a colocar en alacenas y cajones hojas de laurel, canela, pimienta negra, dientes de ajo... Rociaré el umbral de la puerta con vinagre, que así no les llegue ni un tibio efluvio del aliento de mi cocina.

Mira, ahora salen. Van ligeras, pizpiretas. Sé dónde tienen el escondrijo, pero no tendrán nunca más su holocausto de agua hirviendo, que, como con las abejas, sin las hormigas la tierra sería más pobre, menos fértil.

Y a esa hilera de obreras negras les bajo un momento la traviesa barrera de mi mano: Las desoriento, las extravío (joder, como si la vida no les fuera ya dura, como si el espectro de una vieja sotana o de un sargento chusquero volvieran ahora a darme a mí un pescozón o un grito cada vez que no guardo el orden de cualquier fila). Otra columna entra ya con pinzados fardos de jugosos fiambres: Génesis gemela nuestra: cubil sin lucera, y batida diaria por un bocado que la campana del estómago les repica puntual al alba. Retiro mi mano y la fila se restablece. De pronto, una deserta de la hilera. Ahí, parada, abstraída, con la cabeza alta (sí, hormiguita, solo somos una breve mirada en el tiempo) la sueño como a una deslumbrada pastorcilla negra, como si mi mundana aparición fuera su mágica llamada divina… Pero no, baja la cabeza, y tozuda vuelve otra vez al instinto del orden en la larga hilera…

Todavía no me mira, como yo estrellas.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja 23/5/24

sábado, 18 de mayo de 2024

LA FLOR DE LA VID

 


                                              A Humberto Lapuente

 “Nunca me había pasado. Y mira que llevo años viajando por esta tierra riojana. Yo, que soy de Cenicero, parado aquí, al pie de esta vid, en cuclillas, ¡y a mis años sorprendido!  Yo, que todos los días voy de bodega en bodega, casi de viña en viña, con este morral lleno de etiquetas esperando que esa luz de papel traspase el vidrio de alguna botella de RiojaQue pueda llegar a ser el recuerdo de un vino que te acompañó en el lagar del cielo de la boca de los días inolvidables, dorados, en los que el tiempo se quedó contigo a charlar, a reír, a celebrar la vida, o el consuelo de un brazo amigo de terciopelo aliviándote la tristeza o el desamor. Que pueda llegar a ser su rúbrica, o su semblante, o su señuelo, y al verla ceñida a una cadera de cristal, te arranque la saliva que le pertenece…

 ¡Yo, aquí, fascinado! Será que siempre he mirado la belleza de esta infinita almazuela de viñedos como se mira el mar o los atardeceres, así, sin más, en la más lejana lejanía, cuando no siempre la belleza es solo distancia, que, aquí, a un pasito de ella, aguantaría cualquier examen minucioso: no tiene costuras. Y es que ha sido desde la ventanilla del coche, al ver de pasada esos bosquejos de tiernos racimos en flor, lo que me ha hecho parar y entrar en una viña de Cenicero a quedarme al pie de sus cepas, primero sorprendido, luego emocionado al bajar a tocar con mis dedos la cuna del Rioja: descubrir, entre las hojas, la escondida belleza de estos esbozos de racimos en flor que va tallando esa artesana y tozuda Naturaleza, más aún, cuando nada es necesario, cuando  todo continuaría igual, indiferente, sin esta infinita y hermosa almazuela de viñedos…

 Y es que casi ni recordaba haberlo visto antes. Uno va a las bodegas a colocar su reclamo de papel, y se olvida de la raíz de terciopelo de donde bebe el vino el misterio de la vida. Y como si la vid fuera tímida, celosa, y temiera que le descubrieran su truco de magia, solo tienes un momento para asombrarte. Y es que dura tan poco la cierna: esa gestación, la delicadeza de ese nacimiento, su hechizo, su complejidad, con esa extraña y delicada y efímera minúscula flor blanca de la uva, que muere casi al nacer, derramándome ahora su eterno aroma verde.

Oh, es la preñez del vino. Es la niñez de la uva. El asombro del arranque de este sortilegio que acaba con mi etiqueta pegada en la botella: Ese humilde señuelo de papel que a veces se adelanta y logra abrirte la profunda cava del paladar, como si el vino encerrado en el cristal despertara.

Y aquí, yo, parado, mandándole fotos a mi hermano Rubén, embriagado de entrar en el fondo de este enjambre de olorosos verdes racimos de vid en flor. Amando lo que hago, pero ahora de otra manera, al ver de tan de cerca, frente a frente, cómo nace el pequeño dios del vino”.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja el 9/5/24

sábado, 20 de abril de 2024

PEQUEÑA GRAN HERENCIA

                                                                          


                                                                a Carmen Sevillano

Podría, ella, haber elegido algo de más valor, no sé, la cubertería de plata, o la vajilla portuguesa de Vista Alegre, o la colcha de seda salvaje, o la vieja vespino, tan vintage, para ir y venir con lo del pan por el pueblo.

 Ella, fue el capricho de todos, el juguete de la casa, la que pasaba de regazo en regazo, de espalda en espalda: a caballito de todos sus hermanos. La tardía. La nacida, así, sin esperarla, como un regalo caído del cielo: La benjamina.

 Y como niña con zapatos nuevos eligió su añorado trocito de herencia. Y mientras yo arrancaba el pesado y viejo trasto con toda su larga raíz de hierro hundida en la dehesa, y lo mal metía en el coche, ella, deprisa, daba la última vuelta de cerradura a la casa de sus padres cerrada por la muerte. Quería salir cuanto antes de ese silencio insoportable, pero al volverse, sobre la tapia del huerto de la casa, asomaba aún algo con vida: lo único que no había destrozado el tiempo: la dulzura de su infancia. Y se subió al coche enarbolando en una botella de agua cortada a la mitad, un esqueje de su higuera.

De camino a la Rioja, en cada curva de la carretera, se volvía a mirarla o posaba un momento su mano sobre ella, no sé si calmándola de su traqueteo, o era del dolor de oírla.

 “Ponla ahí, bajo la luz de la ventana, que se limpie de penumbras”, me dijo al entrar en casa.

Y al abrirle las cuatro gavetas, los botones bostezaron, recobraron la memoria:

“¡Si todos tienen el rostro de su ropa! Mira este dorado, Rubén, es del uniforme de gala de mi padre, un solo guiño suyo al sol me devolvería ahora todo el esplendor de su sonrisa, y lo tengo yo aquí. Y estos grabados de anclas, y esta cinta burdeos con trencillas de bocamangas, eran del traje de marinero de las comuniones de mis hermanos. ¡Cómo me devuelve este de nácar aquel rosetón de cintas de mi primera blusa!  Y mira este, es un botón charro, parece una noria de feria. ¿Sabes?, la bola grande, la del centro, representa Salamanca, las otras ocho de su alrededor, sus góndolas, son sus comarcas, las que la protegían como un regazo de loba, y, el te quieres casar conmigo, se hacía antes de la mano de este botón hecho anillo de pedida…

¡Mira! ¿Y el polvillo amarillo este? ¿Y los agujeros? ¡Si tiene carcoma! ¡Si parece de tan herida rueca de luna! ¡Si duele mirar esos pocitos como cráteres de minas! ¡Si parece el paisaje aterrador después de una guerra! ¡Ya me la estás curando!”

 Oh, cómo la entiendo ahora. Y atreverme yo a llamarla mamotreto, carraca vieja. Si le enseñó desde niña, y a su vera, a ser una modistilla. Si en la pasarela de moda de los domingos cosió los hilos de aquel sol de la infancia. Si se ha traído el zumbido de ese pedaleo de vida en la casa. ¡Y todas las tardes de su madre sobre hilachas!

 “Ponla ahí, bajo la luz de la ventana, que se limpie de penumbras”

 

Su trocito de enser. Su pequeña gran herencia. Que ahora será, en silencio, su máquina de coser recuerdos.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario la Rioja 11/04/2024

jueves, 11 de abril de 2024

PASTEL DE CABRACHO

 


De lejos parecían dos llamas de una hoguera pintadas en el lecho de hielo picado de la pescadería. Dos bateles engastados en escamas de rubíes. Dos cabrachos bellísimos al acercarme. Y con los ojos abiertos. Ya no me acordaba que los peces no tienen párpados. Para qué los quieren si bastaría el descuido de un solo parpadeo para pasar a mejor vida. Es la ley del mar: comer y ser comido. Por eso andan siempre tan alertas, tan en guardia, tan despiertos hasta dormidos. Ojos siempre circulares, aún bellos muertos sobre ese mostrador blanco y helado. Los miro y me traen su cita en el cantil de la muerte: la celada red de trasmallo o el sangriento cebo en el sedal. Me traen la vida que nació en el agua. Si ya fue difícil encajar que nuestra estirpe nos emparentara con los primates, ahora sabemos que, en realidad, nuestro cuerpo no es más que la evolución de los primeros peces que fueron capaces de abandonar el agua y poner un pie en tierra. Pues sí, supongo que hubo ese torpe salto de esbozo de anfibio al primer embeleso de claro de luna. Y si nos ponemos a buscar la prueba, la encontramos no sólo en los fósiles, sino también en nuestro propio cuerpo: La cara se forma en el vientre materno en los dos primeros meses de vida. He mirado escáneres de alta calidad de embriones humanos, ecografías en las etapas iniciales del desarrollo, y he visto cómo los ojos empiezan a formarse a los lados de la cabeza: ese adarme de criatura es lo más parecido a un pez, pero luego se desplazan hacia el centro de la cara, se forma una nariz, una boca..., y ese surco labionasal misterioso que como una cerradura lo sella todo. Hace tiempo que reparo en esa pequeña depresión: huequecito que está entre el labio superior y la nariz. Uno lo ve todos los días en el espejo, le pasa la quitanieves de la cuchilla, y no sé si tiene alguna función. Pequeños detalles de nuestro cuerpo. Como cuando miro las cejas y supongo que su destino es proteger a los ojos del sudor como un tejado de la lluvia, pero ese canal no sé si es un accidente de nuestros orígenes, una pista de nuestro pasado evolutivo, o la última puntada del proceso de formación del rostro.


Y pienso en todo esto mientras la pescadera va limpiando (descuartizando, mejor) de espinas venenosas, de vísceras, de escamas, a estos dos diablos de la noche oscura del mar, a la vez que me habla de la mítica receta del pastel de cabracho de Arzak, de su sopa bullabesa.

 Y salgo de la pescadería (es la primera y la última vez que hago de recadero) con este pequeño ataúd de bolsa que resuena más de la cuenta en mi cabeza al venirme la frase de Paul McCartney: si los mataderos tuvieran muros de cristal, todos seríamos vegetarianos.

No creo que esta noche entre en mi boca la carne de estos dos cabrachos que, aún punzan, y mira que han pasado millones de años desde aquel primer torpe salto de anfibio al embeleso de un claro de luna en la tierra, su memoria en mi frágil y sensible y excéntrica espalda.

Rubén Lapuente Berriatúa

publicado en el diario La Rioja 4/04/2024

martes, 26 de marzo de 2024

UNA CASA GRANDE

 


Hace unos años, a mi mujer le dio por alistarse, como una miliciana más, en ese impagable batallón que cuida y mima a esa edad dorada y senil aparcada en una Casa Grande. Quería ganar, tan a la orilla de la muerte, alguna batalla a esa guerra perdida del tiempo con la vida. Pasarse al lado del cansancio para amándolo todo, comprenderlo todo.

De madrugada estaba la primera levantando heridos, y a los muy malheridos, a esos que miran tan lejos lo cercano, tan solo les rozaba un momento, al pasar, la mejilla.

 Y era una buena soldado de la muerte, quizá la mejor samaritana del adiós. Sabía que quien se apagaba lentamente solo deseaba que alguien le tomara de la mano, y se ofrecía a darle un último pequeño abrazo, si quien le velaba tan solo eran las cuatro frías paredes.

Algún domingo que trabajaba, me acercaba yo a esa Casa Grande a recogerla, y nada más abrir la puerta de entrada a esa galería que daba a un hermoso patio interior, veía cómo toda la ancianidad se volvía a la vez hacia mí: era el día cumbre de las visitas, el día del calor de la caricia en la mano que les duraba toda la noche. Y en ese tiempo de espera, me hice amiga de una anciana que últimamente me reconocía solo por el aroma de mi colonia al cruzarme con ella. Y siempre decía a los cuatro vientos: “Mira que es guapo el marido de Carmen”. “Y eso que aún no se ha operado de cataratas”, le recordaba yo entrando en la niebla de sus ojos. Y nos reíamos juntos.

 

Y recuerdo aquel verano en el que todas las milicianas, cansadas de que desde altos e iluminados ventanales se atrevieran a leerles el porvenir en las marcadas líneas de la espalda, de que les cronometraran el cariño y pusieran precio a la brizna diaria de ternura, hartas de sentirse bestias atadas al yugo de un carromato a rebosar de miradas sin tiempo para abrigarlas, comenzaron una insurrección silenciosa: se trabajaba, pausadamente, al ritmo que necesitaba en cada habitación su viejo huésped. Hasta dejé yo un furtivo anónimo en el buzón de sugerencias: un quebrado entre ancianos y soldados, y una hermosa palabra de cociente: Ternura.

De nada sirvió esa valiente escaramuza cortada de raíz al primer despido.

Y cuando regresaba a la noche, sobre la cama cruzada por el arco de una espalda que estampaba su fatiga, me hablaba de que ya no servía para esto: “¿Cómo se hace, Rubén, para no cogerle cariño a esas huérfanas miradas? ¿Cómo, para que luego no te duela tanto perderlas? Y es tan a menudo, tan temprano, tan deprisa”. Me decía que era mucho más duro verlos cerrar los ojos para siempre que morirse uno. Y al final siempre me repetía que no había vuelta de hoja, que ya lo tenía decidido: iba a desertar mañana… Y yo le ponía la mano en la boca.

Pero a la mañana siguiente, ahí estaba la primera levantando heridos, y a los muy malheridos, a esos que miran tan lejos lo cercano, tan solo les rozaba un momento, al pasar, la mejilla.

Rubén Lapuente Berriatúa  Publicado en el diario La Rioja el 14/ 03/2024